Entre dolor y promesas

Capítulo 33

Ethan

La carta seguía en mi cabeza. Había intentado concentrarme durante todo el día, pero aquellas palabras aparecían una y otra vez cada vez que tenía un momento de silencio: Deberías saber con quién dejaste a tu hija, ella la abandonó por horas.

No sabía quién la había escrito ni qué pretendía conseguir con ella. Y, aunque había decidido creerle a Grace, no podía negar que había algo en todo aquello que me inquietaba.

No por ella, sino por lo que alguien estaba intentando hacer.

Cuando llegué a casa esa tarde, lo primero que escuché fue la risa de Lily. Sonreí casi sin darme cuenta. Dejé las llaves sobre la mesa de la entrada y caminé hacia la sala.

—¡Papá! —gritó Lily apenas me vio.

Corrió hacia mí con el Señor Nieves apretado contra el pecho. Me agaché justo a tiempo para recibirla entre mis brazos y levantarla un poco.

—Hola, pequeña —le dije con cariño.

Me dio un beso rápido en la mejilla y levantó el muñeco justo frente a mi cara.

—Mira —me enseñó—. Está enfermo.

Miré al pobre oso de peluche, que tenía una pequeña venda alrededor de una de sus patas.

—¿Otra vez? —pregunté, haciéndome el sorprendido.

Lily asintió muy seria.

—Se cayó —explicó preocupada.

—Claro, entiendo —respondí con una pequeña sonrisa—. ¿Y quién lo curó?

Lily señaló hacia la cocina sin dudarlo.

—Grace.

Seguí la dirección de su dedo. Grace estaba allí, apoyada contra la encimera mientras preparaba algo. Llevaba el cabello recogido de manera desordenada y una de las mangas de su camiseta estaba ligeramente arremangada.

Al escucharnos, levantó la mirada y cruzamos los ojos.

—Hola —saludó de forma pausada.

—Hola —contesté.

Durante unos segundos simplemente nos miramos. Me sorprendí pensando en lo mucho que había cambiado aquella palabra. Antes era solo un saludo rutinario; ahora parecía significar mucho más.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

—Largo —admití dejando escapar un suspiro.

—Eso parece —comentó con una sonrisa comprensiva.

Dejé a Lily en el suelo y ella volvió rápidamente a sus juegos. Me acerqué a la cocina, acortando la distancia con Grace.

—¿Y el tuyo? —le pregunté, apoyándome cerca de ella.

—Tranquilo —respondió acomodándose el cabello.

—¿Lily se portó bien? —quise saber.

Grace soltó una pequeña risa.

—Digamos que tuvo un desacuerdo bastante serio con sus muñecas, pero ya está arreglado —explicó divertida.

Miré hacia la sala y no pude evitar reír. Por primera vez en todo el día, sentí que volvía a respirar tranquilo.

Después de cenar, Lily se quedó dormida en el sofá. Grace había intentado convencerla de que fuera a su habitación, pero la pequeña se había rendido al sueño mientras abrazaba a su oso de peluche.

—Yo la llevo —le dije a Grace en un susurro mientras me inclinaba para cargar a mi hija con cuidado.

Grace asintió suavemente.

—Buenas noches, pequeña —le murmuró, acariciándole la cabeza y depositando un suave beso.

Lily apenas abrió los ojos y balbuceó:

—Buenas noches...

Subí las escaleras y la acosté en su cama. Cuando regresé a la sala, encontré a Grace recogiendo algunos de los juguetes dispersos por la sala.

—Déjalos —le pedí deteniéndola con la voz.

—Mañana tendremos que recogerlos de todas formas —argumentó ella sin soltar un bloque de madera.

—Sí, pero ahora puedes descansar —insistí con tono amable.

Ella me miró, dudando un instante.

—¿Tú también vas a descansar? —preguntó con cierta picardía.

—Lo intentaré —respondí encogiéndome de hombros.

Grace sonrió, divertida por mi respuesta.

—Eso significa que probablemente terminarás trabajando —me acusó suavemente.

—No siempre —protesté.

Ella levantó una ceja, mirándome de hito en hito.

—Ethan... —pronunció mi nombre como una advertencia cariñosa.

—Está bien, probablemente sí —admití al final.

Grace negó con la cabeza, riendo entre dientes.

—Lo sabía —dijo convencida.

Recogió el último bloque, lo dejó sobre la mesa y se sentó en el sofá. Yo hice lo mismo a su lado, dejando un pequeño espacio prudencial entre los dos.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. La casa estaba tranquila; solo se escuchaba el sonido lejano del reloj y el viento golpeando suavemente las ventanas.

—¿Sigues pensando en la carta? —preguntó ella finalmente, rompiendo la calma.

La miré de frente.

—Un poco —admití sin rodeos.

Grace bajó la mirada hacia sus manos, apretándolas en su regazo.

—Lo siento —murmuró apenada.

Fruncí el ceño, confundido por su reacción.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque todo esto te está involucrando a ti también —contestó con un hilo de voz.

—Grace... —intenté interrumpirla.

—Sé que dijiste que me creías —continuó ella con firmeza.

—Y te creo —reafirmé mirándola fijamente.

Ella levantó la mirada y la sostuvo en mis ojos.

—Pero tienes dudas —señaló.

Me quedé en silencio unos segundos. No quería mentirle ni maquillar las cosas.

—Tengo dudas —admití con honestidad—, pero no sobre ti.

Ella no respondió, esperando a que continuara.

—Tengo dudas sobre quién está haciendo esto, sobre lo que quiere conseguir y sobre cuánto está dispuesto a hacer —le expliqué con seriedad.

Grace tragó saliva con dificultad.

—Yo también tengo miedo —confesó, y su voz fue tan baja que casi me dolió escucharla.

Me acerqué un poco más a ella.

—No tienes que enfrentarlo sola —le aseguré firmemente.

Sus ojos se encontraron con los míos, buscando respuestas.

—¿Por qué haces eso? —preguntó de pronto.

—¿Qué cosa? —inquirí con curiosidad.

—Hacerme sentir que todo está bien cuando claramente no lo está —dijo con una mezcla de confusión y gratitud.




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