Entre el amor y el silencio

Capìtulo 02

Me desperté odiándolo.

Ni 24 horas habían pasado y ya era lo primero que tenía en la cabeza.

Apagué la alarma de un manotazo, miré el techo y de golpe me acordé: Damián. El nuevo guardaespaldas. El tipo con cara de que ha olvidado lo que es sonreír.

-Esto es una pesadilla -murmuré hundiendo la cara en la almohada.

Pero no lo era.

Bajé las escaleras en pijama mental, listo para el desastre, y ahí estaba: sentado en la sala, inmóvil, misma sudadera negra, misma gorra baja, mirada de alerta total. Parecía que podía estar así una semana sin parpadear.

-¿Tú duermes o eres una estatua? -le solté.

Levantó apenas la vista.

-Dormí.

-Mentira.

Silencio. Como siempre.

En la cocina mi mamá me sirvió café.

-Hay un tipo sospechoso en mi casa -le dije señalando hacia la sala.

-Tu papá lo contrató para protegerte.

-Mi papá cree que soy protagonista de una película de espionaje.

En cuanto tomé mi mochila y me dirigí a la puerta, él se puso de pie en menos de un segundo. Movimiento suave, rápido, sin ruido.

-No hace falta que me pegues como sombra.

-Tengo órdenes.

-Qué divertido eres.

Ignoró el comentario, abrió la puerta y afuera ya esperaban dos camionetas negras con vidrios oscuros. Perfecto, pensé. Todo el barrio se enterará de que me vigilan.

En el camino a la universidad no habló ni una palabra. Solo miraba cada calle, cada auto, cada peatón. Como si buscara enemigos en cada esquina.

-¿Siempre estás así de tenso?

-Mejor prevenir.

-¿Prevenir qué? ¿Que alguien me robe un lápiz?

No respondió. Pero noté algo: sus ojos no descansaban nunca.

Llegamos a la universidad y en cuanto bajé, todas las miradas se clavaron en nosotros. Emma y Ethan corrieron a recibirme con los ojos abiertos como platos.

-¿Quién es ese gigante oscuro? -preguntó Emma.

-Mi desgracia personal.

Ethan lo miró de arriba abajo.

-Con esa pinta seguro acaba de salir de la cárcel.

Lo peor: Damián ni se inmutó. Nada. Ni frunció el ceño, ni cambió de postura. Como si lo hubiera escuchado mil veces y le importara cero.

-¡Cállate! -le gritó Emma dándole un golpe.

-¡Es que da miedo!

Entramos al edificio y él se quedó justo en la puerta del salón, de pie, vigilando el pasillo como si fuera un puesto de control militar.

-¡No puedes quedarte ahí! -le dije roja de vergüenza.

-Sí puedo.

-¡Van a hablar de mí!

-Mi trabajo es cuidarte, no que te sientas cómoda.

Me quedé sin argumentos. Tenía razón, por más que me doliera.

Durante la clase no pude concentrarme. Cada vez que levantaba la vista, ahí estaba: inmóvil, observando todo. Escuché a dos chicas susurrar detrás de mí:

-Está buenísimo, pero parece que mataría a alguien sin dudarlo.

-Totalmente.

Genial. Ahora era la chica que traía un guardaespaldas de película de terror.

Cuando salimos, Emma fue directa a él.

-Hola, soy Emma. ¿Siempre eres tan callado?

-Siempre.

-Aburrido. Pero al menos no pareces falso.

Y ahí pasó algo que me heló la sangre: por una fracción de segundo, esbozó una media sonrisa. Rápida, casi imperceptible, pero suficiente para cambiar todo su aspecto.

Ethan susurró:

-Sí sabe sonreír. Ahora da más miedo todavía.

Fuimos a la cafetería y todo parecía ir normal... hasta que de repente, Damián se puso rígido.

Su expresión cambió. Ya no era solo seria: era de peligro.

Seguí su mirada. Al fondo, cerca de las ventanas, había tres hombres. No eran estudiantes. Vestían ropa oscura, no tenían libros, y uno nos miraba fijamente. En cuanto vio que Damián lo había detectado, desvió la vista demasiado rápido.

-¿Qué pasa? -le pregunté en voz baja.

-Nada -respondió, pero su voz cambió: más baja, más cortante.

-No es nada si te pusiste así.

-Termina rápido.

Sentí cómo el miedo me subía por la espalda. Emma y Ethan también notaron la tensión.

-¿Nos están siguiendo? -preguntó Emma asustada.

Antes de que respondiera, uno de esos hombres sacó el celular y lo apuntó en nuestra dirección, disimulando.

Y ahí fue cuando todo se movió en cámara rápida.

Damián dio un paso al frente, me cubrió con su cuerpo y me agarró del brazo con firmeza pero sin lastimar.

-Nos vamos. Ahora.

-¿Pero...?

-Sin preguntas. Muévanse.

No gritó, no corrió, pero su orden era imposible de ignorar.

Salimos de la cafetería rápido. Él sacó un audífono del bolsillo, se lo puso y habló bajito hacia un micrófono oculto:

-Ruta de emergencia. Salida norte. Tres sujetos en la cafetería, vigilan y toman fotos.

Mis ojos se abrieron como platos.

-¿Tienes equipo de seguridad también?

-Ya deberías entender que esto no es un juego, Emily.

En cuanto salimos al patio, una camioneta negra frenó justo frente a nosotros. Dos hombres bajaron listos para actuar.

-¿Posible amenaza? -preguntó uno.

-Por ahora sí -respondió Damián sin apartar la vista de la entrada.

Por ahora. Esas palabras me dieron más miedo que todo lo anterior.

Emma me agarró fuerte del brazo.

-Tu papá no estaba exagerando... nada.

Damián abrió la puerta y me miró directo a los ojos. Ya no había bromas, ni discusiones, ni malos gestos. Solo realidad.

-Sube. Hoy no hay clases. Y de ahora en adelante, no te separas de mí ni un metro. ¿Entendido?

Esta vez no respondí con ironía. Solo asentí y entré, mientras sentía que mi vida tranquila de universitaria acababa de terminar para siempre.




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