Allegra
Al principio intenté ignorarlo.
No porque no lo notara, sino porque sabía exactamente a dónde iba a llevarme si empezaba a pensar demasiado. Y no quería eso. No todavía.
Era más fácil dejarlo pasar.
Convencerme de que no era nada.
Que solo estaba cansada.
Que había sido una semana pesada.
Cualquier cosa menos lo que realmente podía ser.
Pero el problema con ignorar algo… es que no desaparece.
Se acumula.
Se hace más evidente.
Más difícil de justificar.
Los primeros días no fueron claros. Solo pequeños detalles que no llamaban demasiado la atención si los miraba por separado. Un leve mareo al levantarme demasiado rápido. Esa sensación extraña en el cuerpo que no terminaba de identificar. El cansancio constante, incluso cuando no había hecho nada que lo explicara.
Nada grave.
Nada definitivo.
Pero suficiente.
Suficiente para que la idea apareciera.
Y una vez que apareció… no se fue.
Me apoyé contra el lavabo del baño, mirando mi reflejo sin realmente verme. Había algo distinto, aunque no pudiera señalar exactamente qué. Tal vez no era físico todavía.
Tal vez era solo interno.
Pero estaba ahí.
Respiré hondo, cerrando los ojos un segundo.
No.
No podía ser.
Era demasiado pronto.
Demasiado improbable.
Demasiado…
Abrí los ojos otra vez, frustrada conmigo misma.
Sabía que eso no era cierto.
Sabía exactamente por qué esa posibilidad tenía sentido.
Y eso era lo que más quería evitar.
Me alejé del espejo, caminando por el pequeño espacio sin dirección clara, como si moverme fuera a ayudarme a no pensar. No funcionó.
Porque la idea volvió.
Más fuerte.
Más clara.
Esa noche.
Ese momento.
Ese descuido que había decidido no analizar.
Tragué saliva lentamente, sintiendo cómo algo se tensaba dentro de mí.
No.
No todavía.
No sin saber.
Me detuve de golpe, apoyando las manos sobre la mesa como si necesitara sostenerme. No podía seguir así. No podía quedarme en la duda, imaginando escenarios que tal vez no eran reales.
O que tal vez sí.
Y eso era peor.
Miré el teléfono sobre la mesa.
Podía llamarlo.
Decírselo.
Compartirlo.
Pero no lo hice.
No todavía.
Porque en el momento en que lo dijera en voz alta…
Dejaría de ser una posibilidad.
Se volvería real.
Y no estaba lista para eso.
No sin tener una certeza.
No sin saber.
Volví a respirar hondo, intentando calmar ese ritmo acelerado que no terminaba de estabilizarse.
Tenía que confirmarlo.
O descartarlo.
No había otra opción.
Porque ignorarlo ya no funcionaba.
Y esperar… lo hacía peor.
Tomé el bolso sin pensar demasiado, moviéndome casi en automático. No quería darle tiempo a mi mente para cambiar de idea, para inventar excusas, para posponerlo otra vez.
Si iba a hacerlo… tenía que ser ahora.
El trayecto se sintió más largo de lo que realmente era. Cada paso tenía más peso, como si avanzar significara acercarme a algo que no estaba segura de querer enfrentar.
Pero no me detuve.
No esta vez.
Cuando finalmente llegué, me quedé quieta unos segundos antes de entrar. No por duda.
Sino porque sabía que, después de esto…
Nada iba a ser igual.
Empujé la puerta y avancé, sin mirar demasiado a mi alrededor. No quería distraerme. No quería perder el impulso que me había llevado hasta ahí.
Solo quería terminar con la incertidumbre.
El paquete fue pequeño.
Demasiado simple para todo lo que implicaba.
Lo sostuve entre mis manos unos segundos, sintiendo cómo el peso real no estaba en el objeto… sino en lo que podía significar.
Pagé sin decir demasiado y salí casi de inmediato, como si quedarme más tiempo fuera a hacerlo más difícil.
El aire de afuera me golpeó distinto.
Más frío.
Más real.
Caminé de vuelta sin apurarme, pero sin detenerme. Cada paso era más consciente que el anterior. Ya no había vuelta atrás en esto.
Ya no era una idea.
Era algo que iba a saber.
Y eso era lo que más me inquietaba.
Cuando llegué a casa, dejé el bolso sobre la mesa y me quedé quieta un segundo, mirando el paquete sin tocarlo.
El silencio era absoluto.
Pesado.
Cargado de todo lo que estaba evitando pensar.
Me acerqué lentamente, tomándolo otra vez.
Mis manos no temblaban.
Eso me sorprendió.
Porque por dentro… no estaba tranquila.
Nada de esto lo era.
Apoyé el objeto sobre la mesa y lo miré un segundo más.
No había forma de postergarlo.
No después de haber llegado hasta ahí.
No después de todo.
Cerré los ojos un instante, respirando hondo.
Y en ese momento lo entendí con una claridad que ya no podía evitar.
Si el resultado era el que estaba imaginando…
No iba a haber forma de esconderlo.
No de él.
No de nadie.
Y, sobre todo…
No de mí misma.
Abrí los ojos lentamente, sintiendo cómo esa certeza se instalaba con más fuerza de la que quería.
Ya no se trataba de si quería saber.
Se trataba de que necesitaba hacerlo.
Porque lo que estaba en juego…
Era mucho más grande de lo que había estado dispuesta a admitir hasta ahora.