Allegra
Pensé que al salir de esa casa todo iba a ser más fácil.
Que con la distancia suficiente, el aire distinto y la sensación de haber cerrado una etapa, mi cabeza iba a dejar de dar vueltas. Era lo lógico. Lo esperado. Lo que necesitaba.
Pero no pasó.
Apenas llegué a mi departamento, dejé la bolsa sobre la cama sin siquiera revisarla. No tenía ganas de ordenar, ni de pensar en lo que había traído. Nada de eso me importaba en ese momento.
Lo único que no lograba dejar atrás… era lo otro.
Caminé despacio por la habitación, quitándome la chaqueta en el proceso, intentando enfocarme en cualquier cosa que no fuera lo que había pasado. Pero era inútil. Cuanto más lo ignoraba, más volvía.
La entrada.
La puerta.
Él.
Me detuve en seco, molesta conmigo misma.
No tenía sentido.
Nunca lo había visto de esa forma. Nunca. Durante todo el tiempo que estuve con Gael, Thiago siempre había sido una presencia lejana, correcta, casi indiferente. Educado cuando coincidíamos, distante el resto del tiempo.
Nada más.
Y ahora…
Ahora no podía dejar de pensar en cómo me miró.
En lo cerca que estuvo.
En lo fácil que habría sido no apartarme.
Solté el aire con fuerza, como si eso fuera suficiente para sacarme esa idea de la cabeza. No lo era.
Me dejé caer sobre la cama, pasando una mano por mi rostro. Estaba cansada, pero no de forma física. Era otro tipo de cansancio, uno más profundo, más incómodo.
Porque no se trataba solo del pasado.
Se suponía que eso ya estaba resuelto. Gael y yo habíamos terminado, y aunque no había sido fácil, lo tenía claro. No había dudas ahí.
Pero esto…
Esto no tenía explicación.
Cerré los ojos un momento, intentando ordenar lo que sentía, pero lo único que conseguí fue recordar con más claridad cada detalle.
El tono de su voz cuando dijo mi nombre.
La forma en que no apartó la mirada.
El leve roce de su mano.
Abrí los ojos de golpe, frustrada.
No.
No iba a seguir por ese camino.
Me incorporé y tomé la bolsa, más por necesidad de hacer algo que por otra cosa. Empecé a sacar las cosas una por una, dejándolas sobre la cama sin mucho orden. Ropa, libros, pequeños objetos que habían quedado olvidados. Todo lo que en algún momento había formado parte de una rutina que ya no existía.
Eso era lo importante.
Eso era en lo que tenía que enfocarme.
En lo que ya había terminado.
Y no en algo que ni siquiera debería estar empezando.
Me detuve un segundo al encontrar una de las camisetas de Gael entre mis cosas. La sostuve sin pensar demasiado, observándola en silencio. No sentí nada.
Ni tristeza.
Ni nostalgia.
Nada.
Y eso, de alguna forma, confirmó lo que ya sabía.
Esa parte de mi vida estaba cerrada.
Definitivamente.
Dejé la prenda a un lado sin darle más importancia y seguí sacando el resto, pero mi mente volvió a desviarse, como si insistiera en llevarme al mismo lugar.
A la misma persona.
Fruncí el ceño levemente, apoyando las manos sobre la cama.
Esto no estaba bien.
No porque fuera confuso.
Sino porque era claro.
Demasiado claro.
Y eso lo hacía peor.
Porque no era un recuerdo lo que me inquietaba.
Era una posibilidad.
Una que no debía existir.
Me quedé quieta unos segundos, mirando las cosas frente a mí sin realmente verlas.
Sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Ignorarlo.
Seguir adelante.
No volver a esa casa.
No volver a verlo.
Era simple.
Era lo correcto.
Pero por alguna razón, esa idea no me dio tranquilidad.
Al contrario.
Me dejó con una sensación incómoda en el pecho, difícil de explicar.
Como si algo no estuviera terminado.
Como si, a pesar de todo, esto recién estuviera empezando.
Y eso era exactamente lo que no quería admitir.