Allegra
No debería haber ido.
Eso fue lo primero que pensé apenas entré.
Y aun así, ya estaba ahí.
El lugar no tenía nada de especial. Un café tranquilo, de esos que nadie recuerda demasiado después de irse. Mesas separadas, luz tenue, el murmullo constante de conversaciones ajenas que servían como fondo.
Perfecto para pasar desapercibidos.
Perfecto para no llamar la atención.
Perfecto para algo que no debería estar pasando.
Apreté un poco más fuerte la correa del bolso mientras avanzaba unos pasos dentro del lugar, dejando que mi mirada recorriera el ambiente con una calma que no sentía.
Y entonces lo vi.
Estaba sentado en una de las mesas del fondo.
Solo.
Como si hubiera estado ahí desde antes.
Esperando.
El tiempo pareció detenerse apenas un segundo.
No fue algo exagerado. No fue dramático. Pero sí lo suficiente como para que todo lo demás dejara de importar por un instante.
Porque verlo ahí… no era lo mismo que leerlo en una pantalla.
Era peor.
Mucho peor.
Respiré hondo antes de acercarme, obligándome a mantener una expresión neutral, como si esto fuera algo normal. Como si no hubiera pasado nada.
Como si no supiera exactamente por qué estaba ahí.
Él levantó la mirada apenas me acerqué.
Y fue suficiente.
No hizo falta más.
No hubo sonrisa inmediata. No hubo palabras. Solo ese cruce de miradas que duró un segundo más de lo necesario.
Y dijo todo.
—Allegra.
Mi nombre en su voz sonó distinto a través de la distancia corta.
Más bajo.
Más directo.
—Thiago.
Me senté frente a él sin agregar nada más, dejando el bolso a un lado mientras intentaba ignorar la tensión que se instaló entre nosotros casi de inmediato.
No era incómoda.
Pero tampoco era normal.
El silencio se extendió unos segundos.
Ninguno de los dos parecía apurado por llenarlo.
—No pensé que ibas a venir —dijo finalmente.
Lo miré.
—Yo tampoco.
La respuesta salió más honesta de lo que esperaba.
Él sostuvo mi mirada, sin apartarla, como si estuviera buscando algo en ella. No lo hizo con incomodidad. Tampoco con insistencia.
Era algo más… contenido.
Pero presente.
—Podríamos no haberlo hecho —agregó.
Sabía a qué se refería.
No al café.
A todo.
Asentí apenas.
—Sí.
Silencio otra vez.
Pero esta vez fue distinto.
Más cargado.
Más cercano.
Bajé la mirada un segundo, no por incomodidad, sino para ordenar mis pensamientos. No era fácil estar ahí, frente a él, después de todo lo que habían dicho sin decirse directamente.
Después de todo lo que había quedado claro.
—Esto no está bien —murmuré finalmente.
No fue una pregunta.
Tampoco una duda.
Era un hecho.
Él no respondió enseguida.
Lo observé levantar apenas la mano, apoyándola sobre la mesa, cerca de la mía. No tocó nada. No se acercó de más.
Pero tampoco se alejó.
—No —dijo después de unos segundos.
Simple.
Claro.
Sin intentar negarlo.
Eso debería haber sido suficiente para levantarme e irme.
Para terminarlo ahí.
Pero no me moví.
Porque no era lo que quería hacer.
Levanté la mirada otra vez, encontrándome con la suya sin desviar esta vez.
—Entonces, ¿por qué estamos acá?
La pregunta quedó suspendida entre los dos.
No necesitaba respuesta.
Pero igual la tuvo.
—Porque tampoco queremos que esté bien.
El aire se volvió más pesado.
No por lo que dijo.
Sino por lo cierto que era.
Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí, como si esa simple frase hubiera terminado de romper la última barrera que quedaba.
No había forma de discutirlo.
No había forma de negarlo.
Me incliné apenas hacia adelante sin darme cuenta, reduciendo la distancia mínima que había entre nosotros. No fue un movimiento consciente.
Pero tampoco fue accidental.
—Esto va a terminar mal —dije en voz baja.
Él no se movió.
No se alejó.
No cambió la expresión.
—Sí.
Nada más.
Sin intento de suavizarlo.
Sin intención de frenarlo.
Y eso fue lo que lo hizo peor.
Porque en ese momento entendí algo con una claridad imposible de ignorar.
No estábamos ahí por error.
No estábamos ahí por casualidad.
Estábamos ahí porque los dos habíamos decidido estar.
A pesar de todo.
A pesar de lo que significaba.
A pesar de lo que podía pasar después.
El silencio volvió, pero esta vez no hubo distancia.
Porque aunque ninguno de los dos se movió realmente…
La línea ya no estaba donde debería.
Y los dos lo sabíamos.
Sin necesidad de decirlo.
Sin intención de evitarlo.
Y sin querer retroceder.