Allegra
No pensé.
Ese fue el problema.
O tal vez no lo fue.
Porque en el momento en que sus labios tocaron los míos, todo lo que debería haber importado dejó de tener sentido. No hubo espacio para dudas, ni para culpa, ni siquiera para esa voz interna que hasta hacía poco insistía en recordarme lo que estaba mal.
Simplemente… desapareció.
El beso no fue impulsivo. No fue torpe. No fue un error que ocurrió demasiado rápido como para evitarlo. Fue todo lo contrario. Lento. Consciente. Como si los dos supiéramos exactamente lo que estábamos haciendo y, aun así, decidiéramos no detenernos.
Y eso fue lo que lo hizo peor.
O mejor.
No estaba segura.
Mis dedos se aferraron suavemente a su camisa casi sin darme cuenta, acercándome más, reduciendo cualquier espacio que todavía pudiera existir entre nosotros. Él respondió sin dudar, sosteniéndome con firmeza, pero sin brusquedad, como si incluso en ese momento mantuviera ese control que lo definía.
Pero ya no era el mismo.
Porque si hubiera sido el mismo… no estaríamos ahí.
Cuando el beso se rompió, el aire pareció volver de golpe, más pesado, más denso. Abrí los ojos lentamente, encontrándome con su mirada a una distancia mínima.
Demasiado cerca.
Ninguno de los dos habló.
No hacía falta.
Porque todo ya estaba dicho.
Y lo que no… estaba claro.
Sentí su mano deslizarse apenas por mi brazo, un gesto mínimo, pero suficiente para hacerme reaccionar. No me aparté. No retrocedí.
Al contrario.
Lo miré un segundo más antes de hablar.
—Esto cambia todo.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Él no negó.
No intentó suavizarlo.
—Sí.
Nada más.
Pero fue suficiente.
Porque no había intención de fingir que esto podía ser algo simple.
No lo era.
No después de eso.
El silencio volvió, pero no fue el mismo que antes. Ya no había tensión en la duda. Era otra cosa. Más profunda. Más inevitable.
Y entonces entendí que no quería irme.
No todavía.
No después de haber cruzado esa línea.
—No quiero pensar —murmuré, más para mí que para él.
Pero me escuchó.
Lo noté en la forma en que su mirada cambió apenas, en cómo se acercó de nuevo, reduciendo cualquier distancia que hubiera intentado crear con esas palabras.
—Entonces no lo hagas.
No fue una orden.
Tampoco una sugerencia.
Fue una decisión compartida.
Y esta vez… no dudé.
El segundo beso fue distinto.
Más seguro.
Más profundo.
Sin ese mínimo control que todavía habíamos intentado mantener antes.
Ya no había intención de frenar.
Ya no había espacio para hacerlo.
El resto pasó sin necesidad de palabras, como si todo se moviera en la misma dirección sin que ninguno tuviera que guiarlo. Cada gesto, cada roce, cada acercamiento se sentía natural, inevitable, como si hubiera estado esperando mucho antes de que nosotros lo admitiéramos.
Y eso era lo que más me descolocaba.
No se sentía mal.
No se sentía como un error.
Se sentía… correcto.
Aunque no lo fuera.
En algún momento, cuando el silencio volvió a instalarse entre nosotros, ya no era el mismo de antes. No había tensión. No había dudas inmediatas.
Solo una calma extraña.
Peligrosa.
Me acomodé apenas, todavía cerca, sin apartarme del todo. No quería romper ese momento, aunque supiera que tarde o temprano iba a pasar.
—Esto no puede repetirse —dije finalmente.
No sonó firme.
No como debería.
Porque en el fondo… no lo creía del todo.
Él tampoco respondió enseguida.
Sentí su mirada antes de levantar la mía.
—No —dijo.
Pero no sonó convencido.
Y eso fue lo que confirmó todo.
Porque los dos sabíamos que no iba a ser así.
Que no se iba a quedar en una sola vez.
Que esto… recién empezaba.
Me quedé en silencio unos segundos más, sintiendo cómo esa realidad se asentaba lentamente. No había forma de volver atrás. No después de lo que acababa de pasar.
No después de cómo se sentía.
Y lo peor de todo…
Era que no quería hacerlo.
Apoyé la cabeza apenas contra su hombro, cerrando los ojos un segundo, dejando que ese momento se extendiera un poco más, aun sabiendo que no debía.
Porque en el fondo entendía algo con una claridad imposible de ignorar.
Esto no iba a terminar bien.
Pero tampoco iba a terminar pronto.
Y, de alguna forma, eso era exactamente lo que hacía que no quisiera detenerlo.