Grace
Las cosas habían vuelto a la normalidad. O al menos eso intentaba creer.
Después de la visita de Sophia, los días comenzaron a transcurrir con la misma rutina de siempre. Lily se levantaba temprano, desayunábamos juntas y después buscábamos alguna actividad para mantenerla entretenida mientras Ethan trabajaba.
Yo ya conocía cada rincón de aquella casa.
Sabía qué taza prefería Ethan para el café, dónde guardaba Lily sus colores favoritos y qué cuento quería escuchar antes de dormir, incluso cuando cambiaba de opinión a mitad de la historia.
Había empezado a sentir que aquella rutina también era mía.
Y eso me gustaba…Quizá demasiado.
Aquella mañana, los pasos pausados de Ethan me anunciaron que salía de su habitación mientras yo terminaba de preparar el desayuno.
—Buenos días —saludó él con voz rasposa, ajustándose el reloj en la muñeca.
—Buenos días —respondí con una sonrisa tranquila, sirviendo el jugo en los vasos.
Lily apareció de golpe detrás de él, arrastrando los pies y con el cabello hecho un enredo adorable.
—¡Tengo hambre! —anunció cruzándose de brazos con dramatismo.
Ethan soltó una pequeña risa grave.
—Buenos días para ti también, pequeña —murmuró inclinándose para despeinarla aún más.
—Tengo mucha hambre —insistió ella, mirándonos con ojos suplicantes.
—Eso ya lo dejaste muy claro —bromeo, acomodándola en su silla.
Sonreí mientras colocaba el plato con pancakes frente a ella.
—Aquí tienes, cuatro solamente para tí.
—Gracias, Grace —dijo ya con la boca a medio llenar.
Ethan se sentó frente a nosotras y tomó su taza humeante entre las manos, suspirando antes del primer sorbo.
—Hoy voy a tener un día complicado —comentó con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Mucho trabajo? —pregunté apoyándome contra la encimera.
—Demasiado —admitió frotándose la nuca—. Varias reuniones seguidas.
—Entonces no te preocupes por el almuerzo, yo me encargo —le ofrecí con tono afable.
Él se detuvo a mitad del movimiento, levantando la vista para mirarme en silencio durante unos segundos. Sus ojos parecieron ablandarse.
—Gracias —murmuró con sinceridad.
—De nada.
No hubo nada especial en aquel momento. Solo una conversación cotidiana. Pero mientras lo observaba beber su café en silencio, pensé en lo mucho que habían cambiado las cosas. Meses atrás, Ethan era prácticamente un desconocido. Ahora podía reconocer cuándo estaba cansado incluso antes de que él dijera una palabra. Y él parecía haber aprendido a hacer lo mismo conmigo.
La mañana pasó rápidamente. Lily y yo dibujamos, jugamos con sus bloques y después salimos un rato al jardín cercano a buscar hojas secas. Había algo profundamente reconfortante en aquellos días tranquilos. Después de todo lo que había vivido, había aprendido a valorar las cosas pequeñas: un desayuno compartido, las risas de Lily, una conversación sencilla... e incluso los mensajes ocasionales de Ethan preguntando cómo estábamos.
Alrededor del mediodía, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje suyo:
¿Todo bien por allí?
Sonreí suavemente al leer la pantalla.
Sí. Lily está intentando convencerme con una cara muy tierna de que necesita otro paquete de colores.
La respuesta no tardó ni diez segundos en llegar:
No le compres otro. Ya tiene suficientes.
Alcé la vista hacia Lily, que estaba sentada en la alfombra observándome con una sonrisita culpable.
—Tu papá dice que ya tienes suficientes colores —le advertí en voz alta.
—No —respondió ella de inmediato, negando firmemente con la cabeza.
No pude evitar reír.
Demasiado tarde, tecleé rápido.
Ethan respondió con un simple:
Sabía que diría eso.
Guardé el teléfono. Aquellas pequeñas conversaciones se habían vuelto la mejor parte de mi rutina. Y me gustaba. Más de lo que probablemente debería.
La tarde transcurrió con serenidad. Lily durmió una pequeña siesta y yo aproveché para ordenar el salón. Intentaba mantener la mente ocupada, aunque de vez en cuando los recuerdos de los últimos días amenazaban con empañar mi tranquilidad.
El sonido del cerrojo al girar me hizo levantar la mirada al instante. Lily también se puso de pie de un salto desde el sofá.
—¡Papi! —gritó, saliendo corriendo hacia el recibidor.
Sonreí al ver sus piececitos desaparecer por el pasillo. Unos segundos después, el eco de la risa cansada de Ethan llenó la entrada.
—Hola, pequeña —escuché que decía mientras la levantaba en brazos—. Llegaste temprano —le murmuró ella—. ¿Me extrañaste? —preguntó él—. Mucho —aseguró la niña—. Yo también, princesa.
Los vi aparecer en el salón. Ethan dejó su maletín junto al sofá y se quitó el saco con un movimiento pesado.
—¿Cómo estuvo el día? —pregunté, acercándome unos pasos.
—Bien. Bastante agotador, aunque me alegra estar en casa de nuevo —respondió suavemente.
—Me alegro también.
Parecía exhausto, pero había algo diferente en su postura, una tensión oculta en su mirada que no supe identificar de inmediato. Dejó las llaves sobre la mesa de centro y se quedó de pie en silencio, observándome fija y severamente.
—Grace —dijo de pronto.
El tono grave y sobrio de su voz hizo que mi sonrisa se desvaneciera por completo.
—¿Sí?
—¿Podemos hablar un momento?
Sentí una punzada helada en el pecho.
—Claro.
Esperé a que Lily se distrajera de nuevo con sus muñecas antes de seguirlo. Ethan caminó en silencio hasta la cocina, asegurándose de que quedáramos fuera del alcance de la niña. Se giró hacia mí y metió la mano en el bolsillo interior de su pantalon. Sacó un sobre blanco. No tenía remitente. Solo su nombre escrito con letras de imprenta firmes en el frente: Ethan Blackwood.