El resto del día pasó como una nube borrosa.
Francely intentó concentrarse en las clases, pero era imposible.
Cada vez que recordaba las palabras de la libreta, sentía un nudo en el estómago.
“Esta noche conocerás a Adrián.”
“No confíes en él demasiado rápido.”
“Pero tampoco llegues tarde.”
¿Llegar tarde a dónde?
La libreta ni siquiera lo explicaba.
Eso era lo más desesperante.
Parecía disfrutar dando información a medias.
Como los maestros cuando dicen “el examen estará fácil” y después aparecen preguntas que parecen escritas por un científico loco.
Cuando llegó a casa, dejó la mochila sobre la cama.
Lo primero que hizo fue abrir la libreta.
Las páginas estaban en blanco.
Esperó unos segundos.
Nada.
Un minuto.
Nada.
Cinco minutos.
Seguía igual.
—Genial. Ahora decides quedarte callada.
La cerró con frustración.
Justo cuando iba a guardarla, algo apareció.
Una sola línea.
“Ve al parque a las 8:00 p.m.”
Y debajo:
“Lleva la libreta.”
Eso era todo.
Sin explicaciones.
Sin contexto.
Sin nada.
Francely observó el reloj.
Faltaban varias horas.
Las siete de la noche llegaron más rápido de lo que esperaba.
Durante la cena apenas habló.
Su mamá notó que estaba distraída.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Solo estoy cansada.
No era exactamente mentira.
Estaba cansada.
Cansada de no entender nada.
A las 7:45 salió de casa.
La libreta estaba dentro de su mochila.
El parque quedaba a pocas calles.
Era un lugar tranquilo.
Había árboles grandes, bancas viejas y una pequeña fuente en el centro.
A esa hora ya casi no había gente.
Solo algunas personas paseando.
Y un par de niños terminando de jugar.
Francely miró el reloj.
7:58.
Luego 7:59.
Después las 8:00.
Nada ocurrió.
—Perfecto. Vine aquí para nada.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—Llegaste justo a tiempo.
Francely se giró tan rápido que casi perdió el equilibrio.
Un chico estaba parado cerca de una banca.
Tendría unos dieciséis o diecisiete años.
Cabello oscuro.
Ojos cafés.
Sudadera negra.
Y una expresión que parecía mezclar tranquilidad con preocupación.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo esperando algo.
O a alguien.
—¿Quién eres? —preguntó Francely.
El muchacho la observó unos segundos.
—Mi nombre es Adrián.
El corazón de Francely dio un salto.
La libreta tenía razón.
Otra vez.
Adrián notó su reacción.
—Ya veo que la encontraste.
—¿Encontré qué?
—La libreta.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cómo sabes de eso?
Adrián soltó un suspiro.
—Porque llevo años buscándola.
Francely dio un paso hacia atrás.
Instintivamente.
La advertencia de la libreta volvió a su mente.
“No confíes en él demasiado rápido.”
—¿Quién eres realmente?
—Alguien que está intentando ayudarte.
—Eso suena exactamente a lo que diría alguien en quien no debería confiar.
Por primera vez, Adrián sonrió.
—Punto para ti.
Aquello la desconcertó.
No parecía peligroso.
Pero tampoco parecía sorprendido por nada.
Como si ya supiera que aquella conversación iba a ocurrir.
—Escúchame —dijo él—. No tienes mucho tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para decidir qué harás cuando la puerta se abra.
—¿Qué puerta?
La sonrisa desapareció.
—¿La libreta aún no te lo ha contado?
—¿Contarme qué?
Adrián bajó la mirada.
Parecía genuinamente preocupado.
—Entonces vamos más tarde de lo que pensé.
Un viento frío recorrió el parque.
Las hojas de los árboles comenzaron a moverse.
Y, por alguna razón, la mochila de Francely empezó a vibrar.
Su sangre se heló.
Abrió el cierre rápidamente.
Sacó la libreta.
Las páginas se estaban llenando de palabras por sí solas.
Línea tras línea.
Cada vez más rápido.
Hasta que apareció un único mensaje:
“CORRE.”
Y justo detrás de ellos, en medio del parque, el aire comenzó a romperse como si fuera un cristal invisible.
Una grieta luminosa apareció en la oscuridad.
Y algo empezó a salir de ella.
Editado: 15.06.2026