12 de Febrero
Querido diario:
Hoy salí a predicar de casa en casa por primera vez con un maletín propio. Qué peso tan extraño tiene un puñado de revistas en la mano. Caminar por las calles de mi propio vecindario, rogándole a Dios en silencio no cruzarme con nadie del instituto, ha sido una de las experiencias más agobiantes de mi vida.
En la tercera puerta nos atendió una mujer cansada, con un bebé en brazos. El hermano mayor que me acompañaba me hizo una señal para que yo hablara. Recité el texto memorizado de Apocalipsis casi sin respirar. La mujer sonrió con tristeza y cerró la puerta suavemente diciendo que no tenía tiempo. Sentí un alivio inmenso, seguido de una culpa feroz. ¿Cómo puedo alegrarme de que alguien rechace lo que se supone que es el mensaje de salvación? Si de verdad creo que el fin está cerca, debería haber llorado por ella. Pero solo quería que la tierra me tragara.