EL NOMBRE DEL CHICO
Al día siguiente, María despertó agotada.
Había pasado gran parte de la noche pensando en la visión.
El restaurante.
La música.
Los autos antiguos.
Y especialmente...
El chico rubio.
No podía sacárselo de la cabeza.
Era absurdo.
Ni siquiera lo conocía.
Ni siquiera sabía si era real.
Pero seguía pensando en él.
La escuela pasó como una nube.
María apenas escuchó a los profesores.
Incluso Tyler lo notó.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Mentira.
—¿Tan obvio es?
—Muchísimo.
María soltó una pequeña risa.
—Solo estoy cansada.
—Ajá.
Tyler no parecía convencido.
Pero decidió no insistir.
Aquella tarde regresó directamente a la habitación secreta.
La máquina permanecía inmóvil.
Silenciosa.
Como si nunca hubiera cobrado vida.
María se acercó.
Pasó los dedos sobre los paneles metálicos.
Y entonces encontró algo.
Una pequeña libreta.
Escondida detrás de una caja.
Cubierta de polvo.
Su corazón comenzó a acelerarse.
La abrió con cuidado.
Las páginas estaban llenas de notas.
Cálculos.
Dibujos.
Fechas.
Todo escrito por la misma persona.
Su bisabuelo.
María pasó las páginas rápidamente.
Muchas cosas no tenían sentido.
Pero una frase llamó su atención.
"El sujeto de prueba ha llegado correctamente al año 1957."
María sintió un escalofrío.
¿Sujeto de prueba?
¿Año 1957?
¿Llegado?
Eso solo podía significar una cosa.
La máquina realmente viajaba en el tiempo.
Siguió leyendo.
Y entonces encontró una fotografía.
Pequeña.
Antigua.
Escondida entre las páginas.
María la tomó.
Y se quedó inmóvil.
Era él.
El chico rubio.
El mismo chico que había visto en la visión.
No había duda.
Era exactamente él.
La misma mirada.
La misma sonrisa.
La misma cara.
Al reverso de la fotografía había una frase escrita a mano.
"James Walker. Hawkins, 1957."
María sintió que el corazón le daba un vuelco.
Por fin tenía un nombre.
James.
El chico de la visión se llamaba James.
De repente escuchó pasos en el pasillo.
María guardó rápidamente la fotografía.
La puerta se abrió.
Era su abuelo.
Por un instante ambos se quedaron en silencio.
Mirándose.
—Sabía que estarías aquí.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
Su abuelo observó la máquina.
Y luego la libreta.
Su expresión cambió.
Como si recordara algo doloroso.
—Hay cosas que es mejor dejar en el pasado, María.
Ella tragó saliva.
—¿Y si el pasado no quiere quedarse allí?
Su abuelo no respondió.
Simplemente observó la máquina.
Con una preocupación que María nunca le había visto antes.
Aquella noche, mientras estaba acostada en la cama, sacó la fotografía de debajo de la almohada.
La observó durante varios minutos.
James Walker.
Era un completo desconocido.
Y aun así sentía que el destino la estaba empujando hacia él.
Como si algo invisible estuviera conectando sus vidas.
Algo imposible.
Algo peligroso.
Y muy pronto...
María descubriría hasta qué punto.