Entre dos

Capítulo 4

Thiago

Pensé que con el paso de las horas iba a desaparecer.

Que iba a ser algo momentáneo, producto de la sorpresa, de la situación, de haberla tenido enfrente después de tanto tiempo. Algo fácil de dejar atrás si no le daba importancia.

Pero no fue así.

El resto del día pasó sin que realmente lograra concentrarme en nada. Intenté trabajar, responder llamadas, ocupar la cabeza en lo que correspondía, pero cada vez que había un momento de silencio, volvía a lo mismo.

A ella.

A la forma en que había estado parada en la puerta.

A cómo sostuvo mi mirada sin apartarse.

A ese instante en el que ninguno de los dos hizo lo que debía.

Apoyé la espalda contra la silla, soltando el aire con lentitud. No era propio de mí distraerme de esa manera. Siempre había sabido separar las cosas, mantener el control, no mezclar lo que no correspondía.

Y esto no correspondía.

No había margen para interpretaciones.

Allegra había sido parte de la vida de Gael. Eso la colocaba en un lugar claro, definido. Un límite que no se discutía.

Y, sin embargo, no estaba funcionando.

Me pasé una mano por la mandíbula, incómodo con ese pensamiento. No era una cuestión de querer o no querer. Era simple lógica.

Había líneas que no se cruzaban.

Y esta era una de ellas.

Me levanté de la silla y caminé hacia la ventana, apoyando una mano contra el vidrio mientras observaba la ciudad sin prestarle demasiada atención. Necesitaba claridad. Algo que ordenara la situación, que la devolviera a donde correspondía.

Pero cuanto más lo intentaba, más evidente se volvía el problema.

No era solo lo que había pasado.

Era lo que no había pasado.

Porque había estado ahí.

La posibilidad.

El momento.

Y ninguno de los dos lo ignoró realmente.

Cerré los ojos un segundo, tensando la mandíbula. No iba a permitir que eso se repitiera. No podía.

Era una decisión simple.

Mantener distancia.

No verla.

No generar situaciones innecesarias.

Con eso era suficiente.

Siempre lo había sido.

Me aparté de la ventana y tomé el teléfono sin pensarlo demasiado. Lo giré entre los dedos un par de veces, dudando apenas un instante antes de desbloquearlo.

No tenía motivo para hacerlo.

Y aun así, lo hice.

Busqué su nombre.

Lo encontré más rápido de lo que esperaba.

Me quedé mirándolo unos segundos, en silencio.

Era absurdo.

No tenía nada que decirle.

No había razón para escribirle.

Cualquier mensaje sería innecesario.

Inapropiado.

Un error.

Aun así, mi pulgar se movió antes de que pudiera pensarlo demasiado.

"¿Llegaste bien?"

Leí el mensaje en la pantalla, consciente de lo simple que era. Demasiado simple. Podría pasar como una cortesía. Nada más.

Pero no lo era.

No del todo.

Me quedé inmóvil unos segundos, evaluando si borrarlo antes de enviarlo. Era lo más lógico. Lo correcto.

Pero no lo hice.

Presioné enviar.

El sonido fue casi imperceptible, pero suficiente para marcar una decisión que no debería haber tomado.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y me alejé, como si la distancia fuera a cambiar algo. No lo hizo.

Porque ahora no se trataba solo de lo que había pasado.

Se trataba de lo que acababa de hacer.

Y de lo que eso implicaba.

Me apoyé contra el respaldo de la silla, mirando el teléfono sin acercarme. No esperaba una respuesta inmediata. No la necesitaba.

Pero sabía que, si llegaba…

No iba a ser indiferente.

Y eso, más que cualquier otra cosa, era lo que convertía todo en un problema real.




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