Entre dos

Capítulo 8

Thiago

El mensaje llegó cuando ya había decidido no escribir más.

No porque no pudiera hacerlo, sino porque era lo correcto. La conversación había cumplido su función desde el principio: una pregunta simple, una respuesta igual de simple, y nada más. No había necesidad de seguir.

Eso era lo lógico.

Y, aun así, cuando el teléfono vibró sobre el escritorio, supe antes de mirarlo que no iba a ignorarlo.

Me quedé quieto unos segundos, observándolo a la distancia, como si eso fuera suficiente para mantener el control sobre algo que claramente ya se estaba desviando. No era un impulso nuevo, ni algo que no pudiera manejar. Pero esta vez no era tan simple como otras.

Caminé hasta el escritorio con calma, sin apurarme, como si el tiempo pudiera diluir la intención detrás de ese momento. Tomé el teléfono y desbloqueé la pantalla.

Su nombre apareció primero.

Después el mensaje.

"Sí, no dejé nada."

Lo leí una vez, sin expresión. Después otra, más lento. No había nada fuera de lugar en esas palabras. Era exactamente lo que esperaba. Lo que correspondía.

Y, sin embargo, no cerraba nada.

Apoyé el teléfono en la palma de la mano, pensativo. Podía terminar ahí. No responder. Dejar que la conversación se diluyera sola, como debería haber sido desde el principio.

Eso era lo correcto.

Pero la idea no se sostuvo demasiado.

Porque había algo más.

No en el mensaje en sí, sino en lo que implicaba.

Ella había respondido.

No tenía que hacerlo.

Y aun así lo hizo.

Eso cambiaba las cosas.

Solté el aire lentamente y dejé el teléfono sobre el escritorio otra vez, apoyando ambas manos a los lados, inclinándome apenas hacia adelante. No era la primera vez que una decisión simple se volvía más complicada de lo necesario, pero sí era la primera vez en mucho tiempo que dudaba tanto en algo que debería haber sido evidente.

No había margen.

No había espacio para interpretaciones.

Era la ex de mi hijo.

Ese hecho no cambiaba.

No iba a cambiar.

Y, aun así, no estaba siendo suficiente.

Cerré los ojos un segundo, tensando la mandíbula. No se trataba de falta de control. Se trataba de algo más incómodo.

Interés.

La palabra apareció clara, directa, sin rodeos.

Abrí los ojos de inmediato, molesto con ese pensamiento. No tenía sentido. No debía tenerlo. No era algo que pudiera permitirse crecer.

Y, sin embargo, ya estaba ahí.

Me enderecé despacio y tomé el teléfono otra vez, girándolo entre los dedos mientras pensaba. No había razón para escribir. Ninguna que pudiera justificarse sin entrar en un terreno que no correspondía.

Pero tampoco había una razón clara para no hacerlo.

Y eso era lo que complicaba todo.

Desbloqueé la pantalla una vez más, observando la conversación en silencio. Dos mensajes. Nada más. Podía dejarlo así. Nadie iba a cuestionarlo. Nadie iba a notar nada.

Sería lo más sensato.

Mi pulgar se movió sobre el teclado antes de que terminara de decidir.

"Bien."

Me detuve.

Era demasiado seco.

Demasiado final.

No era lo que quería decir.

Borré el mensaje sin pensarlo demasiado y apoyé el teléfono otra vez sobre la mesa, soltando el aire con cierta frustración. No era propio de mí dudar así. Siempre había sido claro, directo, decidido.

Y ahora estaba ahí, perdiendo tiempo en algo que no debería ni existir.

Caminé hacia la ventana, buscando un poco de aire, aunque sabía que no iba a cambiar nada. La ciudad seguía su ritmo, indiferente, mientras mi cabeza volvía al mismo punto una y otra vez.

A ella.

A la forma en que se quedó quieta cuando abrí la puerta.

A cómo sostuvo mi mirada.

A ese segundo de más que ninguno de los dos evitó.

Apoyé una mano contra el vidrio, pensativo.

No era solo atracción.

Eso sería fácil de manejar.

Era otra cosa.

Algo más silencioso, más incómodo, más difícil de ignorar.

Y eso lo volvía peligroso.

Me aparté de la ventana después de unos segundos y volví al escritorio. El teléfono seguía ahí, como si nada hubiera pasado. Como si no tuviera peso.

Pero lo tenía.

Lo tomé una vez más, esta vez sin dudar tanto.

No iba a alargarlo innecesariamente.

No iba a convertirlo en algo que no era.

Pero tampoco iba a fingir que no había pasado nada.

Mis dedos se movieron con más decisión.

"Bien. Me alegra."

Lo leí una vez.

Era simple.

Correcto.

Sin espacio para interpretaciones claras.

Perfecto.

Presioné enviar.

El mensaje salió y esta vez no me quedé esperando. Dejé el teléfono sobre el escritorio y me alejé, como si con eso fuera suficiente para poner un límite.

Pero no lo fue.

Porque mientras volvía a sentarme, entendí algo que no había querido admitir hasta ese momento.

Esto ya no se trataba solo de un intercambio de mensajes.

Ni de un momento incómodo.

Ni de una simple coincidencia.

Se trataba de que, a pesar de todo lo que indicaba lo contrario…

No quería que terminara ahí.

Y esa era exactamente la razón por la que debía hacerlo.




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