Grace
No debería haber estado pensando tanto en Ethan. Y, sin embargo, ahí estaba. Pensando en él mientras preparaba el desayuno, mientras ayudaba a Lily a vestirse. Pensando en él mientras intentaba leer un libro y descubría que llevaba diez minutos mirando la misma página. Era ridículo y frustrante.
Porque no era solo la fotografía, no era solo la conversación en el pasillo. Era todo lo demás...
La forma en que me había ayudado durante el ataque de pánico. La manera en que parecía notar siempre cuándo algo iba mal. Cómo había pasado de ser un hombre distante e imposible de leer a alguien cuya presencia empezaba a resultarme demasiado importante.
Suspiré mientras cerraba el libro.
No me gustaba hacia dónde iban esos pensamientos, pero no podía evitarlos.
—¿Crees que los pingüinos tienen rodillas? —dijo la suave voz de Lily.
Parpadeé.
Lily me observaba desde el otro lado de la mesa con absoluta seriedad.
—¿Qué? —pregunté entre sorprendida y divertida.
—Los pingüinos —insistió ella con una seriedad increíble.
—¿Por qué estás pensando en pingüinos? —le dije arqueando una ceja divertida.
—Porque si tienen piernas deberían tener rodillas —agregó ella convencida.
La lógica infantil era imposible de combatir.
—Supongo que sí —comenté finalmente.
Lily asintió satisfecha.
—Yo también creo eso.
Y volvió a su dibujo como si acabáramos de resolver un importante misterio científico.
Sonreí involuntariamente.
Aquella niña tenía una habilidad especial para hacer que cualquier problema pareciera menos grave.
La puerta principal se abrió unos segundos después. Mi corazón reaccionó antes que mi cerebro. Y eso ya era preocupante.
Escuché los pasos de Ethan entrando en la casa.
—¡Papá! — Lily abandonó inmediatamente su dibujo para correr hacia él.
Ethan apenas tuvo tiempo de dejar el maletín antes de atraparla en brazos.
—Hola pequeña —dijo él abrazándola tiernamente.
—Estábamos hablando de pingüinos —le comentó ella.
—Suena interesante —respondió el sonriendo divertido.
—Muchísimo —dijo Lily, aun emocionada por nuestra plática.
Vi cómo Ethan sonreía. Y por un segundo recordé la fotografía. Aquella sonrisa, la misma que aparecía tan pocas veces. Y algo extraño volvió a tensarse dentro de mi pecho.
Más tarde estaba intentando alcanzar una caja de cereales en uno de los armarios superiores de la cocina. Una misión imposible diseñada claramente para personas más altas.
Me puse de puntillas, nada, me estiré un poco más, todavía nada.
—Dejame ayudarte.
La voz apareció detrás de mí. Demasiado cerca, de repente.
Solté un pequeño sobresalto y me giré.
Error.
Porque Ethan estaba mucho más cerca de lo que esperaba. Por un segundo olvidé respirar. Su mano pasó junto a mi cabeza para alcanzar la caja. El movimiento fue simple, inocente.
Pero el espacio entre nosotros desapareció. De repente podía sentir su perfume, el calor de su cuerpo, la proximidad de su respiración.
Demasiado cerca.
Mi corazón empezó a latir más rápido. Y odié que lo notara.
Ethan bajó la caja lentamente.
—Aquí tienes —hablo, pero esta vez su voz me afectó más de lo normal después de la cercanía.
—Gracias —Mi voz sonó extraña, más débil, nerviosa.
Él pareció darse cuenta. Porque frunció apenas el ceño.
—¿Estás bien?
Retrocedí un paso inmediatamente.
—Sí — respondí demasiado rápido y fue evidente.
Tomé la caja de sus manos evitando mirarlo directamente.
—Solo me sorprendiste —agregué tratando de tranquilizarme.
Ethan permaneció observándome unos segundos. Como si no estuviera completamente convencido.
—De acuerdo —asintió finalmente.
Pero no parecía creerme. Y honestamente... yo tampoco.
El resto de la tarde transcurrió con una normalidad casi sospechosa. Lily decidió que necesitaba construir una fortaleza con mantas en el salón. Después aseguró que la fortaleza necesitaba una reina. Y luego decidió que esa reina debía ser yo.
Ethan se negó rotundamente a participar. Hasta que Lily empezó a chantajearlo emocionalmente.
—Si no entras, el dragón nos va a comer —le dijo ella.
—¿Qué dragón? —preguntó Ethan confundido.
—Ese dragón —señaló ella a una esquina vacía.
—Oh claro, ya veo —respondió él siguiéndole la corriente.
—Y parece muy hambriento —añadió Lily.
Terminé riéndome cuando Ethan soltó un suspiro dramático y se agachó para entrar en la improvisada fortaleza.
Durante unos segundos observé la escena.
Lily hablando sin parar.
Ethan escuchándola con una paciencia que parecía no tener en ningún otro aspecto de su vida.
Y otra vez sentí esa sensación extraña. La de estar viendo una versión de él que muy pocas personas conocían.
Aquella noche, después de una larga negociación sobre por qué los dinosaurios no podían vivir con nosotros en la casa, Lily finalmente se quedó dormida.
Cuando cerré la puerta de su habitación, suspiré aliviada.
—Ha sido una batalla dura —dijo con un tono divertido
La voz de Ethan me hizo girarme.
Estaba apoyado contra la pared del pasillo.
—¿Quién ganó? —preguntó.
—Creo que yo, al menos la convencí de que no había ningún dinosaurio para que pudiera dormir tranquila —agregué.
Una sonrisa apareció en sus labios. Y otra vez sentí ese pequeño vuelco en el estómago.
Bajamos juntos las escaleras, la casa estaba silenciosa.
Demasiado silenciosa después de un día entero escuchando a Lily hablar sobre pingüinos, dragones y dinosaurios.
Ethan fue hacia la cocina.
—¿Té? —preguntó girándose hacia mi.
—Por favor —respondí suspirando.
Mientras calentaba agua, me senté sobre uno de los taburetes de la isla. Lo observé moverse por la cocina. Con naturalidad. Como si estuviera acostumbrada a hacerlo. Como si llevara años viéndolo preparar café o buscar tazas en los armarios.