—No me gusta.
—Todavía ni hemos llegado.
—Precisamente.
María apoyó la cabeza contra la ventana del auto mientras observaba los árboles pasar a toda velocidad.
Llevaban casi tres horas de viaje.
Tres horas alejándose de Chicago.
Tres horas acercándose a Hawkins.
Y cuanto más se acercaban, menos le gustaba la idea.
Su mamá suspiró detrás del volante.
—Solo estaremos aquí un tiempo.
—Ajá.
—María.
—¿Qué?
—Haz el esfuerzo de no odiarlo antes de conocerlo.
María cruzó los brazos.
Eso era fácil para ella decirlo.
No era quien estaba dejando atrás a sus amigos.
Ni su escuela.
Ni toda su vida.
Una hora después apareció el letrero.
BIENVENIDOS A HAWKINS
María soltó un suspiro dramático.
—Qué emocionante.
—Eres imposible.
El pueblo era pequeño.
Mucho más pequeño de lo que imaginaba.
Había una calle principal llena de tiendas antiguas, cafeterías familiares y edificios de ladrillo que parecían llevar décadas allí.
Nada que ver con la ciudad.
Nada.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Y eso la ponía nerviosa.
Después de varios minutos llegaron a una zona residencial.
Casas grandes.
Jardines cuidados.
Árboles enormes.
Y finalmente una casa blanca de dos pisos apareció al final de una calle.
—Llegamos.
María bajó del auto.
El aire era diferente.
Más fresco.
Más limpio.
Y extrañamente silencioso.
La puerta principal se abrió.
—¡María!
Su abuela salió corriendo a abrazarla.
—Abuela...
—Mírate.
—Solo han pasado seis meses.
—Igual creciste.
Su abuelo apareció detrás sonriendo.
—Bienvenida, pequeña.
María sonrió por primera vez en todo el viaje.
—Hola, abuelo.
La casa era enorme.
Mucho más grande de lo que recordaba.
Pisos de madera.
Escaleras antiguas.
Fotografías familiares por todas partes.
Y una sensación cálida que hacía difícil odiarla.
Su habitación estaba en el segundo piso.
Tenía una ventana enorme que daba al bosque.
Una cama grande.
Un escritorio.
Y una estantería llena de libros viejos.
—Es bonita —admitió.
—Sabía que te gustaría —dijo su abuela.
María dejó las maletas junto a la cama.
Tal vez Hawkins no era tan horrible.
Solo un poco.
Esa noche cenaron juntos.
Su abuelo habló sobre el pueblo.
Su abuela habló sobre los vecinos.
Y su mamá habló sobre la escuela.
—Empiezas el lunes.
La sonrisa de María desapareció.
—Claro.
—No será tan malo.
—Lo dices porque no eres la nueva.
—Harás amigos.
—Eso también dijiste cuando tenía diez años.
—Y funcionó.
—Después de tres meses.
Su abuelo soltó una carcajada.
La cena terminó entre bromas y conversaciones.
Por primera vez desde que llegaron, María sintió que podía acostumbrarse al lugar.
Tal vez.
Solo tal vez.
Subió a su habitación cuando ya era tarde.
Abrió la ventana.
El viento fresco entró inmediatamente.
Desde allí podía verse parte del pueblo iluminado por las luces nocturnas.
Era bonito.
Más bonito de lo que estaba dispuesta a admitir.
Tomó su teléfono.
Ningún mensaje nuevo.
Ninguna notificación importante.
Nada.
Se dejó caer sobre la cama.
El techo crujió suavemente.
La casa era vieja.
Pero tenía encanto.
Antes de quedarse dormida, observó una última vez las luces de Hawkins a través de la ventana.
Sin saber que aquel pueblo cambiaría su vida para siempre.
Y sin imaginar que, dentro de unos meses, conocería a dos chicos separados por casi setenta años.
Uno en su presente.
Y otro en su pasado.