Thiago
No fue solo una vez.
Lo supe en el momento en que la dejé en su departamento y no me fui de inmediato.
El motor seguía apagado, el silencio dentro del auto era denso, pero no incómodo. Era consciente. Pesado por todo lo que había pasado y por todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo.
La miré apenas.
Ella no bajó enseguida.
Se quedó ahí, quieta, como si tampoco quisiera romper ese momento.
Y eso fue suficiente.
Porque confirmó lo que ya sabía.
Esto no había terminado.
Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.
—Deberías irte —dijo finalmente.
Pero no sonó como una orden.
Ni siquiera como una sugerencia real.
Sonó más como una advertencia que ninguno de los dos iba a seguir.
Asentí apenas.
Pero no me moví.
Ella tampoco.
El aire se volvió más denso en ese instante, cargado de algo que ya no necesitaba explicación. No era solo lo que había pasado. Era lo que seguía ahí, intacto, incluso después.
Esa conexión que no desaparecía.
Esa necesidad de no terminarlo todavía.
—Esto no cambia nada —agregó después de unos segundos.
La miré.
Sabía que no lo creía.
—No —respondí.
Pero tampoco soné convencido.
Porque los dos sabíamos que sí lo cambiaba.
Que ya lo había hecho.
El silencio volvió, pero esta vez fue más corto. Más frágil. Como si cualquiera de los dos pudiera romperlo en cualquier momento.
Y fui yo.
Apoyé una mano sobre la puerta, inclinándome apenas hacia ella, sin tocarla todavía, pero lo suficientemente cerca como para que no hubiera duda de la intención.
—Allegra…
No terminé la frase.
No hacía falta.
Porque en el momento en que volvió a mirarme, supe que ya no había nada que explicar.
Nada que justificar.
Nada que detener.
El segundo beso llegó sin prisa.
Pero sin duda.
Más seguro.
Más inevitable.
Y eso fue todo.
Porque después de eso… no hubo más intentos de fingir que esto podía controlarse.
El tiempo se volvió difuso. No importó cuánto pasó realmente. Solo quedó la sensación de que no queríamos separarnos.
Y eso era suficiente.
Cuando finalmente me aparté, lo hice despacio, sosteniendo su mirada un segundo más.
—Esto no puede seguir así —dije.
Esta vez sí sonó como algo real.
No por convicción.
Sino porque sabía que era verdad.
Ella no respondió enseguida.
La vi bajar la mirada apenas, como si estuviera pensando lo mismo.
—Lo sé.
Pero no se movió.
No abrió la puerta.
No terminó el momento.
Y eso fue lo que terminó de confirmarlo todo.
Porque saberlo… no era suficiente.
Me aparté finalmente, apoyando la espalda contra el asiento otra vez, intentando recuperar una distancia que ya no existía.
—Entonces esto termina acá —agregué.
No la miré al decirlo.
No quería ver su reacción.
No quería ver si dudaba.
Si aceptaba.
Si se iba.
Pero no escuché la puerta abrirse.
No sentí movimiento.
Nada cambió.
Pasaron unos segundos antes de que hablara.
—No.
Levanté la mirada de inmediato.
Ella me estaba mirando.
Directamente.
Sin dudas.
—No termina acá.
No había titubeo en su voz.
No había miedo.
Y eso… fue suficiente.
Porque en ese momento entendí algo que ya no podía negar.
Esto no era algo que se nos estaba yendo de las manos.
Era algo que estábamos eligiendo.
A pesar de todo.
A pesar de lo que significaba.
A pesar de lo que iba a traer después.
Solté el aire lentamente, pasando una mano por la nuca, sintiendo cómo cualquier intento de control terminaba de desarmarse.
No tenía sentido seguir negándolo.
No tenía sentido intentar frenarlo a medias.
Porque no iba a funcionar.
—Entonces no pongamos reglas que no vamos a cumplir —dije finalmente.
Ella sostuvo mi mirada.
Y asintió.
No hizo falta nada más.
Porque ese pequeño gesto cerró cualquier posibilidad de retroceder.
Ya no había excusas.
Ya no había límites claros.
Solo esto.
Y lo que viniera después.
Me quedé unos segundos más antes de encender el auto otra vez, esta vez sin detenerme. El momento se rompió, pero no desapareció.
Seguía ahí.
Más fuerte.
Más real.
Cuando finalmente se bajó, no dijo nada.
No hizo falta.
Cerró la puerta y caminó hacia la entrada sin mirar atrás.
Pero yo sí me quedé mirando.
Hasta que desapareció.
Y recién ahí entendí con claridad lo que acabábamos de hacer.
No habíamos cruzado una línea.
La habíamos dejado atrás.
Y lo que seguía…
No iba a ser más fácil.
Al contrario.
Iba a ser mucho peor.
Porque ya no se trataba de resistirse.
Se trataba de sostener algo que no debería existir.
Y que, aun así…
Ninguno de los dos estaba dispuesto a soltar.