Marcos caminaba detrás de Elena sin decir mucho. Algo en él estaba distinto, aunque intentaba ocultarlo con bromas que ya no salían tan fáciles como antes.
—Hoy has hablado mucho con “el chico misterioso” —dijo de repente, fingiendo desinterés.
Elena lo miró confundida.
—¿Daniel?
—Sí… Daniel —repitió, como si el nombre le molestara un poco.
—Solo hemos hablado un momento.
—Un momento puede ser peligroso.
Elena soltó una risa leve.
—¿Desde cuándo eres paranoico?
—Desde que vivo contigo —respondió rápido.
Pero su sonrisa no llegó a sus ojos.
Elena se detuvo.
—Marcos… ¿te pasa algo?
—No.
Demasiado rápido.
Demasiado falso.
El silencio se hizo incómodo.
Marcos metió las manos en los bolsillos y siguió caminando.
—Solo… no quiero que confíes en cualquiera —murmuró.
Elena bajó la mirada.
—Tú no eres “cualquiera”.
Él se quedó quieto un segundo.
Esa frase lo golpeó más de lo que debería.
Pero no dijo nada.
Solo siguió caminando… más despacio.