Thiago
Al principio fue fácil convencerme de que podía controlarlo.
Que mientras mantuviéramos cierta distancia fuera de esos encuentros, mientras no mezcláramos más de lo necesario, todo podía quedarse en un lugar manejable. Algo que no afectara nada más. Algo que no cambiara realmente las cosas.
Pero esa idea duró poco.
Porque no era real.
Desde el momento en que empezamos a vernos con más frecuencia, quedó claro que no se trataba solo de eso. No era solo la necesidad de volver a tocarla, de sentirla cerca, de repetir lo que ya sabíamos que no deberíamos haber empezado.
Era otra cosa.
Algo que se metía en cada parte del día sin que lo notara al principio.
En la forma en que pensaba en ella incluso cuando estaba trabajando.
En cómo cualquier mensaje suyo era suficiente para cambiarme el humor.
En lo fácil que se había vuelto querer verla otra vez, sin excusas, sin rodeos.
Eso no era algo superficial.
Y lo supe.
Lo supe antes de querer admitirlo.
Me apoyé contra el escritorio, mirando el teléfono sin tocarlo. No había mensajes nuevos. No en ese momento. Pero tampoco hacía falta.
Porque sabía que en algún momento iba a aparecer.
Siempre pasaba.
Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que terminó de hacer evidente el problema.
No dependía de un momento.
No dependía de una decisión puntual.
Se había vuelto constante.
Y eso lo cambiaba todo.
Solté el aire despacio y pasé una mano por la nuca, incómodo con la claridad de ese pensamiento. No podía seguir fingiendo que esto era algo que podía manejar sin consecuencias.
Porque ya las tenía.
Aunque no fueran visibles todavía.
Me incorporé y caminé unos pasos sin dirección clara, intentando ordenar ideas que ya estaban demasiado claras como para ignorarlas.
No era solo atracción.
No era solo costumbre.
Era interés.
Real.
Y eso era exactamente lo que no debía pasar.
Me detuve frente a la ventana, apoyando una mano contra el vidrio mientras observaba la ciudad sin verla realmente. Todo seguía igual afuera. Todo seguía en su lugar.
Menos esto.
Porque esto no encajaba.
No tenía un lugar correcto.
Y aun así… estaba ahí.
La imagen de ella apareció sin esfuerzo, como si no necesitara buscarla. Su forma de mirarme, la tranquilidad con la que se movía a mi alrededor, la forma en que todo se volvía más simple cuando estaba cerca.
Eso fue lo que más me inquietó.
No había tensión constante.
No había incomodidad real.
Había algo peor.
Había naturalidad.
Como si todo esto tuviera sentido.
Como si no estuviera mal.
Cerré los ojos un segundo, tensando la mandíbula.
Eso era lo que tenía que frenar.
Antes de que fuera demasiado tarde.
Antes de que dejara de ser una decisión.
Antes de que se convirtiera en algo que no pudiera soltar.
Pero no me moví.
No tomé distancia.
No hice nada de lo que debería haber hecho.
Porque en el fondo… no quería hacerlo.
Esa fue la verdad más clara de todas.
Volví al escritorio y tomé el teléfono, mirándolo unos segundos antes de desbloquearlo. No había mensajes nuevos, pero aun así abrí la conversación.
La leí sin apuro.
Cada palabra.
Cada mensaje.
Cada momento que habíamos ido construyendo sin detenernos.
No había nada exagerado.
Nada que pareciera fuera de lugar para alguien que lo viera desde afuera.
Pero yo sabía lo que había detrás.
Y eso era suficiente.
Apoyé el teléfono sobre la mesa con más cuidado del necesario, como si ese gesto pudiera cambiar algo. No lo hizo.
Porque lo que estaba pasando no dependía de eso.
Dependía de algo más profundo.
De algo que ya no podía negar.
Me senté lentamente, apoyando los codos sobre las rodillas mientras dejaba caer la mirada un instante.
Esto tenía que terminar.
Esa idea apareció clara.
Firme.
Necesaria.
Pero no se sostuvo.
Porque en el momento en que pensé en no verla más, en cortar todo, en volver a lo que era antes…
Sentí el vacío.
No duda.
No incomodidad.
Vacío.
Y eso fue lo que terminó de decidirlo todo.
Porque significaba que ya no era algo superficial.
Significaba que ya había cruzado un punto del que no era fácil volver.
Me recosté en la silla, mirando el techo en silencio, dejando que esa realidad terminara de asentarse.
No iba a terminarlo.
No ahora.
No así.
No cuando ya había llegado demasiado lejos.
Tal vez después.
Tal vez cuando fuera necesario.
Pero no todavía.
No mientras esto siguiera sintiéndose de esa manera.
Tomé el teléfono otra vez casi sin darme cuenta, como si el gesto fuera automático. Lo desbloqueé, miré la conversación una vez más… y esta vez no dudé.
Escribí.
No fue un mensaje largo.
No hizo falta.
"¿Estás en tu casa?"
Lo leí una vez antes de enviarlo.
Sabía exactamente lo que implicaba.
No era una pregunta inocente.
No después de todo.
Apreté enviar.
El mensaje desapareció de la pantalla y apoyé el teléfono sobre la mesa, esta vez sin apartarme.
No había duda.
No había intención de retroceder.
Porque en ese momento entendí algo que ya no podía seguir ignorando.
Esto no era algo que se me estaba escapando.
Era algo que estaba eligiendo.
Y que, a ese punto…
Ya no estaba seguro de querer perder.