Esa noche, Daniel no podía dormir.
Se quedó sentado junto a la ventana de su apartamento, mirando las luces de la ciudad.
El ruido lejano de los autos era lo único que lo mantenía acompañado.
Pero su mente no estaba en la ciudad.
Estaba en ella.
Elena.
No entendía por qué.
No entendía por qué una persona que acababa de conocer ocupaba tanto espacio en su cabeza.
Se pasó una mano por el rostro.
—No es buena idea… —susurró.
Pero no sabía de qué hablaba exactamente.
¿De ella?
¿O de lo que él mismo estaba empezando a sentir?
Tomó su teléfono.
Lo miró un momento.
Pero no llamó a nadie.
Lo dejó caer sobre la mesa.
Y volvió a mirar por la ventana.
Como si esperara una respuesta del silencio.