Capítulo 10
El domingo era una regla no escrita en la familia Blackwell.
Sin importar cuántas empresas dirigiera.
Sin importar cuántas reuniones tuviera.
Sin importar cuántos miles de millones estuvieran en juego.
Los domingos pertenecían a la familia.
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—¿Vamos a casa de los abuelos? —preguntó Noah durante el desayuno.
—Sí —respondió Ethan.
—Perfecto.
—¿Por qué perfecto? —preguntó Emma.
—Porque la abuela siempre tiene galletas.
—Eso explica muchas cosas.
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Una hora después, el vehículo entró por los portones de una enorme propiedad a las afueras de la ciudad.
No era una de las mansiones de Ethan.
Era la casa de William y Margaret Blackwell.
El lugar donde Ethan había crecido.
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La puerta principal se abrió antes de que pudieran tocar el timbre.
—¡Mis nietos!
Margaret Blackwell apareció sonriendo.
Noah salió disparado.
—¡Abuela!
Emma intentó actuar con más calma.
Duró exactamente tres segundos.
—Hola, abuela.
Margaret abrazó a ambos.
—Los extrañé muchísimo.
—Nos vimos la semana pasada —dijo Emma.
—Demasiado tiempo.
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Dentro de la casa, William Blackwell esperaba junto a una chimenea.
A pesar de estar retirado, seguía imponiendo respeto.
Había construido el imperio Blackwell desde cero.
Y durante décadas fue considerado uno de los empresarios más influyentes del mundo.
—Abuelo.
—Noah.
—Abuelo.
—Emma.
Los abrazó a ambos.
Luego miró a Ethan.
—Hijo.
—Papá.
Se dieron un fuerte apretón de manos.
No necesitaban mucho más.
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Mientras los niños corrían hacia el jardín, Margaret observó a Ethan.
—Trabajas demasiado.
—Hola, mamá.
—Eso no fue una respuesta.
—Fue un saludo.
—Sigue trabajando demasiado.
William soltó una pequeña risa.
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El almuerzo transcurrió entre conversaciones familiares.
Nada de negocios.
Nada de empresas.
Nada de mercados financieros.
Solo familia.
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—Papá tuvo una discusión con Noah sobre dinosaurios —comentó Emma.
—Yo gané.
—No era una competencia.
—Entonces gané una actividad que no era competencia.
William comenzó a reír.
—Definitivamente es un Blackwell.
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Más tarde, mientras Margaret llevaba postres al jardín, William se quedó a solas con Ethan en la terraza.
El silencio duró unos segundos.
—Los niños están felices.
—Sí.
—Y tú pareces menos cansado.
Ethan levantó la vista.
—¿Menos cansado?
—Te conozco.
Recuerda que fui tu padre antes de ser tu jefe.
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Ethan apoyó los brazos sobre la baranda.
—Solo he tenido algunas semanas tranquilas.
William no pareció convencido.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bien.
Porque llevaba años sin verte sonreír tanto.
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Ethan no respondió.
Y eso hizo que William sonriera.
Porque conocía perfectamente a su hijo.
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En el jardín, Noah perseguía una pelota.
Emma leía bajo un árbol.
Y Margaret observaba a sus nietos.
—Son lo mejor que le ha pasado a esta familia.
Arthur, que estaba cerca, asintió.
—Estoy completamente de acuerdo.
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Cuando la tarde terminó, los Blackwell se prepararon para regresar a casa.
—La próxima semana volveremos —anunció Noah.
—Eso espero —dijo Margaret.
—Y trae más galletas —añadió Noah.
—Trato hecho.
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Mientras el automóvil se alejaba de la propiedad, William observó por la ventana.
Luego miró a Margaret.
—Está cambiando.
—Lo sé.
—¿Sabes por qué?
Margaret sonrió.
—Creo que sí.
Y aunque ninguno mencionó nombres, ambos pensaron exactamente en la misma persona.
Una joven dueña de cafetería que todavía no tenía idea del impacto que estaba empezando a tener en la vida de Ethan Blackwell.