Clara y Alejandro salieron a desayunar al restaurante del hotel.
Sofía observaba el hermoso paisaje desde el balcón. Marcos la había cubierto con una manta, ya que la mañana estaba fresca y prometía ser un día lluvioso.
Se sonrojó al recordar cómo la había llevado en brazos varias veces.
Se cubrió las mejillas con las manos.
-¿Es que acaso puedes ser más adorable? -dijo Marcos mientras colocaba una bandeja con el desayuno sobre la mesa.
Sofía bajó la mirada unos segundos, avergonzada, antes de observar el contenido.
Había una crema de calabaza, unas tostadas y una taza de té.
-No tengo hambre.
-Lo sé. Una vez me hicieron un lavado de estómago. Duré tres días sin querer comer nada sólido y, cuando por fin lo hice, sentí que iba a vomitar.
-¿Y a ti por qué te hicieron un lavado?
-Es difícil de explicar, pero casi no la cuento.
Sofía comenzó a pellizcarse las uñas.
-Tengo una prima, Elani. A ella le hicieron uno cuando se pasó con unas pastillas para dormir
Marcos la escuchó, pero siguió mirando el plato de crema.
Se mordió ligeramente el labio inferior.
-Yo... no debí decir eso. Nunca se lo cuento a nadie.
Se sentó en la silla junto a Sofía y colocó una pequeña bandeja sobre sus piernas para que pudiera desayunar.
-Entiendo -dijo Sofía, apoyando su mano sobre la de Marcos.
Él levantó la vista.
-Te prometo que algún día te lo contaré. Pero todavía no estoy listo para entrar en detalles.
Sofía percibió algo de vergüenza y dolor en sus ojos.
También en su voz.
-No tienes que contarme nada. Gracias por compartir conmigo esa parte.
Marcos sonrió y negó suavemente con la cabeza.
-Eres más dulce de lo que pareces.
Su sonrisa se amplió un poco más.
-Y eso es mucho decir.
Sin previo aviso comenzó a llover.
El balcón estaba techado, así que podían disfrutar del paisaje sin mojarse.
-Es delicioso este clima -comentó Marcos mientras se acomodaba bajo una manta.
Sofía continuó comiendo despacio.
-¿Desayunaste algo?
-No tengo hambre.
-Claro. Me obligas a comer, pero tú, que pasaste toda la noche despierto, no has probado bocado.
Marcos puso los ojos en blanco.
-Tu amiga Clara no se calla nada, ¿cierto?
-No fue Clara.
Hizo una pausa.
-Y, en circunstancias normales, no habría tenido el valor de decirte lo que te dije anoche.
Marcos se quedó observándola en silencio.
Al no recibir respuesta, Sofía volvió la vista hacia la lluvia.
-Sé que tengo mala fama en el campus. Muchos piensan que salgo con todas las chicas que me rodean, pero la verdad es que la mayoría solo son amigas.
Hizo una breve pausa.
-Y con las pocas con las que he llegado más lejos, nunca he tenido que decirles lo que siento. Simplemente se los demuestro.
La miró con expresión traviesa.
Sofía sonrió negando con la cabeza.
-No me crees.
-No sé qué creer.
Marcos soltó una pequeña risa.
-Pues créelo o no, es la primera vez que le digo a alguien que me gusta.
Sofía se quedó boquiabierta.
No se movía.
No respiraba.
Se llevó una mano al pecho porque, por un segundo, creyó que su corazón había dejado de latir.
-Seguro soy la tonta número dos millones a la que le cuentas eso.
Marcos estalló en carcajadas.
-Sí, sé que es difícil de creer, pero ninguna era tan dulce como tú.
Sofía sintió que sus mejillas alcanzaban una temperatura peligrosa.
-Y ninguna se veía tan tierna cuando se sonrojaba.
-¿Te estás aprovechando de la situación?
-Sería un tonto si no lo hiciera.
Sofía no pudo evitar sonreír.
-Pero descuida -continuó él tras una breve pausa-. No voy a torturarte más. No te obligaré a decirme que te gusto.
Volvió a mirarla con una sonrisa traviesa.
-Aunque, siendo justos, ya me lo dijiste.
Sofía tomó uno de los caramelos que había sobre la bandeja y se lo lanzó.
Marcos lo atrapó ágilmente en el aire.
-¡Eso fue una agresión!
-Y la próxima será peor.
Marcos permaneció sentado hasta que Sofía terminó la crema.
-Sofía, voy a ir a mi habitación un momento a darme una ducha. Regreso enseguida.
Ella parpadeó.
Entonces recordó que seguía usando la misma ropa desde la noche anterior.
-Ay, Dios. He sido muy desconsiderada contigo. No has descansado nada desde anoche.
Marcos sonrió.
-Ha sido todo un placer, mi dulce Sofía.
Mi dulce Sofía.
Sofía soltó un suspiro mientras él caminaba hacia la puerta.
Marcos tomó el llavín y se quedó unos segundos inmóvil.
Como si dudara entre marcharse o quedarse.
Con cualquier otra persona se habría duchado en el baño de aquella misma habitación.
Pero era Sofía.
Ella era diferente.
Dulce.
Frágil.
De esas personas que despiertan en él un deseo casi instintivo de protegerlas
Marcos
Salí de la habitación sintiéndome extraño.
Yo no me sentía yo.
Y al mismo tiempo, sí.
-Es que ella hace que sea una persona diferente -murmuré para mí mismo.
Me quedé observando mi reflejo en el espejo.
-A esta persona casi no la conozco.
Fruncí el ceño.
-¿Me gustas? ¿Desde cuándo tenemos esa palabra en nuestro vocabulario? ¿Desde cuándo tienes miedo de que te rechacen?
Tomé una muda de ropa de la maleta y la dejé sobre la cama.
Luego fui al baño y comencé a desvestirme.
Suspiré su nombre.
-Sofía...
Una sonrisa apareció en mis labios.
-Qué mujer tan interesante eres. ¿Será que me dejarás entrar en tu vida?
Puse una ópera para acompañar la ducha.
Realmente la necesitaba.
Sentía que el agua se llevaba parte del cansancio acumulado y de la tensión de las últimas horas.
Cuando salí, me sentía mucho mejor.
O eso creí.
Porque apenas me puse el pantalón, mi cuerpo comenzó a reclamar el descanso que le había negado durante toda la noche.
Miré la cama.
-Solo quince minutos.
Me recosté sin siquiera terminar de vestirme.
Afuera seguía lloviendo.
El sonido de las gotas golpeando las ventanas, sumado al clima fresco y al agotamiento, terminaron por vencerme.
Y antes de darme cuenta, había caído en un sueño profundo.
#5022 en Novela romántica
#320 en Joven Adulto
accidente, drama amor juvenil clases sociales, trajedia misterio suspenso
Editado: 01.07.2026