EL SECRETO DE LOS ABUELOS
María no pudo dormir.
La imagen de la máquina seguía dando vueltas en su cabeza.
Los relojes.
Los cables.
La placa metálica.
Y aquellas dos palabras.
Proyecto Cronos.
Se levantó de la cama antes de que sonara la alarma.
Necesitaba respuestas.
Y sabía exactamente quiénes podían dárselas.
Sus abuelos.
El desayuno fue incómodo.
Muy incómodo.
Su abuela servía pan tostado.
Su abuelo leía el periódico.
Y María apenas podía quedarse quieta.
Finalmente dejó la taza sobre la mesa.
—Encontré la habitación.
El silencio fue inmediato.
Su abuelo bajó lentamente el periódico.
Su abuela dejó de moverse.
—¿Qué habitación? —preguntó ella.
—La del segundo piso.
La que estaba cerrada.
La que tiene la máquina.
Ninguno respondió.
Y eso fue respuesta suficiente.
—Ustedes sabían que estaba allí.
—María...
—¿Qué es el Proyecto Cronos?
Su abuelo soltó un largo suspiro.
Como si hubiera estado esperando ese momento durante años.
—Prometimos que nunca volveríamos a hablar de eso.
—¿Hablar de qué?
—De la máquina.
María observó a ambos.
—Entonces es real.
Su abuela asintió lentamente.
—Sí.
—¿Quién la construyó?
Su abuelo intercambió una mirada con ella.
—Tu bisabuelo.
María abrió los ojos.
—¿Mi bisabuelo?
—Era inventor.
Pasaba horas trabajando en aquel cuarto.
Nadie entendía lo que hacía.
Ni siquiera nosotros.
—¿Y funcionó?
El silencio regresó.
Otra vez.
Y eso hizo que el corazón de María comenzara a latir más rápido.
—Abuelo...
—No lo sabemos.
—¿Cómo que no lo saben?
—Porque desapareció.
María sintió un escalofrío.
—¿Qué?
—Una noche entró en aquella habitación.
Y nunca volvió a salir.
La cuchara cayó de las manos de María.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sabemos.
—¿La policía?
—Lo buscaron durante meses.
—¿Y no encontraron nada?
—Nada.
Su abuela bajó la mirada.
—Solo quedó la máquina.
María sintió que todo se volvía más extraño.
Mucho más extraño.
Porque ahora ya no se trataba de una simple habitación secreta.
Se trataba de una desaparición.
De un misterio.
Y quizás...
De algo imposible.
Aquella tarde fue a la escuela.
Pero apenas prestó atención.
Su mente seguía en la casa.
En la máquina.
Y en la historia de su bisabuelo.
Cuando sonó la campana final, Tyler la alcanzó en el estacionamiento.
—Te ves preocupada.
—Lo estoy.
—¿Qué pasó?
María dudó.
No podía contarle la verdad.
Todavía no.
—Problemas familiares.
Tyler la observó unos segundos.
—Si necesitas hablar, aquí estoy.
María sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Pero sincera.
—Gracias.
Esa noche regresó a la habitación secreta.
Sola.
La puerta seguía abierta.
La máquina seguía allí.
Inmóvil.
Silenciosa.
Esperando.
María se acercó lentamente.
Pasó la mano sobre el metal cubierto de polvo.
Y entonces lo vio.
Un pequeño interruptor rojo.
Oculto detrás de uno de los paneles.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—No debería tocar esto.
Pero aun así extendió la mano.
Y justo cuando sus dedos rozaron el interruptor...
Una luz azul se encendió dentro de la máquina.
Y el cuarto entero comenzó a vibrar.
María retrocedió de golpe.
Porque acababa de descubrir algo aterrador.
La máquina seguía funcionando.