—¿Una feria?
María levantó la vista de su teléfono.
Estaba sentada en la mesa de la cocina cuando su abuela apareció con una sonrisa sospechosa.
—Sí, una feria.
—¿Y por qué sonríes así?
—Porque sé que te va a gustar.
—Eso dijiste de la ensalada de remolacha.
—Y sigo teniendo razón.
—Abuela...
—Está bien, quizás no con la remolacha.
María soltó una risa.
Su abuelo bajó el periódico.
—Toda Hawkins va a estar allí esta noche.
—¿Toda?
—Toda.
—Eso suena aterrador.
—Eso suena divertido —corrigió él.
Aquella tarde, después de cenar, María terminó aceptando.
No tenía nada mejor que hacer.
Además, quería conocer un poco más el pueblo.
La feria estaba llena de luces.
Desde el estacionamiento podía escuchar la música.
Las atracciones giraban iluminando el cielo nocturno.
Había puestos de comida, juegos y cientos de personas caminando por todas partes.
—Wow...
María observó todo sorprendida.
—¿Ves? —dijo su abuela—. Te dije que te gustaría.
Tal vez tenía razón.
Solo un poco.
Mientras caminaba entre la multitud, sentía que Hawkins parecía completamente diferente de noche.
Más vivo.
Más alegre.
Más mágico.
Se acercó a un puesto de algodón de azúcar.
Y justo cuando iba a sacar dinero...
Escuchó una voz conocida.
—Sabía que vendrías.
María se giró.
Tyler.
Llevaba una chaqueta oscura y una sonrisa divertida.
—¿Me estabas vigilando?
—Tal vez.
—Eso es preocupante.
—Lo sé.
—Hola, Tyler.
—Hola, María.
Por alguna razón, verlo allí hizo que todo se sintiera más familiar.
Menos extraño.
—¿Viniste solo?
—Con unos amigos.
—¿Y ellos saben que abandonaste al grupo?
—Todavía no.
María soltó una carcajada.
Tyler sonrió.
—Ven.
—¿A dónde?
—A conocer la feria de verdad.
—¿Y lo que estaba viendo qué era?
—La versión aburrida.
—Qué grosero.
—Gracias.
Durante la siguiente hora caminaron por toda la feria.
Tyler le enseñó los puestos más populares.
Los juegos más difíciles.
Y los mejores lugares para comprar comida.
También descubrió algo.
Tyler era absurdamente competitivo.
—No puedes ganar ese juego.
—Claro que puedo.
—Nadie puede.
—Observa.
Cinco minutos después...
Había perdido.
Terriblemente.
—No digas nada.
—No voy a decir nada.
—Lo estás pensando.
—Muchísimo.
María no pudo contener la risa.
Y Tyler terminó riéndose también.
Más tarde subieron a la rueda de la fortuna.
No porque María quisiera.
Sino porque Tyler insistió.
Y porque ella cometió el error de aceptar.
Ahora estaban sentados en una cabina que subía cada vez más.
—No me gusta esto.
—Todavía estamos abajo.
—Precisamente.
—Relájate.
—Fácil para ti decirlo.
Cuando llegaron a la parte más alta, María miró por la ventana.
Y se quedó sin palabras.
Todo Hawkins brillaba bajo las luces de la noche.
Las calles.
Las casas.
Los árboles.
Incluso podía ver la carretera que atravesaba el pueblo.
—Es bonito, ¿verdad?
La voz de Tyler fue mucho más suave.
María asintió.
—Mucho.
Por unos segundos ninguno dijo nada.
Simplemente observaron la vista.
Y por primera vez desde que llegó a Hawkins...
María sintió que pertenecía allí.
Aunque fuera un poco.
Aunque fuera por un instante.
Cuando la rueda volvió a bajar, siguieron caminando por la feria.
La noche pasó más rápido de lo que esperaba.
Demasiado rápido.
Finalmente llegó el momento de regresar.
—Bueno...
Tyler metió las manos en los bolsillos.
—Supongo que nos vemos el lunes.
—Supongo.
—¿Te divertiste?
—Un poco.
—Mentira.
—Está bien.
Me divertí mucho.
—Lo sabía.
María sonrió.
Y mientras caminaba hacia donde estaban sus abuelos, se giró una última vez.
Tyler seguía allí.
Mirándola.
Con esa sonrisa tranquila que parecía aparecer siempre que ella estaba cerca.
Y por alguna razón...
María sonrió también.
Sin imaginar que aquella noche sería una de las últimas noches tranquilas antes de que todo cambiara para siempre.