Allegra
Cuando vi su mensaje, no lo dudé.
No me detuve a pensar si debía responder, ni en lo que implicaba, ni en lo que estaba dejando de lado cada vez que decía que sí. Simplemente lo leí, sentí esa reacción inmediata que ya se había vuelto demasiado familiar… y contesté.
Como siempre.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Esa fue la parte más peligrosa.
Porque ya no había conflicto en el momento de decidir. No había lucha interna real. Todo eso había quedado atrás, reemplazado por una certeza mucho más simple.
Quería verlo.
Y eso era suficiente.
El resto dejó de importar.
Cuando llegué, no hubo palabras innecesarias. Ni excusas, ni explicaciones. La puerta se cerró detrás de mí y todo lo demás quedó afuera, como si ese espacio fuera el único lugar donde esto podía existir sin cuestionamientos.
Era una sensación extraña.
Pero ya no me resultaba ajena.
Lo miré apenas, y él hizo lo mismo. No hizo falta más. No había distancia que mantener, ni límites que fingir.
Eso ya no existía.
El primer contacto fue inmediato, pero no apurado. No había ansiedad descontrolada, sino algo más profundo. Más firme. Como si cada vez que nos acercábamos confirmáramos lo que ya sabíamos desde antes.
Que esto no se iba a detener.
Y que tampoco queríamos hacerlo.
El tiempo volvió a perderse otra vez. Como siempre. No había una forma clara de medirlo, porque no estábamos prestando atención a nada más.
Solo a esto.
Solo a nosotros.
Y fue ahí, en medio de todo eso, cuando algo cambió.
No de forma evidente.
No algo que pudiera señalar en el momento.
Fue más sutil.
Más silencioso.
Porque no hubo cuidado.
No como otras veces.
No hubo ese mínimo intento de mantener cierto control, de poner un límite incluso dentro de lo que ya estaba mal.
Esta vez no.
Esta vez simplemente… no pensamos.
Y en el momento no importó.
No hubo espacio para detenerse.
No hubo una pausa que permitiera analizar lo que estaba pasando.
Solo siguió.
Como si nada.
Como si no hubiera consecuencias.
Y tal vez eso fue lo peor.
Porque no fue un accidente claro.
Fue una decisión implícita.
Una que ninguno de los dos detuvo.
Cuando todo terminó, el silencio volvió lentamente, acomodándose entre nosotros con una calma que no coincidía con lo que acababa de pasar.
Me quedé quieta unos segundos, respirando despacio, sintiendo cómo el momento se desarmaba de a poco, pero sin desaparecer del todo.
Algo no encajaba.
No era culpa.
No exactamente.
Era otra cosa.
Una sensación más leve, pero persistente.
Como una alerta que llegaba tarde.
Abrí los ojos lentamente y miré hacia un lado, evitando pensar demasiado en eso. No tenía sentido hacerlo en ese momento. No iba a cambiar nada.
Y aun así… estaba ahí.
—Nos estamos confiando demasiado —murmuré.
No fue una acusación.
Ni siquiera una advertencia fuerte.
Fue más una observación.
Tardía.
Él no respondió enseguida.
Sentí su mirada antes de girar la cabeza.
—Sí.
Nada más.
Sin justificar.
Sin negar.
Eso debería haber sido suficiente para incomodarme más.
Pero no lo fue.
Porque la sensación que quedó no fue miedo.
Fue calma.
Y eso… fue lo que más me descolocó.
Me incorporé apenas, pasando una mano por mi cabello mientras intentaba ordenar pensamientos que no terminaban de acomodarse.
Sabía que no había sido como antes.
Sabía que algo había cambiado.
Y sabía exactamente qué era.
Pero no lo dije.
No lo puse en palabras.
Porque hacerlo lo volvía real.
Y todavía no quería eso.
—No puede volver a pasar —agregué, esta vez con un poco más de firmeza.
Pero incluso al decirlo… sonó débil.
Porque no estaba segura de poder cumplirlo.
Él no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Porque en lugar de contradecirme…
Lo dejó ahí.
Como algo que ninguno de los dos creía del todo.
Me quedé en silencio unos segundos más, sintiendo cómo esa idea empezaba a asentarse lentamente.
Esto ya no era solo un error.
Era algo que se estaba acumulando.
Algo que iba a tener consecuencias.
Tarde o temprano.
Y, aun así…
No me moví.
No tomé distancia.
No hice nada para cambiarlo.
Porque en el fondo…
Seguía sin querer hacerlo.
Y eso fue lo que terminó de dejar todo claro.
No fue un descuido.
No del todo.
Fue algo que dejamos pasar.
Algo que permitimos.
Y que, en algún momento…
Iba a volver.
De una forma que ya no íbamos a poder ignorar.