Capítulo 2
La mañana avanzaba con normalidad.
En la cafetería Bennett, Sofía atendía clientes mientras Emily intentaba convencer a su padre de que necesitaban una máquina de café nueva.
—La actual funciona perfectamente.
—Papá, tiene quince años.
—Y sigue funcionando.
—Porque se niega a morir.
Robert ignoró el comentario.
Sofía soltó una pequeña risa mientras servía una taza de café.
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Al mismo tiempo, Ethan terminaba una reunión en la Torre Blackwell.
—La firma está lista, señor Blackwell.
—Perfecto.
—También tiene otra reunión dentro de una hora.
Daniel observó la agenda.
—Y después otra.
—Bien.
—Y después otra más.
Ethan levantó una ceja.
—¿Hay algún problema?
—No.
Solo estoy intentando averiguar si eres humano.
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A mediodía, algo poco habitual ocurrió.
Una falla eléctrica afectó varias calles de la ciudad.
Entre ellas, la zona donde se encontraba una de las oficinas secundarias de Blackwell Global.
Las reuniones tuvieron que cancelarse temporalmente.
Por primera vez en semanas, Ethan tenía una hora libre.
Una hora completamente libre.
Daniel casi parecía emocionado.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Trabajar.
—Sabía que dirías eso.
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Mientras tanto, en la Academia Saint Katherine, la jornada escolar terminaba.
Emma y Noah esperaban junto a otros alumnos.
—¿Crees que papá vendrá hoy? —preguntó Noah.
—Probablemente no.
—¿Por qué?
—Porque trabaja mucho.
Noah bajó un poco la mirada.
Emma se sintió culpable al instante.
—Pero tal vez sí venga.
—¿De verdad?
—Tal vez.
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Treinta minutos después, un automóvil negro se detuvo frente a la escuela.
—¡Papá!
Noah salió corriendo.
Ethan sonrió ligeramente al verlo acercarse.
Era una sonrisa pequeña.
Pero real.
Arthur, que estaba sentado delante, fingió no verla.
—Lo vi, señor Ethan.
—¿Qué cosa?
—La sonrisa.
—No sonreí.
—Por supuesto que no.
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De camino a casa, Noah habló sin parar.
Sobre ciencias.
Sobre dinosaurios.
Sobre un proyecto escolar.
Sobre otras veinte cosas.
Emma escuchaba en silencio.
Acostumbrada.
Ethan simplemente los observaba.
Aquellos momentos eran raros.
Y precisamente por eso eran importantes.
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Un poco más adelante, el tráfico comenzó a detenerse.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ethan.
Arthur miró por la ventana.
—Parece un accidente menor.
Tomará unos minutos.
Noah observó hacia la acera.
—Tengo hambre.
—Acabamos de salir de la escuela.
—Sigo teniendo hambre.
Arthur sonrió.
—Eso sí lo heredó de usted cuando era niño.
Ethan suspiró.
—¿Hay algún lugar cerca?
Arthur señaló un local al otro lado de la calle.
Una pequeña cafetería familiar.
—Podríamos esperar allí.
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A unos metros de distancia, Sofía acomodaba unas bandejas cuando escuchó abrirse la puerta.
—Bienvenidos.
Levantó la vista.
Entró un hombre alto acompañado por dos niños.
Nada más.
Un cliente cualquiera.
Y precisamente por eso no prestó demasiada atención.
Lo que ninguno de ellos sabía era que aquel sería apenas el primero de muchos encuentros.
Y que, aunque parecía una tarde completamente normal, el destino acababa de dar su primer paso.