Entre dos

Capítulo 9

Allegra

El teléfono vibró cuando menos lo esperaba.

No estaba haciendo nada en particular. Había intentado distraerme con cualquier cosa: ordenar, cambiar las sábanas, incluso encender la televisión sin realmente prestarle atención. Todo con el mismo objetivo: no pensar.

No funcionó.

Y cuando el sonido rompió el silencio, supe inmediatamente quién era antes siquiera de mirar la pantalla.

Me quedé quieta un segundo, sentada en el borde de la cama, con la mirada fija en el teléfono. No me apuré en tomarlo. No porque no quisiera… sino porque sí quería.

Y eso cambiaba todo.

Finalmente lo agarré y desbloqueé la pantalla.

"Bien. Me alegra."

Leí el mensaje despacio, más de una vez, como si hubiera algo escondido entre esas palabras que no terminaba de ver. No lo había. Era simple. Corto. Exactamente lo que debería ser.

Y, aun así, no me alcanzó.

No era suficiente para cerrar nada.

No después de todo.

Apoyé el teléfono sobre la cama sin responder de inmediato y me recosté hacia atrás, mirando el techo. El silencio volvió a instalarse, pero ya no era el mismo de antes. Ahora se sentía más presente, más consciente.

Más incómodo.

No porque el mensaje fuera inapropiado.

Sino porque no lo era.

Porque encajaba demasiado bien dentro de lo que se suponía que debía ser… y al mismo tiempo dejaba algo abierto.

Algo que no terminaba.

Cerré los ojos un segundo, soltando el aire lentamente.

Podía dejarlo ahí.

Era lo lógico.

No había ninguna necesidad de responder. La conversación ya había cumplido su función. Seguir sería innecesario.

Y, sin embargo, la idea no me convencía.

Porque si realmente quisiera terminarlo…

No estaría dudando.

Me incorporé despacio y tomé el teléfono otra vez, sosteniéndolo sin hacer nada al principio. La pantalla seguía abierta en la conversación, mostrando cada mensaje como si tuviera más peso del que realmente tenía.

Tres mensajes.

Nada más.

Y aun así…

Demasiado.

Mis dedos se movieron apenas sobre el teclado, pero no escribí nada. Dudé. No porque no supiera qué decir, sino porque cualquier cosa que dijera iba a significar algo más.

Responder implicaba continuar.

Y continuar implicaba aceptar que esto no era solo una casualidad.

Fruncí levemente el ceño y bloqueé el teléfono sin escribir, dejándolo a un lado otra vez. Me levanté de la cama y empecé a caminar por la habitación, más inquieta de lo que quería admitir.

Esto no tenía sentido.

No era complicado.

No debería serlo.

Era simplemente no responder.

Cerrar ahí.

Seguir con mi vida.

Pero no lo hice.

Porque en el fondo sabía que no era eso lo que quería.

Me detuve frente a la ventana, cruzando los brazos sin darme cuenta. La ciudad seguía moviéndose, indiferente, mientras yo seguía atrapada en algo que ni siquiera tenía forma todavía.

Y eso era lo peor.

No era algo concreto.

No era una decisión.

Era una sensación.

Una que no terminaba de desaparecer.

Volví a la cama después de unos segundos y tomé el teléfono una vez más, esta vez sin pensarlo tanto.

No iba a darle más vueltas.

No iba a analizar cada palabra.

Si tenía que terminar ahí, lo haría después.

Pero no ahora.

Escribí.

"Sí."

Me detuve.

Demasiado corto.

Demasiado vacío.

No decía nada.

Borré el mensaje y volví a intentarlo.

"Gracias."

Lo leí.

Tampoco.

Suspiré con frustración, pasando una mano por mi cabello.

Esto era ridículo.

No tenía sentido estar pensando tanto en algo así.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Respiré hondo y me obligué a relajarme un poco antes de volver a mirar la pantalla.

No tenía que ser perfecto.

Solo tenía que ser real.

Mis dedos se movieron con más decisión esta vez.

"Gracias. Igual… perdón si fue incómodo hoy."

Me quedé mirando el mensaje unos segundos después de escribirlo. No era exactamente lo que había planeado decir. De hecho, no había planeado decir nada.

Pero ahí estaba.

Más honesto de lo que debería.

Más directo de lo necesario.

Apreté enviar antes de poder arrepentirme.

El mensaje desapareció de la pantalla y sentí ese mismo vacío extraño que ya empezaba a reconocer. No era tranquilidad. Tampoco nervios.

Era expectativa.

Dejé el teléfono a un lado, pero esta vez no me alejé.

Me quedé sentada, mirándolo sin disimulo.

Esperando.

Porque ahora ya no se trataba solo de responder.

Se trataba de lo que iba a pasar después.

Y de si realmente estaba preparada para eso.




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