Entre Dos Mundos: El Diario de una Transición hacia la Fe

Capítulo 5: El banquillo de los examinadores

20 de Abril

​Querido diario:

​Esta tarde crucé la línea de la que no se regresa. Me hicieron pasar a la salita del fondo, ese espacio pequeño detrás de la plataforma del Salón del Reino que huele a alfombra vieja y a carpetas archivadas. Allí me esperaban el hermano mayor Martínez y el hermano joven Silva. Dos ancianos de la congregación con sus Biblias de cubiertas negras sobre una mesa de madera. El propósito oficial era repasar las preguntas del libro de organización para evaluar si califico para el bautismo. Dijeron que era una "conversación amorosa", pero yo sentía el pecho tan apretado que me costaba pasar saliva. Era un juicio, diario. Un juicio a mi mente.

​El hermano Martínez empezó a leer las preguntas con esa voz pausada y paternal que usan desde el púlpito. Me preguntó sobre la estructura del "esclavo fiel y discreto", sobre por qué debemos mantener una neutralidad política absoluta y qué significa realmente mantenerse limpio de la moralidad de este sistema.

​Mientras ellos esperaban, ocurrió algo extraño dentro de mí. Una parte de mi cerebro se desprendió de mis emociones. Activé un mecanismo de defensa automático. Respondí textualmente, repitiendo las frases exactas de las revistas, los párrafos memorizados que he escuchado en las reuniones desde que tengo memoria. Sabía con precisión matemática qué adjetivos querían oír, qué pausas debía hacer para simular que meditaba la respuesta y qué tono de sumisión era el adecuado.

​Pronuncié verdades ajenas con una seguridad pasmosa. Al terminar la última sección, ambos se sonrieron, complacidos. El hermano Silva me miró con orgullo y dijo que se notaba que era una joven "muy espiritual" y un excelente ejemplo para la congregación.

​Cuando salí al aire fresco de la calle, me puse a temblar tanto que tuve que sentarme en el cordón de la acera. Sentí un asco tremendo de mí misma. He aprendido a mentir usando la verdad. Mis respuestas ante los hombres fueron perfectas, impecables, pero por dentro mis certezas se están desmoronando como un castillo de arena. Les di el guion que me pidieron, pero me guardé el libreto real.




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