Grace
Hoy iniciaba mi oportunidad de volver a empezar después de todo lo que había pasado en los últimos meses: el engaño, el accidente, la huida de Tyler. A pesar de que habían pasado semanas, no tenía noticias de la policía, así que el hecho de que siguiera libre no me ayudaba. No quería que esto me afectara de esta manera, pero sabía que no tendría verdadera tranquilidad ni paz interior hasta saber que estaba detenido.
Traté de dejar esos pensamientos de lado y salí de mi casa. Hice una maleta no muy grande con lo necesario; aunque este trabajo requería que viviera en la casa familiar, los fines de semana podría regresar, así que no era una despedida como tal.
El viaje duró unos treinta minutos, gracias al tráfico de lunes por la mañana en New York. Amaba esta ciudad, pero digamos que mi paciencia no pensaba lo mismo del tránsito en sus calles.
Cuando llegué al edificio y, luego de pagar el taxi, me quedé un momento admirando las vistas, contemplando el hecho de que aquí comenzaba mi nueva normalidad.
Entré y me anuncié con el portero, quien, para mi sorpresa, me recordó de hace unos días, cuando vine por la entrevista. También me informó que Ethan ya había autorizado mi entrada al departamento, así que no debía registrarme cada semana que volviera aquí.
Me dirigí al ascensor, entré y marqué el piso 12. Y sí, este edificio tenía más de cuarenta plantas; debería luchar con mi claustrofobia cada vez que hiciera este recorrido, porque no lo haría por doce pisos de escaleras. Me concentré en mis técnicas de respiración, las que aprendí desde pequeña, y mantuve los ojos cerrados hasta oír el ding del ascensor indicando que había llegado.
Frente a la entrada, respiré profundamente una última vez antes de tocar el timbre. Miré la hora: estaba llegando a tiempo.
Escuché el ruido de la puerta al abrirse y ahí estaba Ethan: traje ejecutivo a medida, el pelo húmedo pero peinado prolijamente y una taza de café en la mano. Ahora que sentía el aroma, debí haberme comprado uno de camino.
—Grace, hola. Justo a tiempo, adelante —dijo, haciéndose a un lado.
—Hola, muchas gracias —agregué, empujando mi maleta y entrando en el recibidor.
Debo decir que, cuando supe que este trabajo sería en un departamento, no me imaginé nada como esto. Era un espacio amplio desde el primer paso: un pequeño pasillo en la entrada que te guiaba directamente a la sala de estar a la izquierda, una cocina amplia y luminosa con una isla de seis asientos que dividía ambos ambientes, y, después, otro pasillo que llevaba al baño y a las distintas habitaciones. Y un detalle que me hizo amar este lugar desde la primera vez fueron sus grandes ventanales con vista a la ciudad. No puedo esperar a contemplar el atardecer desde aquí.
No sé cuántos minutos pasaron; estaba tan concentrada admirando la ciudad que no noté el tiempo hasta que escuché el leve golpe de una taza apoyándose sobre la encimera.
Me giré apenas. Ethan había dejado el café a un lado.
—Si necesitas dejar la maleta… —empezó a decir, pero se detuvo un segundo, como si buscara las palabras correctas— puedo mostrarte tu habitación.
Asentí, acomodando el agarre de la manija entre mis dedos.
—Sí, claro.
Caminó unos pasos y lo seguí, pero al pasar a su lado, hubo un instante en el que dudamos al mismo tiempo, como si ninguno tuviera del todo claro quién debía ir primero, fue mínimo, casi imperceptible.
Pero suficiente para que bajara la mirada y apretara un poco más fuerte la manija de la maleta antes de continuar.
—Por aquí —dijo finalmente.
Lo seguí por el pasillo, intentando concentrarme en el recorrido más que en la cercanía. Caminaba unos pasos delante de mí, con una seguridad tranquila, como si todo esto fuera simplemente parte de su rutina.
Se detuvo frente a una de las puertas y la abrió.
—Esta será tu habitación.
Entré despacio, dejando la maleta a un lado mientras recorría el espacio con la mirada. Era sencilla, pero acogedora. La cama estaba perfectamente hecha, había una cómoda junto a la pared y una ventana que dejaba entrar una luz suave que hacía que todo se sintiera… cómodo.
—Si necesitas algo más, puedo conseguirlo —agregó desde la puerta.
—No, está perfecta. Gracias —respondí, girándome hacia él.
Asintió apenas, como si eso fuera suficiente, y luego apoyó el hombro contra el marco de la puerta.
—Bueno… —empezó—. Supongo que lo más importante es la rutina de Lily.
Me acerqué un poco, prestando atención.
—Se despierta a las siete. Le gusta desayunar tranquila, sin apuros —dijo, con un tono más suave que antes—. Va a la guardería a las ocho y media, y vuelve a las cuatro. Después suele merendar y… —hizo una pequeña pausa— depende del día. A veces quiere jugar, otras prefiere dormir un poco.
Asentí, intentando retener cada detalle.
—¿Y por la noche? —pregunté.
—Cena a las siete y media. Intenta que no se duerma muy tarde… aunque —esbozó una leve sonrisa— no siempre funciona.
Esa fue la primera vez que noté algo distinto en su expresión. No era exactamente relajado, pero sí más cálido de alguna manera.
—Lo tendré en cuenta —respondí, sonriendo levemente.
Hubo un pequeño silencio antes de que continuara.
—Voy a estar fuera unos días —dijo finalmente—. Viajaré por trabajo.
Asentí.
—Cualquier cosa que necesites, puedes escribirme —añadió—. Voy a estar pendiente del teléfono siempre, no importa la diferencia horaria —dijo finalmente.
—De acuerdo —asentí en respuesta.
No supe por qué, pero su forma de decirlo hizo que no sonara solo a una indicación más. Y ahí me di cuenta de lo realmente importante que era para él estar lejos de casa.
—Y… —dudó apenas— Lily está en su habitación.
Asentí de nuevo.
—Voy a despedirme — dijo, girando sobre sus pies y saliendo de la habitación.