Entre el amor y el silencio

Capìtulo 01

Odio que me esperen afuera de la universidad.

Lo odio con toda mi alma.

No porque me dé vergüenza la seguridad ni porque mis amigos ignoren quién es mi padre. A este punto, media ciudad conoce a Sebastián Moretti: empresario exitoso, dueño de hoteles con vistas al mar, restaurantes con estrella Michelin, casinos que nunca duermen y no sé cuántas empresas más que llevan su apellido como emblema.

El problema no es el qué. Es la sensación.

Esa sensación horrible de no poder caminar sola ni cinco minutos sin que alguien me vigile como si fuera una amenaza nacional... o una presa fácil.

-Te juro que si vuelvo a reprobar estadística me voy a tirar de un puente -dijo Emma, dramatizando mientras salíamos del edificio con los libros presionados contra el pecho.

-No lo harás -respondí, acomodándome la mochila en un hombro-. Te da miedo la altura más que a la propia muerte.

-Bueno, entonces me tiro de una banqueta. Al menos es más cercano al suelo.

Solté una risa que se perdió entre el bullicio de estudiantes corriendo de un lado a otro -ya casi anochecía, y todos querían llegar a casa antes de que las calles se llenaran de sombras.

Y honestamente...

estos momentos eran mis favoritos.

Aquí podía fingir que mi vida era normal. Que no tenía guardaespaldas en cada esquina, que mi padre no recibía llamadas secretas a medianoche, que podía ir a una fiesta sin que tres hombres me siguieran hasta el baño.

Aunque solo durara hasta llegar al estacionamiento.

-¿Entonces sí irás mañana? -preguntó Ethan mientras bajábamos las escaleras de mármol, sus pasos resonando con más fuerza que los míos.

-Depende.

-Emily, llevas diciendo "depende" desde hace dos semanas. Ya es un refrán tuyo.

-Porque todavía no decido. No es tan fácil.

Emma rodó los ojos con exasperación.

-Solo es una fiesta, no una operación militar. Deja de ser tan complicada.

Si ella supiera.

Solté una pequeña risa ahogada mientras finalmente salíamos al patio central del campus.

Y ahí estaba el problema de siempre.

Dos camionetas negras, tan grandes y oscuras que parecían tanques, estacionadas en la entrada principal. Hombres vestidos de negro, con miradas de piedra, esperando cerca de las puertas como guardianes de un castillo embrujado.

Sentí automáticamente cómo mi humor se desvanecía, como si alguien me hubiera puesto una manta pesada sobre los hombros.

-Ahí están tus choferes traumados -murmuró Ethan, divertido, mientras señalaba con la cabeza.

-Cállate -le dije, pero no tenía fuerza en la voz.

Emma soltó una pequeña risa.

-Podría acostumbrarme a que me recogieran así. Imagínate: no tienes que tomar el autobús, no te preocupas por el tráfico...

-Créeme -respondí, con un suspiro que se quedó en la garganta-. No quieres.

Uno de los hombres abrió inmediatamente la puerta de la camioneta apenas me vio acercarme. Y juro que esa escena me hacía sentir peor cada día. Porque no importaba cuánto intentara vivir normal... nunca podía hacerlo realmente.

Me giré hacia mis amigos, soltando un suspiro.

-Nos vemos mañana.

Emma me abrazó rápido, y su abrazo fue cálido y real -algo que echaba de menos en mi casa.

-Y responde mensajes, por favor. Desapareces demasiado. A veces me pregunto si...

-Estoy viva -lo interrumpí, con un tono más brusco de lo que quería-. Eso cuenta.

-A veces no parece.

Le saqué la lengua para disimular mi mal humor y subí a la camioneta. Apenas la puerta se cerró con un clic seco... el mundo volvió a sentirse pesado. Silencioso. Incómodo.

Miré por la ventana mientras la universidad se alejaba lentamente, sus luces encendidas como pequeños faros en la oscuridad. Las calles comenzaron a llenarse de luces de neón, tráfico y personas caminando tranquilamente, de la mano, riendo. A veces me preguntaba cómo se sentiría tener una vida así. Simple. Normal. Sin hombres siguiéndote. Sin choferes. Sin seguridad. Sin reglas absurdas que me impidieran respirar.

-¿Mi papá mandó más gente otra vez?

Nadie respondió. Claro. Porque esos hombres parecían entrenados para ignorarme, como si yo fuera un objeto en lugar de una persona. Rodé los ojos y volví a mirar por la ventana.

La mayoría de las personas veía a mi padre como un hombre exitoso. Elegante. Inteligente. Importante. Y técnicamente lo era. Sebastián Moretti tenía negocios por toda la ciudad: hoteles, bares, casinos, edificios enormes con su apellido grabado al frente en letras de oro. La gente prácticamente lo admiraba.

Pero yo había crecido viendo cosas que no terminaban de encajar del todo. Reuniones a medianoche en su despacho, con puertas cerradas y voces bajas. Hombres armados que llamaban a "seguridad" pero que miraban a todo el mundo como si fuera un enemigo. Llamadas extrañas donde mi padre hablaba en código. Personas demasiado nerviosas alrededor de él, como si un solo error lo costara la vida. Y preguntas que mi mamá siempre evitaba responder, con una sonrisa triste y una mano sobre mi cabeza.

Llegamos a la casa casi cuarenta minutos después -un edificio de tres pisos, con jardines immensos y paredes tan altas que se sentía como una cárcel de lujo. Bajé de la camioneta sin esperar que me abrieran la puerta y entré directamente. El ambiente dentro ya se sentía raro. Muchos hombres. Mucho silencio. Eso nunca era buena señal.

Caminé directo hacia el despacho de mi padre y abrí la puerta sin tocar -algo que le gustaba poco, pero que yo hacía a propósito cuando estaba molesta. Él estaba sentado detrás del escritorio de roble, revisando unos papeles con letra pequeña, mientras dos hombres permanecían parados cerca de la entrada, tan quietos que parecían estatuas. Ni siquiera levantó la vista cuando entré.

-Hola -dije-. Yo también me alegro de verte.

-Llegaste tarde -respondió, sin mirarme.

-Tengo universidad, por si lo olvidaste. Clases. Exámenes. Cosas que hacen las personas de veinte años.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.