Entre el amor y el miedo

Solo amigos

Mientras desayunaban tranquilamente, los cuatro comenzaron a conversar sobre el plan del día.

Las risas llenaban el ambiente mientras disfrutaban de un desayuno mucho más seguro esta vez: frutas frescas, jugos, caldos y, por supuesto, café.

-He estado pensando -comenzó Alejandro, dejando su taza sobre la mesa-. Como Sofía aún no está al cien por ciento, deberíamos tomarnos las cosas con calma hoy.

Clara asintió de inmediato.

-Totalmente de acuerdo.

-Podemos avanzar con las partes más sencillas del proyecto, tomar algunas notas y fotografías, y dejar lo más pesado para mañana -añadió Marcos-. Hoy podríamos limitarnos a recorrer la zona y observar.

-También podríamos visitar algunos puntos clave y, por la tarde, relajarnos frente al lago -agregó Alejandro-. La vista es preciosa y creo que todos lo necesitamos después del día de ayer.

-Chicos, eso no es necesario. Me siento muy bien hoy.

Todos dejaron de hablar por un segundo.

-Nena -intervino la señora que les estaba sirviendo el desayuno-, tienes un grupo que se preocupa por ti y quiere cuidarte. Eso no se pelea, se acepta.
Terminó guiñándole un ojo a Clara, quien aparentemente ya le había contado todo lo sucedido el día anterior.
Sofía resopló y siguió comiéndose su caldo.

-Estoy cansada de los caldos. ¿No puedo comerme una empanada?.

-¡No! -respondieron todos al mismo tiempo.

Sofía hizo un puchero.

Y la mesa entera estalló en carcajadas.
-Son peores que mi madre.
Hizo una pausa antes de añadir:

-Y eso es mucho decir.

Al salir del restaurante, decidieron ir a un pequeño pero hermoso parque que había frente al hotel.

Tenía hamacas colgantes donde cabían dos personas, una fuente rodeada de flores rojas y un enorme árbol de buganvilias.

Clara y Alejandro se sentaron en una de las hamacas.

Sofía y Marcos ocuparon la que estaba frente a ellos, así podían seguir conversando mientras disfrutaban de la vista y del agradable clima.

Sofía se quedó observando las buganvilias con expresión nostálgica.

-¿Te gustan esas flores? -preguntó Marcos, genuinamente interesado.

-Sí. En mi pueblo hay un jardín con un arco cubierto de buganvilias de todos los colores. Amo ese lugar.

Una sonrisa suave apareció en su rostro.

-Es mi lugar favorito en el mundo.
Marcos sonrió mientras la escuchaba.
Pero no pudo resistirse.

-¿Lo disfrutas más que mi compañía?
Sofía puso los ojos en blanco.

-Cuánta humildad.

Soltó una pequeña risa.

-Yo vengo de una familia muy humilde y modesta -respondió él con evidente ironía.

Alejandro, que había estado pendiente a la conversación, soltó una carcajada al escuchar aquella última frase.

Marcos lo miró entrecerrando los ojos.
Clara y Sofía intercambiaron una mirada.

Ambas acababan de darse cuenta de que había algo que no sabían.

Alejandro notó sus expresiones y añadió:

-La familia de Marcos es todo menos humilde. Son dueños de un viñedo muy, muy famoso.

Sofía y Clara contuvieron el aliento.

-¿Y de dónde creen que salió el dinero para pagar la habitación de Sofía? -preguntó Alejandro con una sonrisa.

-No es necesario volver a mencionar eso -respondió Marcos, lanzándole una mirada amenazante a su amigo.

Alejandro ignoró la advertencia.

-De todas formas, la factura va a llegar a sus padres. Creo que fueron unos dos mil dólares.

Sofía abrió los ojos de par en par.

No tenía idea de que el hospital hubiera cobrado tanto.

Y mucho menos de que la cuenta pudiera terminar en manos de sus padres.

-Esta mañana hablé con mi madre y no me dijo nada.

-Porque no te dirá nada.

Marcos desvió la mirada hacia el jardín.

-Yo pagué la factura en su totalidad.

Hubo un breve silencio.

-Se suponía que nunca ibas a enterarte, pero alguien no sabe guardar secretos.

Alejandro sonrió con total descaro.

-Yo no puedo aceptarlo -dijo Sofía, apretando el borde de la falda que llevaba aquella mañana.

Marcos chasqueó la lengua.

-No te estoy cobrando, Sofía. No fue un préstamo. Lo hice porque sentí que debía hacerlo.

Sofía lo miró con evidente indignación.

-Mi madre me enseñó que debo arroparme hasta donde la sábana me dé.
Hizo una breve pausa.

-Yo cometí el error de comerme todo lo que se me cruzó por delante, así que déjame pagártelo.

Sus mejillas se colorearon ligeramente.

-En cuotas, claro.

Marcos soltó un suspiro resignado.

-Como quieras.

Era evidente que estaba evitando una discusión.

Sofía aprovechó el cambio de tema.

-Si tu familia es tan rica, ¿por qué estudias en la Universidad Autónoma?
Marcos miró a Alejandro.

Fue apenas un gesto.

Pero ambos parecieron entenderse.

-Clara, hermosa -intervino Alejandro poniéndose de pie-, ¿qué te parece si seguimos la ruta que teníamos planeada para hoy?

Extendió una mano hacia ella.

-Sofía y Marcos pueden encargarse de lo que ya hemos acordado.

Clara lanzó una rápida mirada a su amiga antes de aceptar la mano de Alejandro.

-Claro.

Y sin dejar de sonreír, se sujetó a su ante brazo.

-Alejandro es uno de mis mejores amigos. Lo conocí hace dos años, pero la verdad es que ambos sentimos como si nos conociéramos desde otra vida.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

-Nos entendemos muy bien. Es como un hermano para mí.

Sofía notó que su expresión se volvía más seria.

-No es como la gente con la que crecí.
Desvió la mirada unos segundos.

-La mayoría ama el dinero. En ese mundo no tienes amigos de verdad, solo personas interesadas en lo que puedes ofrecerles.

Sofía entreabrió los labios para responder, pero terminó guardando silencio.

Marcos continuó:

-Las universidades que mi madre escogió para mí estaban llenas de ese tipo de personas.




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