Daniel volvió a la cafetería al día siguiente.
No porque le gustara el café.
Sino porque le gustaba el silencio de ese lugar.
Se sentó en la misma mesa de siempre.
Solo.
Como siempre.
Pero esta vez no pudo evitar mirar hacia la puerta.
Y ella entró.
Elena.
Esta vez no parecía perdida.
Parecía… curiosa.
Cuando sus miradas se cruzaron, Daniel no apartó la vista.
—No pensé que volverías tan pronto —dijo él cuando ella se acercó.
—Yo tampoco —respondió Elena con una sonrisa tímida.
Silencio.
Pero no incómodo.
Distinto.
—¿Siempre vienes solo? —preguntó ella.
Daniel tardó un poco en responder.
—Es más tranquilo.
—¿Tranquilo o solitario?
La pregunta lo incomodó un segundo.
Pero no lo mostró.
—A veces son lo mismo.
Elena lo miró en silencio.
Había algo en él… algo triste.
Algo que no decía, pero se sentía.
—No pareces de los que disfrutan estar solos —dijo ella.
Daniel soltó una pequeña risa.
—Y tú no pareces de las que hacen preguntas directas.
—Estoy aprendiendo.
Por primera vez, Daniel sonrió un poco más de lo habitual.
Desde la puerta, Marcos los vio otra vez.
Y esta vez no entró.
Solo se quedó mirando.
Con una sonrisa que no era sonrisa.
Y una sensación en el pecho que no sabía cómo detener. 💔