Ethan
El silencio nunca me había molestado. Incluso lo encontraba relajante, sobre todo por mi trabajo: horas de reuniones interminables, incontables llamadas y el constante ruido de la oficina. Por eso, cuando llegaba a casa y encontraba esa calma hogareña, por fin podía relajarme.
Pero esa mañana todo se sentía diferente, demasiado silencioso.
Grace había llevado a Lily al parque por unas horas y, quizás, debía aprovechar ese tiempo para concentrarme en las inversiones que tenía que evaluar. Sin embargo, me resultaba imposible.
Era increíble cómo dos personas podían llenar una casa con el ruido de las situaciones más cotidianas y hacerla sentir tan viva. Y, al mismo tiempo, cómo su ausencia podía volverla tan distante y vacía.
Abrí el cajón de mi escritorio en busca de unos documentos.
Entonces la vi.
La caja seguía allí, exactamente en el mismo lugar donde la había guardado hacía años.
Por un instante dudé, pero terminé abriéndola.
Dentro seguían la fotografía, el pequeño body rosa, un chupete guardado dentro de una bolsita transparente y la alianza.
Durante unos segundos fui incapaz de moverme. Hacía mucho tiempo que no abría aquella caja.
Tomé la fotografía con cuidado.
Ahí estaba ella.
Elizabeth.
Sentada sobre una manta de picnic, riéndose de algo que yo acababa de decir, con Lily en brazos. Tenía el cabello movido por el viento y esa sonrisa...
Esa sonrisa que era incapaz de olvidar. Todavía podía escuchar su risa si cerraba los ojos.
—No pongas esa cara, Ethan.
Su voz apareció en mi memoria con una claridad dolorosa.
—¿Qué cara?
—La de empresario concentrado y serio.
—Esta es mí cara normal.
Elizabeth soltó una carcajada.
—No es verdad.
Después tomó mi mano entre las suyas.
—Prométeme una cosa.
—Dime.
—Ahora que tenemos a Lily... no dejes que el trabajo te robe todos estos momentos, ¿de acuerdo?
Abrí los ojos de golpe.
El despacho volvió a aparecer frente a mí.
Vacío, silencioso y ella ya no estaba.
Pasé un pulgar por el borde de la fotografía antes de volver a guardarla dentro de la caja.
—Lo estoy intentando, Beth...
Las palabras escaparon sin pensarlo, pero sonaron vacías.
Porque había fallado demasiadas veces.
El sonido de la puerta principal me sacó de mis pensamientos.
Guardé la caja rápidamente en el cajón y me limpié las lágrimas, que ni siquiera me había dado cuenta de que habían empezado a caer.
Segundos después, Lily abrió la puerta del despacho de golpe.
—¡Papi! —exclamó con esa enorme sonrisa que siempre conseguía iluminar cualquier habitación.
No pude evitar sonreír también.
—Hola, pequeña. ¿Cómo estás? ¿Se divirtieron en el parque? —pregunté mientras alternaba la mirada entre ella y Grace, que estaba unos pasos detrás.
Por su respiración agitada, parecía haber corrido antes de entrar. Me saludó con una sonrisa y un pequeño asentimiento mientras intentaba recuperar el aire.
—¡Sí! Corrí por todo el parque y después Grace me empujó en los columpios. ¡Sentía que estaba volando, papi! —contó emocionada, moviendo las manos mientras hablaba.
—Me alegra mucho, cariño —respondí, revolviéndole el cabello con cariño.
—La ayudaré a darse una ducha y luego comeremos algo —dijo Grace mientras tomaba la mano de Lily.
Cuando estaba a punto de salir, se detuvo en la puerta.
Se giró hacia mí.
—Oye, Ethan... ¿todo está bien? —preguntó con suavidad.
La pregunta me tomó por sorpresa.
¿Lo habría notado en mi cara?
—Por supuesto. Todo está... bien —respondí intentando sonar convencido.
Pero mi propia voz me traicionó.
Grace me sostuvo la mirada durante unos segundos.
—De acuerdo.
Asintió despacio.
No parecía convencida.
Y, aun así, agradecí que no insistiera.
Esa noche, cuando la casa volvió a quedar en silencio y Lily ya dormía, me encontré otra vez sentado en el despacho.
La caja seguía allí, guardada, como llevaba años haciéndolo.
Entonces pensé en Grace.
En la forma en que me había llevado un plato de comida el día anterior sin que yo se lo pidiera, en cómo había calmado a Lily después de la caída y en la manera en que siempre intentaba cuidar de todos antes que de ella misma.
Comprendí algo que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar. Cada día era más difícil mantener aquella mentira. Porque Grace ya no era solo una mujer viviendo bajo mi techo.
Se estaba convirtiendo en alguien con quien quería compartir todas las partes de mí. Incluso aquellas que todavía dolían demasiado como para pronunciarlas en voz alta.
Pero desde la pérdida de Elizabeth se había vuelto muy difícil abrirme a alguien más. Me aterraba lo que pudiera pasar si volvía a hacerlo. Y, de alguna manera, sentía que, si le abría mi corazón a otra persona, estaría traicionando el amor que un día le prometí a Beth.
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