Entre Dos Mundos: El Diario de una Transición hacia la Fe

Epílogo: El sonido de mi propio silencio

​3 de Noviembre

​Querido diario:

​Ha pasado el tiempo. Hoy cumplo veinticinco años. Es una fecha extraña porque, en los registros del Salón del Reino, este día transcurre como cualquier otro, sin pasteles, ni felicitaciones, ni velas que soplar. Para el mundo de afuera, soy una mujer que alcanza un cuarto de siglo. Para el mundo de adentro, soy una hermana que cumple con sus horas de predicación, que comenta en las reuniones y que mantiene la cabeza baja.

​A veces miro hacia atrás, a esa chica de quince años que temblaba en el marco de la puerta, y me dan ganas de abrazarla. Me costó mucho tiempo entender que el agua de la piscina no borró mis dudas; solo las obligó a madurar.

​He aprendido a sobrevivir en este doble fondo. En el Salón, mi ropa es modesta, mis respuestas son correctas y mi sonrisa es pacífica. Cumplo con el contrato para proteger lo que amo: el café de los domingos con mi madre, el refugio de mi hogar y las pocas certezas que aún me quedan. Pero aquí, frente a estas hojas en blanco, sigo siendo la dueña absoluta de mis pensamientos. Mi mente sigue siendo un territorio libre que ninguna norma ha podido colonizar.

​Ayer me crucé con Sofía en el centro de la ciudad. Iba apurada, cargando unas carpetas, con la vida propia de alguien que elige su propio destino. Nos miramos durante dos segundos interminables. No nos saludamos —las reglas invisibles de mi mundo no me lo permiten—, pero en sus ojos no vi desprecio; vi un destello de nostalgia. Y en los míos, espero que haya visto respeto. Ella continuó su camino y yo el mío.

​Ya no le tengo miedo al Armagedón, diario. El verdadero fin del mundo no es una catástrofe de fuego y azufre; el verdadero fin del mundo es dejar que apaguen la luz de tu propia conciencia.

​No sé qué pasará mañana. No sé si algún día tendré el valor de cruzar la frontera de forma definitiva o si me quedaré en este exilio voluntario para siempre. Pero esta noche, mientras miro el cielo desde mi ventana, sé algo con total claridad: el uniforme que llevo puesto puede pertenecerles a ellos, pero la voz que escribe estas líneas, la chica que piensa, que cuestiona y que late con fuerza en la oscuridad, esa chica sigue siendo completamente mía.




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