Marcos no volvió a entrar a la cafetería.
Se quedó fuera, apoyado contra la pared, mirando el suelo como si estuviera esperando que algo dentro de él volviera a su lugar.
—Qué ridículo… —murmuró para sí mismo.
Dentro, Elena seguía hablando con Daniel.
Y eso era lo que más le molestaba.
No era rabia.
No del todo.
Era otra cosa.
Algo más incómodo.
Algo que no sabía nombrar.
—No me importa —se dijo, pasando una mano por el cabello—. No me importa nada.
Pero justo en ese momento, Elena salió de la cafetería.
—¡Marcos! —llamó.
Él se giró rápido, recuperando su sonrisa habitual como si nada hubiera pasado.
—¿Ya terminaste tu cita con el señor misterio?
Elena lo miró confundida.
—No era una cita.
—Claro, claro.
—Estás raro hoy.
—Yo siempre soy raro. Es parte del paquete.
Elena lo observó en silencio.
—No tienes que fingir conmigo.
Marcos se quedó quieto.
Esa frase lo desarmó un poco.
Pero decidió no mostrarlo.
—Vámonos a casa —dijo finalmente.
Y caminó primero.