Grace
El silencio fue lo primero que noté al despertar. No era incómodo… pero sí distinto. Más profundo. Como si la casa entera estuviera en pausa.
Abrí los ojos despacio, desorientada por un segundo, hasta que recordé dónde estaba. La habitación, la luz suave entrando por la ventana, la maleta a medio desarmar en una esquina.
La casa de Ethan. Mi nueva rutina.
Exhalé lentamente y me quedé unos segundos más en la cama, escuchando. Nada. Ninguna voz, ningún ruido que me indicara que no estaba sola.
Hasta que…
Un leve sonido en el pasillo. Pasos pequeños, cuidadosos.
Antes de que pudiera incorporarme del todo, la puerta se abrió apenas y Lily asomó la cabeza.
—¿Estás despierta?
Su voz fue suave, como si no quisiera romper algo.
—Sí —respondí, acomodándome—. Buenos días.
Dudó un segundo antes de entrar.
—Buenos días.
Se quedó cerca de la puerta, sin avanzar demasiado. La observé unos segundos, intentando no invadir, pero tampoco dejarla sola en ese punto intermedio.
—¿Te levantás temprano? —pregunté, con una pequeña sonrisa.
Asintió.
—Papi siempre lo hace, así que a veces yo también —agregó.
Algo en sus palabras me hizo sentir menos ajena en esta casa, como si, poco a poco, fuera entendiendo cómo funcionaba todo.
—Bueno… —dije, apartando las sábanas y estirándome— hoy podemos hacer las cosas a nuestro ritmo.
Pareció relajarse un poco y sonrió levemente.
—¿Desayunamos?
Esta vez asintió sin dudar. Se dio media vuelta y salió por el pasillo. Aproveché el momento, fui al baño y me cambié para el día.
Una vez en la cocina, no pude evitar sonreír al ver cómo la luz del sol de la mañana entraba por los grandes ventanales. Las vistas nunca dejaban de sorprenderme.
Abrí la heladera mientras Lily se sentaba en una de las sillas de la isla, observándome en silencio. Podía sentir su mirada de vez en cuando, como si no supiera muy bien qué hacer conmigo.
—¿Qué te gusta desayunar? —pregunté para romper el silencio.
—Pancakes, son mis favoritos —respondió suavemente—. Aunque muchas veces como yogur con frutas. Mi papi dice que debo comer de todo.
Sonreí ante el comentario.
—Ya que es mi primer día oficial aquí y tu papá no está… ¿qué te parece si hacemos pancakes?
La miré, esperando su respuesta.
Sonrió. Fue un gesto pequeño, pero suficiente para que algo dentro de mí se aflojara. Luego asintió.
—Entonces pancakes serán —dije, dándome vuelta hacia la encimera.
Mientras preparaba el desayuno, aproveché para hacerme un café y unos huevos revueltos. Cuando terminé, me senté junto a ella y desayunamos juntas.
Al principio no hablamos demasiado, pero, poco a poco, la conversación empezó a fluir. Temas simples, uno tras otro, hasta que el tiempo pasó sin que me diera cuenta.
Cuando terminamos, Lily no se levantó enseguida.
Se quedó sentada, moviéndose apenas en su lugar, como si algo le diera vueltas en la cabeza.
—¿Qué pasa? —pregunté con suavidad.
—No me gusta cuando se va —murmuró, sin mirarme.
Sentí algo apretarse en mi pecho.
No respondí de inmediato. Me acerqué y me senté a su lado.
—Lo entiendo —dije en voz baja—. A veces hay cosas que no nos gustan… pero tenemos que aprender a llevarlas.
Asintió apenas.
—Pero hoy —añadí con suavidad— podemos hacer que el día sea un poco más fácil.
Levantó la mirada.
—¿Cómo?
Pensé un segundo.
—¿Qué te parece si elegimos juntas un conjunto que te guste y me contás qué peinado querés? Así te preparo para la guardería, vas a estar preciosa.
Dudó un momento antes de asentir lentamente. Eso pareció distraerla, al menos por ahora.
En su habitación, abrió el armario y empezó a buscar entre su ropa. La ayudé a alcanzar lo que estaba más arriba. Señaló una remera verde con volados y se la alcancé, junto con un pantalón negro de lunares que ya tenía en las manos.
Se cambió sin apuro, con movimientos tranquilos.
Cuando terminó, se sentó en la cama.
—¿Me ayudás? —preguntó, sosteniendo el peine.
Asentí.
Me acomodé detrás de ella y comencé a cepillar su cabello con cuidado.
—Tenés un cabello hermoso —dije—. ¿Qué peinado quieres hoy?
—Una trenza.
—Una trenza entonces —respondí, empezando a hacerla.
Cuando terminé, le pregunté:
—¿Te gusta?
—Está muy bonita. Gracias, Grace.
El camino hasta la guardería fue tranquilo. El aire de la mañana, el ruido lejano de la ciudad, nuestros pasos acompasados.
Lily caminaba a mi lado, sosteniendo su mochila con ambas manos. No hablaba mucho, pero tampoco se alejaba.
—¿Te gusta la guardería? —pregunté.
—Sí.
—¿Tenés amigos?
—Ajá. Samantha y Theo.
—¡Qué bien!
Después de caminar un poco más, llegamos. Se detuvo frente a la entrada.
Dudó. Me agaché para quedar a su altura.
—Que tengas un lindo día, ¿sí?
Asintió. Pero no entró. No todavía.
Sus ojos se quedaron en los míos un segundo más, como si estuviera pensando algo importante.
Y entonces, sin previo aviso, dio un paso hacia mí.
Me abrazó. Fue rápido, un poco torpe… pero real.
Y me dejó completamente quieta por un segundo.
—Adiós, Grace —murmuró.
—Nos vemos —respondí, todavía procesándolo.
La vi entrar, perderse entre otros niños, desaparecer.
Y me quedé ahí un instante más, sonriendo sin darme cuenta.
Cuando volví al departamento, el silencio ya no se sentía igual.
Seguía estando. Pero no pesaba tanto.
Dejé las llaves sobre la encimera y recorrí el espacio con la mirada, como si necesitara ubicarme otra vez.
Respiré hondo.
Y entonces, mi teléfono vibró. Miré la pantalla.
Ethan.
Por alguna razón, eso hizo que me enderezara antes de atender.
—¿Hola?