Entre el amor y el miedo

Un día para recordar.

-¡Buenos días! -saludó Alejandro, mostrándose claramente emocionado por el viaje.

-¿Siempre eres tan puntual y organizado? -preguntó Clara mientras le daba un beso en la mejilla a modo de saludo.

Alejandro sonrió.

-Intento serlo.

Luego miró a ambas jóvenes.

-Y me alegra mucho que ustedes sean nuestras compañeras de viaje.

-Qué amable -respondió Clara exagerando la voz-. Casi pareces un adulto funcional.

Alejandro soltó una risa.

-Parezco?- dijo con tono coqueto.

-¿Listas? - interrumpió Marcos.

Se acercó con una sonrisa tranquila, abrió el maletero y comenzó a acomodar el equipaje de las chicas junto con los suministros que habían comprado para el proyecto.

Sofía se acercó con su mochila intentando aparentar normalidad.

Marcos le dedicó una mirada rápida y su habitual sonrisa.

Y aun así fue suficiente para alterar el ritmo de su corazón.

-Vamos, chicos -intervino Alejandro-. Será mejor que nos pongamos en marcha si queremos aprovechar el día.

El viaje es largo.

Las primeras horas transcurrieron con tranquilidad.

Tal como habían acordado, Clara tomó el volante para el primer turno de conducción.

Sofía ocupó el asiento del copiloto.

Detrás de ellas viajaban Alejandro y Marcos, revisando algunos detalles logísticos del proyecto.

Aunque, para ser sinceros, las conversaciones académicas rara vez duraban demasiado.

Tarde o temprano terminaban hablando de cualquier otra cosa.

Clara puso música para amenizar el trayecto.

Mientras tanto, Sofía observaba el paisaje por la ventana.

Intentaba concentrarse en las montañas, los campos y la carretera.

Intentaba no imaginar situaciones que probablemente nunca ocurrirían.

Pero incluso desde su asiento podía percibir su perfume.

Me pregunto si el paraíso tendrá un aroma tan exquisito.

-¿Estás bien? -susurró Clara de repente.

Sofía dio un pequeño respingo.

-¿Qué?

-Llevas diez minutos mirando al infinito.

-No estaba mirando al infinito.

-Claro que sí.

-¡Que no!-, dijo en un tono más alto del que realmente quería.

Desde el asiento trasero, Alejandro frunció el ceño.

-¿Me perdí de algo?

-Nada importante -respondieron ambas al mismo tiempo.

- Disculpa, eso a sido grosero -, dijo escogiendose en su asiento.

Clara le sonrió - no pasa nada.

Durante el trayecto, las conversaciones se volvieron más ligeras.

Alejandro parecía especialmente entusiasmado con la parte de la investigación.

Marcos, en cambio, estaba mucho más interesado en la comida y en descubrir esos lugares escondidos que solo conocían los habitantes de la zona.

A medida que avanzaban por la carretera, el paisaje comenzó a transformarse.

Las calles y edificios de la ciudad quedaron atrás.

Poco a poco fueron apareciendo montañas, bosques y extensos campos verdes.

El aire parecía más limpio.

Más fresco.

Sin darse cuenta, todos comenzaron a contagiarse de aquella sensación de aventura.

-Ya casi llegamos -anunció Clara mirando el GPS-. Solo faltan treinta minutos.

El hotel donde se alojarían estaba cerca del lago.

Era un lugar modesto, pero acogedor.

Llegaron incluso antes de lo previsto, era día de semana, por lo que todo estaba tranquilo.

Después de registrarse y dejar sus maletas en las habitaciones, decidieron salir a desayunar antes de comenzar a organizar el trabajo.

-Vi un pequeño puesto de comida cerca -comentó Marcos-. Se ve bastante limpio y acogedor. ¿Qué les parece si empezamos probando la comida local antes de refugiarnos en el menú del hotel?

Todos estuvieron de acuerdo.

Pocos minutos después se encontraban sentados alrededor de una mesa de madera rústica, rodeados por el delicioso aroma de comida recién preparada.

Sofía tomó uno de los menús y sonrió.

Las empanadas eran la especialidad del lugar.

Pero los rellenos eran mucho más exóticos de lo que esperaba.

Leyó la lista en silencio:

- Ancas de rana.
- Pollo al ajo.
- Cerdo cremoso.
- Chicharrón.
- Mariscada.
- Pescado.
- Camarón.

-¿Estamos seguros de querer probar estas empanadas? -preguntó divertida-. Siento que cambiamos de país sin darme cuenta.

Alejandro sonrió.

-Eso suele pasar cuando sales de tu región. A veces descubres que tu propio país es mucho más grande de lo que imaginabas.

-Pues yo quiero probarlas todas -declaró Clara con decisión-. Si están en el menú, es porque alguien las come.

-Ese es un razonamiento peligrosamente simple- añadió Alejandro

-Y aun así funciona- dijo con voz coqueta Clara

Al final decidieron pedir una de cada sabor para compartir.

La empanada de ancas de rana generó una discusión inmediata.

-Apuesto a que no te atreves -dijo Alejandro.

-Claro que me atrevo- acepto el reto Marcus

-Entonces cómetela.

-Primero tú.

-Hecho.

Alejandro tomó media empanada y se la llevó a la boca de un solo bocado.

Masticó tranquilamente.

Luego sonrió.

-Está buena.

Marcos observó el relleno de la otra mitad con evidente desconfianza.

Pinchó una pequeña porción con el tenedor.

La examinó.

La giró.

-¿Están seguros de que esto son ancas?,¿Completamente seguros?.

-Porque tiene una apariencia sospechosa.

Alejandro soltó una carcajada.

-No importa lo que digas. Ya perdiste la apuesta.

Le dio una palmada en la espalda.

-Tú pagas el desayuno.

Salieron del pequeño restaurante casi sin poder respirar de tanto reír.

-Lo admito -dijo Marcos mientras se llevaba una mano al estómago-. Algunas estaban deliciosas.

-¿Ves? -celebró Alejandro.

-Aunque sigo sin creer que todas fueran de lo que decía el menú.

Alejandro puso los ojos en blanco.

-Estás paranoico.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.