Thiago
No debería haber aceptado verla.
Esa fue la conclusión más clara que tuve… demasiado tarde.
Porque ahora estaba ahí, frente a ella, y todo lo que había intentado mantener bajo control durante los últimos días dejó de tener sentido en el momento en que levantó la mirada.
No era lo mismo.
Nunca iba a ser lo mismo.
Los mensajes habían sido solo una parte. Una preparación, quizás. Algo que hacía más fácil ignorar lo que realmente estaba pasando.
Pero esto…
Esto no se podía ignorar.
Allegra estaba ahí.
A menos de un metro.
Y no había nada entre nosotros que sirviera como barrera.
El ruido del café, las conversaciones ajenas, el movimiento alrededor… todo quedó en un segundo plano. No desapareció, pero dejó de importar.
Porque toda mi atención estaba en ella.
En la forma en que sostenía la mirada sin apartarse.
En cómo no parecía incómoda.
En cómo, a pesar de todo lo que implicaba, no se movía para alejarse.
Eso fue lo primero que terminó de confirmar lo que ya sabía.
Ella tampoco iba a detener esto.
Me incliné apenas hacia atrás en la silla, intentando mantener una distancia que ya no era real. No después de lo que habíamos dicho. No después de lo que estaba pasando ahora.
—Esto va a terminar mal —había dicho.
Y tenía razón.
Pero no cambió nada.
Porque ninguno de los dos se movió después de eso.
El silencio se instaló otra vez, pero no fue incómodo. Fue denso. Cargado de algo que ya no necesitaba palabras para existir.
Apoyé la mano sobre la mesa, más cerca de la suya que antes, sin tocarla. No fue un gesto calculado. Tampoco fue impulsivo.
Fue inevitable.
La distancia entre nuestros dedos era mínima.
Y los dos lo notamos.
No hizo falta que lo mirara para saberlo.
Pero lo hice igual.
Bajé la mirada un segundo, fijándome en ese espacio pequeño, casi inexistente, que todavía nos separaba.
Eso era todo lo que quedaba.
Una línea mínima.
Ridícula.
Fácil de cruzar.
Volví a levantar la mirada lentamente.
Ella seguía observándome.
Sin moverse.
Sin retroceder.
Eso fue suficiente.
Moví apenas la mano.
Y la toqué.
No fue un gesto brusco.
Ni apresurado.
Fue leve.
Casi contenido.
Pero no hubo duda en el contacto.
Su piel contra la mía.
Un segundo.
Dos.
No se apartó.
Al contrario.
Sus dedos se acomodaron apenas, respondiendo al gesto sin exagerarlo, pero sin negarlo.
Eso fue todo lo que necesitaba.
No había más excusas.
No había más límites reales.
Todo lo demás quedó atrás en ese momento.
Solté el aire despacio, sin apartar la mirada de ella. La cercanía ahora era distinta. Más presente. Más difícil de ignorar.
—Deberíamos irnos —dije en voz baja.
No sonó como una sugerencia.
Sonó como una decisión que ninguno de los dos iba a cuestionar.
Ella asintió apenas.
Sin soltar mi mano.
Pagamos sin hablar demasiado. El resto del mundo volvió a aparecer por un momento, pero no tuvo peso. No cambió nada.
Porque lo importante ya estaba decidido.
Salimos del lugar sin mirarnos demasiado, pero caminando uno al lado del otro, en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era consciente.
Cada paso tenía más peso del que debería.
Cada segundo nos acercaba a algo que ya no tenía vuelta atrás.
Cuando llegamos al auto, me detuve un instante antes de abrir la puerta. No la miré enseguida.
No hacía falta.
Sabía que estaba ahí.
Demasiado cerca.
—Todavía podemos parar —dije finalmente.
No fue una advertencia.
Fue lo último que quedaba.
Levanté la mirada.
Ella me estaba mirando.
Y lo supe antes de que respondiera.
—No quiero.
Simple.
Directo.
Definitivo.
Eso fue todo.
Abrí la puerta sin decir nada más y ella subió.
El silencio volvió mientras arrancaba, pero ya no había tensión en la duda.
Era otra cosa.
Era decisión.
No hablamos durante el trayecto.
No hizo falta.
Porque todo ya estaba dicho.
Y todo lo que faltaba… no iba a resolverse con palabras.
Cuando el auto se detuvo, el aire pareció volverse más denso. No por el lugar. No por el momento.
Sino por lo que significaba.
Apagué el motor y por un segundo ninguno se movió.
El tiempo pareció detenerse otra vez.
Pero esta vez no hubo duda.
Me giré hacia ella lentamente.
Y la distancia volvió a desaparecer.
No hubo prisa.
No hubo impulso descontrolado.
Fue algo más contenido.
Más consciente.
Pero igual de inevitable.
Porque en el momento en que su mirada bajó apenas hacia mis labios…
Supe que ya era tarde para cualquier otra cosa.
Y cuando finalmente la besé…
No fue un error.
Fue una decisión que los dos habíamos tomado desde mucho antes.