Entre dos

Capítulo 19

Allegra

No fue algo que planeamos.

Ni algo que hablamos.

Simplemente empezó a pasar.

Después de esa noche, pensé que al menos uno de los dos iba a intentar tomar distancia, hacer lo correcto, poner un límite que no habíamos sido capaces de sostener antes. Era lo lógico. Lo esperable. Lo que cualquiera en nuestra posición habría hecho.

Pero no pasó.

Al día siguiente no hablamos.

Ni al otro.

Y aun así, la sensación no desapareció. No se diluyó con el tiempo ni con la distancia. Seguía ahí, presente, como si nada de lo que habíamos hecho pudiera reducirse a un momento aislado.

Al tercer día, fui yo la que rompió el silencio.

No lo pensé demasiado. No lo analicé como debería haberlo hecho. Solo tomé el teléfono y escribí, con la misma naturalidad con la que había empezado todo.

Y él respondió.

Sin demora.

Sin dudas.

Como si también hubiera estado esperando lo mismo.

Después de eso, se volvió fácil.

Demasiado fácil.

Los mensajes empezaron a aparecer en cualquier momento del día, al principio con cuidado, con cierta distancia que intentaba mantener una normalidad que ya no existía. Pero esa intención duró poco.

Porque no tenía sentido sostener algo que ninguno de los dos creía.

Y cuando dejamos de intentarlo… todo cambió.

Las conversaciones se hicieron más largas. Más personales. Más directas. Ya no había rodeos ni silencios incómodos. Todo fluía con una naturalidad que no debería haber estado ahí.

Como si no fuera algo nuevo.

Como si siempre hubiera existido.

Y eso fue lo que empezó a preocuparme.

Porque no se sentía como un error.

Se sentía como algo que encajaba.

Nos vimos otra vez una semana después.

No en un café.

No en un lugar neutral.

Fue distinto.

Más consciente.

Más directo.

No hubo excusas ni justificaciones. No intentamos disfrazarlo como algo casual. Sabíamos por qué estábamos ahí.

Y eso cambió todo.

Cuando abrió la puerta, no hubo duda.

No hubo distancia.

No hubo ese momento incómodo de no saber cómo actuar.

Solo una certeza compartida.

Entré sin decir demasiado, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado a cada paso. No por incomodidad, sino por todo lo que estaba implícito en ese encuentro.

No era la primera vez.

Y eso lo hacía más fácil.

O más peligroso.

No estaba segura.

Lo miré apenas, y fue suficiente.

No hizo falta hablar.

No hizo falta preguntar.

Todo ya estaba decidido antes de que llegara.

El tiempo volvió a perder forma después de eso. No podría decir cuánto pasó exactamente. Solo quedó la sensación de cercanía, de conexión, de algo que iba más allá de lo físico.

Porque no era solo eso.

Era la forma en que me miraba.

La forma en que me entendía sin necesidad de explicaciones.

La forma en que todo se sentía… demasiado natural.

Y eso era lo que más me desconcertaba.

Porque no debería haber sido así.

No con él.

No en esta situación.

No después de todo.

Y aun así, lo era.

Cuando finalmente el momento se calmó, el silencio volvió, pero no fue incómodo. Era distinto. Más tranquilo. Más íntimo.

Me acomodé apenas, sin alejarme demasiado, sintiendo esa calma que no debería haber estado ahí.

—Esto se está volviendo complicado —murmuré.

No fue una queja.

Ni una advertencia.

Era solo una verdad.

Él no respondió enseguida.

Sentí su mirada antes de levantar la mía.

—Ya lo es.

Simple.

Directo.

Sin intentar negarlo.

Asentí apenas, bajando la mirada un segundo.

No había forma de discutirlo.

No había forma de arreglarlo.

Porque no era algo que se pudiera ordenar con lógica.

Era algo que simplemente estaba pasando.

Y que ninguno de los dos estaba intentando detener.

Eso era lo más claro de todo.

Me levanté unos minutos después, sin prisa, pero sin intención de quedarme demasiado. Sabía que cuanto más tiempo pasara ahí, más difícil iba a ser mantener cualquier tipo de distancia.

Si es que todavía existía.

Me vestí en silencio, sintiendo su mirada en mí sin necesidad de confirmarlo. No era incómodo. Nunca lo era con él.

Y eso era parte del problema.

—No deberíamos acostumbrarnos a esto —dije finalmente.

Esta vez sí lo miré.

Él tampoco apartó la mirada.

—No.

Pero ninguno de los dos hizo nada para cambiarlo.

Eso fue lo que terminó de confirmarlo.

Porque no importaba lo que dijéramos.

Importaba lo que hacíamos.

Y lo que estábamos haciendo… iba en una sola dirección.

Salí de ahí con la misma sensación de siempre.

Esa mezcla extraña entre claridad y confusión.

Sabía que estaba mal.

Sabía que no debería estar pasando.

Pero no se sentía así.

Y eso era lo que lo volvía más peligroso.

Porque cada vez que volvía a verlo…

Se hacía más difícil imaginar no hacerlo.

Y en el fondo, había algo que empezaba a ser imposible de ignorar.

Esto ya no era solo deseo.

Era algo más.

Algo que crecía sin que lo frenáramos.

Sin que realmente quisiéramos hacerlo.

Y que, tarde o temprano…

Iba a tener consecuencias.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.