LA PRIMERA ACTIVACIÓN
La luz azul iluminó toda la habitación.
María retrocedió de golpe.
El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos.
—No. No. No.
La máquina comenzó a emitir un zumbido extraño.
Uno que no había escuchado antes.
Los relojes del panel empezaron a moverse solos.
Las agujas giraban cada vez más rápido.
Como si estuvieran fuera de control.
—¿Qué hice?
María observó el interruptor rojo.
Solo lo había tocado.
Ni siquiera lo había presionado completamente.
Y aun así la máquina había despertado.
Después de quién sabe cuántos años.
Las luces continuaron parpadeando.
Azul.
Blanco.
Azul.
Blanco.
El cuarto entero vibraba.
Los libros de las estanterías comenzaron a caer al suelo.
Las herramientas colgadas en las paredes chocaban unas contra otras.
María dio otro paso hacia atrás.
Tenía miedo.
Mucho miedo.
Pero al mismo tiempo...
Estaba fascinada.
Porque aquello demostraba una cosa.
La máquina funcionaba.
De alguna manera imposible.
Pero funcionaba.
Entonces vio algo.
Una pequeña pantalla.
Oculta entre los paneles.
Antes estaba apagada.
Ahora brillaba.
María se acercó lentamente.
En la pantalla apareció una fecha.
María sintió un escalofrío.
La misma fecha.
Otra vez.
Siempre aparecía la misma fecha.
Como si la máquina estuviera obsesionada con ese año.
De repente.
El zumbido aumentó.
Una corriente de aire recorrió la habitación.
Las cortinas comenzaron a moverse.
Los papeles volaron por todas partes.
Y una especie de energía azul apareció alrededor de la máquina.
María abrió los ojos.
Aquello era imposible.
Completamente imposible.
Parecía una escena de película.
Pero estaba ocurriendo delante de ella.
De verdad.
Y entonces sucedió.
Por una fracción de segundo.
Solo una fracción.
María vio algo.
No una imagen.
No exactamente.
Era más como una visión.
Un restaurante.
Mesas llenas de personas.
Música antigua.
Hombres con sombreros.
Autos clásicos estacionados afuera.
Y un chico.
Un chico rubio.
Muy alto.
Llevaba una camisa blanca remangada.
Y sostenía una bandeja.
El chico levantó la vista.
Como si pudiera verla.
Directamente a ella.
La visión desapareció.
Tan rápido como había llegado.
La habitación volvió a la normalidad.
El zumbido cesó.
Las luces se apagaron.
Y el silencio regresó.
María respiraba agitadamente.
No entendía nada.
Absolutamente nada.
Pero estaba segura de algo.
Había visto a alguien.
Y aquel alguien parecía real.
Demasiado real.
Temblando, se acercó a la pantalla.
Ahora estaba apagada.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si la máquina no hubiera cobrado vida hacía apenas unos segundos.
María tragó saliva.
Y observó el lugar donde había aparecido la fecha.
Otra vez.
Siempre 1957.
Esa noche no pudo dormir.
Dio vueltas en la cama durante horas.
Pensando en la visión.
Pensando en el chico rubio.
Pensando en la máquina.
Y pensando en una pregunta que no lograba sacarse de la cabeza.
¿Quién era él?
Sin saberlo...
María acababa de ver por primera vez a James.
Y su destino acababa de cambiar para siempre.