María llevaba cuatro días en Hawkins.
Cuatro largos días.
Y aunque todavía extrañaba Chicago, debía admitir algo: el pueblo no era tan terrible como había pensado.
Aquella mañana se despertó temprano.
El sol entraba por la ventana de su habitación y el canto de los pájaros reemplazaba el ruido constante de los autos al que estaba acostumbrada.
Se vistió, bajó a desayunar y encontró a sus abuelos en la cocina.
—Buenos días, dormilona —dijo su abuelo.
—Son las nueve.
—Exactamente.
María puso los ojos en blanco.
Su abuela dejó una taza de chocolate caliente frente a ella.
—¿Qué planes tienes para hoy?
—Ninguno.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Eso significa que puedes conocer el pueblo.
María dudó unos segundos.
La verdad era que apenas había visto Hawkins desde que llegó.
Siempre iba de la casa a la escuela y de la escuela a la casa.
Tal vez no era mala idea.
—Está bien.
Una hora después salió caminando.
El clima era agradable.
No hacía demasiado calor ni demasiado frío.
Las calles estaban tranquilas y los jardines parecían sacados de una postal.
Mientras avanzaba, observó las pequeñas tiendas del centro.
Una librería.
Una cafetería.
Una heladería.
Una tienda de discos antiguos.
Todo parecía tener una historia.
Y por primera vez sintió curiosidad.
Entró en la librería.
El lugar olía a papel viejo y café.
Pasó varios minutos observando estanterías llenas de novelas, revistas y libros antiguos.
Compró un marcador de páginas y siguió caminando.
Después pasó por una pequeña plaza donde varios niños jugaban mientras sus padres conversaban en los bancos.
Todo era tan diferente a Chicago que resultaba extraño.
Pero también agradable.
Al llegar a la cafetería del centro decidió entrar.
Pidió un frappé y se sentó junto a una ventana.
Sacó su teléfono.
Ningún mensaje.
Bueno.
Casi ninguno.
Porque había uno nuevo.
De Tyler.
María sonrió sin darse cuenta.
Tyler: ¿Ya sobreviviste a la primera semana?
Ella soltó una pequeña risa.
María: Apenas.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Tyler: Eso cuenta como victoria.
María: ¿Siempre eres tan optimista?
Tyler: Solo cuando la situación lo requiere.
María negó con la cabeza mientras sonreía.
No entendía por qué hablar con él era tan fácil.
Era como si se conocieran desde hacía mucho más tiempo.
Después de terminar su bebida, decidió seguir explorando.
Sin darse cuenta, terminó caminando por una calle que no conocía.
Era más antigua que el resto del pueblo.
Las casas parecían mucho más viejas.
Y algunas estaban prácticamente abandonadas.
Una llamó especialmente su atención.
Era una casa enorme.
Oscura.
Silenciosa.
Y cubierta por árboles.
María se quedó observándola varios segundos.
Había algo extraño en ella.
Algo que no podía explicar.
Como si escondiera un secreto.
Pero antes de acercarse más, una voz la sacó de sus pensamientos.
—¿Te perdiste?
María se giró rápidamente.
Y encontró a Tyler apoyado contra su bicicleta.
—¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
—Estoy explorando.
—Y terminaste en la parte más rara del pueblo.
—Genial.
—Lo digo en serio.
María volvió a mirar la casa.
—¿Qué tiene de raro?
Tyler siguió su mirada.
—Nadie vive ahí desde hace años.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Hay muchas historias.
—¿Historias?
—Ya sabes cómo son los pueblos pequeños.
Fantasmas.
Misterios.
Leyendas.
—Suena interesante.
—Suena falso.
Ambos rieron.
Y mientras caminaban juntos de regreso al centro, María tuvo una extraña sensación.
Como si aquel pueblo escondiera algo.
Algo mucho más grande de lo que cualquiera imaginaba.
Y sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia el misterio que cambiaría su vida para siempre.