Grace
Volver al trabajo era todo lo que quería después de haberme recuperado. Aunque estuve muy agradecida por la pensión que recibí tras el accidente debido a mi situación, ahora debía regresar. Sabía, sin embargo, que esta vez sería diferente, porque también sería la última.
Las palabras del doctor y de los fisioterapeutas habían sido claras: no podría realizar tareas de más de cuatro horas en pie, lo cual, desgraciadamente, afectaba directamente el empleo que tenía.
Hoy me presentaría en “Sorrento”, ese restaurante italiano que se volvió un segundo hogar para mí desde que comencé a trabajar allí. Estaba ubicado cerca de mi departamento y era esa clase de lugar en donde te sientes querido desde el primer momento en que entras; se respiraba un espíritu familiar y acogedor.
Comencé a trabajar ahí cuando mi mamá enfermó y tuve que hacerme cargo de las cuentas. Siempre estaré agradecida con Alessio y Camila por haber confiado en mí. Con el tiempo incluso se volvieron como mis abuelos, y siempre tendrán un lugar especial en mi corazón.
Cuando abrí la puerta del local, no pude evitar sentirme abrumada por el característico aroma de las salsas que se estaban cocinando, el ruido de los comensales charlando animadamente y, por supuesto, la música y la decoración que hacían que este lugar pareciera un pequeño pedacito de Italia aquí.
Me acerqué lentamente a la caja al divisar a la veterana pareja, que estaba sumida en una conversación entretenida.
—Buenas, me han dicho que aquí sirven la mejor pasta de la ciudad. ¿Es posible? —dije, sonriendo al darme cuenta de que me habían reconocido.
—Grace, cariño, ¡qué emoción verte de nuevo! ¿Cómo has estado? —preguntó Camila al tiempo que se acercaba para abrazarme. Alessio también me saludó tras ella.
—Mucho mejor. Es bueno volver aquí, ya extrañaba este lugar —dije mientras volvía a dar un breve recorrido visual al restaurante.
—Ay, tesoro, lamentamos mucho lo que pasó. Nos preocupamos mucho cuando nos enteramos del accidente. Gracias a Dios no fue peor —dijo Camila con su tierna sonrisa característica—. ¿Te llegaron las canastas que enviamos, verdad? Sabíamos que no podías hacer muchos esfuerzos, así que quisimos mimarte con un poco de comida casera. Eso siempre le levanta el ánimo a cualquiera —añadió.
—Así es. Disfruté mucho de esos sabrosos platos de pasta; se podría decir que fueron mi sustento durante un tiempo. Y quiero agradecerles enormemente lo que hicieron por mí —dije con una leve risa.
Ambos rieron dulcemente ante mi declaración y asintieron, recibiendo mis palabras.
—Nos alegramos de haber ayudado, niña. Sabes cuánto te apreciamos —agregó Alessio.
Sabía que lo que tendría que decir a continuación sería difícil, pero cuanto más lo retrasara, peor sería.
—Necesito que sepan que volví aquí para hablar con ustedes. Como saben, luego del accidente tuvieron que colocarme una prótesis en la rodilla, así que tanto el doctor como el kinesiólogo me han dejado claro que es estrictamente necesario que no esté de pie por más de cuatro horas seguidas. Y, como saben, los turnos que hago aquí son de muchas más horas, además del movimiento constante que implica caminar de un lado a otro. Así que espero que entiendan el motivo por el que voy a renunciar —terminé de decir mientras levantaba la cabeza para ver sus reacciones.
Ellos se quedaron en silencio por un momento y luego cruzaron miradas afligidas, aunque con una comprensión que me removió el pecho.
—Querida, claro que entendemos tus razones. Como ya te lo dijimos, lamentamos mucho que hayas tenido que vivir esa horrible situación. Incluso con Alessio pensamos en formas de darte otro puesto aquí, pero no hay nada que podamos ofrecerte que sea realmente beneficioso para tu salud. Porque lo más importante para nosotros es que estés bien; sabes cuánto te valoramos —dijo Camila mientras se acercaba y tomaba mi brazo—. Eso no quiere decir que no puedas seguir contando con nosotros. Estaremos aquí siempre que lo necesites —agregó al abrazarme. Alessio se unió al abrazo también.
No pude evitar sentir las lágrimas que se acumulaban en mis ojos y que se deslizaron lentamente por mis mejillas. Este lugar y estas personas significaban mucho más para mí que un simple trabajo, por eso tener que irme era mucho más difícil.
Y, fieles a su forma de ser, me ofrecieron almorzar en el restaurante. Durante ese tiempo pude charlar un poco más, despedirme de ellos y de mis compañeros de trabajo, para finalmente salir de allí con una mezcla de sensaciones intensas: tristeza y nostalgia por un lado, pero también la satisfacción de saber que tengo a estas personas en mi vida.
Ahora debía seguir adelante, lo que significaba comenzar la búsqueda de un nuevo empleo.
Llegué a casa, me preparé un café y comencé a buscar. Sabía que debía tener en cuenta las recomendaciones del doctor, así que decidí alejarme de las ofertas similares a mi antiguo trabajo y explorar otras opciones.
Después de horas de búsqueda y consultas, decidí tomarme una ducha, relajarme y luego mirar un poco más. Si no encontraba nada, descansaría y continuaría al día siguiente.
Pero fue entonces cuando vi el anuncio: se buscaba niñera para una pequeña de tres años. Las condiciones indicaban que necesitaban a alguien comprometido, responsable y, sobre todo, confiable, ya que el empleo requería vivir en la casa de la niña.
Lo pensé un momento y recordé que hace algunos años ya había trabajado como niñera. Lo más importante era que también había sido un empleo en el que debía vivir con la familia. Nunca tuve problemas con ellos; de hecho, el pequeño al que cuidé simpatizó muy bien conmigo. Estoy segura de que no tendrían inconveniente en darme una carta de recomendación para mi currículum.
Así que estaba decidido. Mañana mismo me pondría en contacto con ellos e iría a postularme para ese empleo.