Querido diario:
Ya está hecho. He cruzado la frontera invisible y el agua se ha llevado a la chica que solía ser.
Hoy fue la asamblea de circuito. El gimnasio municipal estaba repleto; calculo que seríamos unas dos mil personas. El calor bajo el techo de lámina era sofocante, pero yo tenía frío. Nos hicieron sentar a todos los candidatos al bautismo en las primeras filas. Cuando el orador nos pidió ponernos de pie para responder a las dos preguntas públicas de dedicación, mi voz se mezcló en un "¡Sí!" colectivo que retumbó en las paredes. En ese instante me di cuenta de la trampa: ese "sí" no era solo un voto de fe, era la firma de un contrato vinculante ante miles de testigos.
Caminé hacia la piscina portátil que instalaron a un costado del escenario. La fila avanzaba despacio, el piso de plástico estaba mojado y el olor a cloro inundaba el aire. Cuando llegó mi turno, entré al agua. El hermano que sumergía me tomó firmemente por las muñecas y la espalda. Me pidió que tapara mi nariz.
Durante el milisegundo en que mi cabeza estuvo completamente sumergida bajo el agua fría, cerré los ojos con una fuerza desesperada. Le rogué a Dios en el silencio de mi mente que hiciera un milagro. Deseé con toda mi alma que, al salir a la superficie, mis dudas se hubieran ahogado allí abajo; que la confusión, la pena por haber perdido a Sofía y el miedo al futuro desaparecieran. Quería ser la hija perfecta que mi mamá esperaba ver.
Pero al salir del agua, jadeando y con los ojos nublados por las gotas, el mundo seguía siendo exactamente el mismo. No hubo palomas, ni voces del cielo, ni una paz repentina. Solo el ruido de los aplausos mecánicos de la multitud y la tela empapada pegándose a mi cuerpo.
Mientras mi madre me envolvía en una toalla grande y me abrazaba llorando de la emoción, yo miraba por encima de su hombro las gradas llenas de gente. Legalmente ya soy una de ellos. Me pertenece el paraíso que prometen, pero nunca me he sentido tan profundamente sola. A partir de hoy, las reglas cambian. Si cometo un error, si flaqueo, si decido que este traje me queda grande y decido quitármelo, la consecuencia será el vacío absoluto: la expulsión, el silencio de mi familia y el olvido de todos los que conozco.
Estoy a salvo del Armagedón, según ellos. Pero hoy me pregunto quién me va a salvar del peso de este uniforme.