Grace
El efecto de la anestesia estaba pasando y, por fin, era consciente de nuevo, aunque por un instante decidí no estarlo. Volvía a sentir mi cuerpo, pero con la sensación de que ya nada sería igual.
Deslicé mi mano lentamente hacia mi pierna mientras bajaba la vista. Ahí estaba: la evidencia de que algo había cambiado. Sentía una extraña mezcla de vacío y rigidez, como si me hubieran quitado un pedazo de mí. Bueno, técnicamente lo habían hecho. Traté de no pensar demasiado en eso; ya tendría tiempo para hacerlo después.
Los días siguientes parecían una copia exacta del anterior. Las enfermeras venían cada cierto tiempo, me curaban, revisaban cómo estaba y también me daban los medicamentos correspondientes.
Finalmente, una mañana llegó el doctor, hizo una última revisión y me informó que mi alta ya estaba lista. También me explicó los cuidados que debía tener, así como las sesiones de fisioterapia necesarias para la adaptación a la prótesis.
Hasta ese momento no había sido del todo consciente de mucho más, pero al salir del hospital se sintió como abandonar un lugar seguro. Ahora sí debía seguir adelante, aunque costara.
Los primeros días en casa se sintieron extraños, como si tuviera que volver a acostumbrarme a todo. Mi rutina era diferente: ya no iba al trabajo todos los días ni salía a correr por las mañanas como antes. Odiaba el hecho de que hubiera un antes de....
Al igual que en el hospital, las semanas siguientes yendo a fisioterapia se volvieron monótonas. No podía hacer mucho más, así que, cuando no estaba en sesión, regresaba a casa y simplemente trataba de que el día pasara más rápido, para que al siguiente todo se repitiera.
Un día, al revisar mi celular, me di cuenta de las llamadas perdidas de Emily. Había silenciado su número después de su visita al hospital; en ese momento necesitaba paz. Pero ya era hora de enfrentar la realidad, así que decidí enviarle un mensaje para vernos y charlar.
Por la tarde estaba sentada en un banco de Central Park, admirando el paisaje y observando a la gente pasar mientras esperaba a Emily. Me alegraba poder, por fin, disfrutar un poco fuera de casa.
—Hola —dijo una voz suave a mis espaldas.
La reconocí de inmediato. Era Emily, ya había llegado. Me di vuelta para verla y la encontré allí, de pie, con los brazos ligeramente cruzados, incómoda, como si no supiera muy bien qué hacer.
—Hola, siéntate, por favor.
Se sentó tímidamente a mi lado, evitando el contacto visual directo conmigo.
—Me alegra ver que estás mejor —dijo lentamente, observándome.
—Gracias, aunque todo esto no ha sido fácil —respondí, mientras miraba hacia un lado, concentrándome en los árboles y en cómo el viento movía sus hojas.
—¿Sabes? Sé que tanto aquel día, cuando te encontré con Tyler, como en el hospital, me pediste perdón por lo que sucedió. Voy a ser sincera: esto no es fácil. No quiero saber cuáles fueron las razones por las que terminaron haciendo lo que hicieron, pero siento que lo mejor, en este momento, es tratar de perdonarte, para poder seguir adelante. Si no, esto que llevo dentro me va a consumir —dije, volviendo a mirarla a los ojos.
—Grace, yo lo sien... lo siento —respondió, con la mirada llena de tristeza—. Sé que suena repetitivo y que no hay palabras que puedan mejorar la situación, pero necesito decirte que, si pudiera volver el tiempo atrás, nunca lo habría hecho.
—Puedo entender eso, Emily. En serio veo la culpa en tus ojos, pero nuestra amistad ya no será la misma. No puedo confiar en ti de nuevo —dije, con un nudo en la garganta—. Quiero que sepas que, aunque me costará, intentaré perdonarte, para que así ambas podamos sanar.
Emily se acercó lentamente a mí e hizo lo último que hubiera esperado en ese momento: me abrazó. Al principio se sintió extraño, pero después de unos segundos le devolví el abrazo.
—Sé que no me merezco esto que estás haciendo y me costará perdonarme a mí misma por lo que te hice, pero gracias por mostrarme, una vez más, la clase de persona que eres —dijo al separarse, con los ojos vidriosos, mientras tomaba mis manos—. Te deseo todo lo mejor de aquí en adelante, Grace. De verdad, gracias.
Asentí y volví a hablar.
—Quizás nos veamos en algún momento, pero también te deseo lo mismo a ti —dije, esbozando una leve sonrisa.
—Adiós, Grace —respondió al ponerse de pie, devolviéndome la sonrisa antes de darse la vuelta y marcharse.
Mientras la veía alejarse, comprendí algo: al igual que la decisión que tomé con Tyler, esta tampoco había sido fácil. Pero muchas veces las decisiones correctas son las que más duelen y, aunque cueste, debemos aprender a aceptar esa verdad.
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