Thiago
Al principio no fue evidente.
No hubo un momento claro en el que pudiera decir “acá empezó”. Fue algo más sutil, más difícil de señalar, como una sensación que aparece sin explicación y se queda, incluso cuando intentás ignorarla.
Allegra no había cambiado de forma drástica.
Seguía siendo la misma en lo esencial. La misma forma de mirarme, la misma seguridad en sus movimientos, la misma naturalidad con la que todo entre nosotros parecía encajar incluso cuando no debería.
Pero había algo distinto.
Pequeño.
Casi imperceptible.
Y aun así… suficiente.
Lo noté en detalles que no tenían importancia por separado. En silencios más largos de lo normal. En la forma en que a veces parecía distraída, como si su cabeza estuviera en otro lugar incluso cuando estaba conmigo.
No era constante.
No era evidente.
Pero estaba ahí.
Y no desaparecía.
Me apoyé contra el marco de la puerta, observándola sin que se diera cuenta. Estaba de espaldas, acomodándose el cabello con un gesto automático que había visto muchas veces antes. No había nada fuera de lugar en eso.
Y aun así… algo no encajaba.
Fruncí levemente el ceño, sin apartar la mirada. No era preocupación exactamente. Tampoco incomodidad.
Era intuición.
Esa sensación que aparece antes de entender algo por completo.
—¿Te pasa algo?
La pregunta salió sin que la pensara demasiado.
Ella se detuvo apenas, pero no se giró enseguida.
—No —respondió.
Simple.
Rápido.
Demasiado.
Eso no me convenció.
Me incorporé y di un par de pasos hacia ella, acortando la distancia sin hacerlo evidente. No quería presionar, pero tampoco iba a ignorarlo.
—No parece.
Esta vez sí se giró.
Me miró directamente.
Y por un segundo dudó.
Fue mínimo.
Pero lo vi.
—Estoy bien —dijo después.
Sostuvo la mirada.
Y esta vez lo hizo mejor.
Casi convincente.
Pero no del todo.
Asentí apenas, sin discutirlo. No tenía sentido hacerlo. Si no quería decirlo, no lo iba a hacer en ese momento.
Pero eso no cambió la sensación.
Seguía ahí.
Más clara ahora.
El silencio se instaló entre nosotros, pero no fue incómodo. Era el mismo de siempre, solo que con algo distinto debajo. Algo que no estaba antes.
Algo que no podía ignorar.
Me pasé una mano por la nuca, alejándome un poco mientras intentaba ordenar esa incomodidad que no terminaba de tomar forma. No tenía pruebas. No tenía algo concreto.
Solo esa sensación persistente.
Y no me gustaba.
—Si pasa algo, decímelo —agregué, sin mirarla directamente esta vez.
No fue una exigencia.
Fue más una necesidad.
No obtuve respuesta inmediata.
Pero tampoco la esperaba.
Porque sabía que, si había algo, no lo iba a decir tan fácil.
Y eso solo lo hacía más evidente.
Pasaron los minutos sin que nada más cambiara. La conversación siguió, normal en apariencia, pero no dejé de notar esos pequeños desajustes. Esos momentos en los que se perdía por un segundo, en los que parecía más cansada de lo habitual, en los que algo en su expresión no terminaba de coincidir con lo que decía.
No era suficiente para sacar conclusiones.
Pero sí para saber que no era nada.
Y eso bastaba.
Cuando finalmente me quedé solo, el silencio se sintió distinto. Más pesado. Más presente.
Me senté en el borde de la cama, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras dejaba caer la mirada un instante.
No me gustaba no entender lo que estaba pasando.
Nunca me había gustado.
Y menos en algo como esto.
Porque ya no era algo superficial.
No después de todo.
La imagen de ella volvió sin esfuerzo, pero esta vez no fue igual que antes. No fue solo recuerdo. Fue análisis.
Cada gesto.
Cada pausa.
Cada pequeño detalle que antes habría pasado por alto.
Y todos llevaban al mismo lugar.
Algo había cambiado.
Y no era reciente.
Solo que recién ahora empezaba a notarse.
Levanté la mirada lentamente, sintiendo cómo esa intuición se volvía más clara con cada segundo que pasaba.
No sabía exactamente qué era.
Pero sí sabía una cosa.
No era algo menor.
Y, por alguna razón que todavía no podía explicar del todo…
Tenía la sensación de que, cuando finalmente lo entendiera…
Ya iba a ser demasiado tarde para hacer algo al respecto.