El trayecto de regreso era una tortura silenciosa.
No pasaba nada visible, y eso era lo más inquietante de todo. El aire dentro de la camioneta se sentía denso, pesado, como si estuviéramos viajando dentro de una caja de cerillas a punto de incendiarse. Afuera, la ciudad seguía su rutina normal: autos, peatones, luces de semáforo. Pero para mí, de pronto todo parecía una fachada.
Damián no había dejado de vigilar ni un segundo. No estaba relajado; estaba controlado. Sus ojos oscuros recorrían cada calle, cada espejo retrovisor, cada vehículo que nos adelantaba o se quedaba atrás. Era como si viera amenazas donde yo solo veía tráfico.
Me crucé de brazos, con los nervios al límite.
—¿Me vas a decir de una vez qué demonios pasó allá adentro?
Siguió mirando hacia la ventana, impasible.
—Tres hombres. Nos observaron desde que bajaste del auto.
—¿Y eso es motivo para salir corriendo? Cualquiera puede mirar.
—No eran estudiantes. Tampoco curiosos. Vienen por ti.
Ahora sí giró la cabeza hacia mí, y en su mirada había algo que me heló: certeza. La clase de certeza que solo se tiene cuando se ha vivido lo mismo demasiadas veces.
—¿Cómo lo sabes? —insistí.
—Porque sé cómo vigila alguien que no quiere ser visto.
Me quedé en silencio. Había mucho más detrás de esas palabras, pero él nunca daba más información de la necesaria.
—¿Quiénes son? ¿porque vienen por mi?
—Aún no lo sé. Pero no íbamos a quedarnos esperando a que sucediera algo.
El hombre que iba al volante habló por la radio con voz seca:
—Ruta despejada por ahora.
Por ahora.
Esas dos palabras resonaron en mi cabeza como una advertencia. Saqué el celular y vi la pantalla llena de notificaciones: 17 mensajes de Emma, 8 de Ethan y varias llamadas perdidas. Seguramente ya corrían los rumores más locos por toda la universidad.
Estaba a punto de escribir una respuesta cuando Damián soltó una orden cortante, sin mirarme siquiera:
—Agáchate. Ya.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Qué…?
No terminé la pregunta.
De repente, un estruendo sordo y metálico explotó contra el costado de la camioneta. El impacto fue tan fuerte que todo el vehículo se sacudió de golpe, el volante giró solo y escuché el sonido desgarrador de las llantas patinando sobre el asfalto.
—¡Mierda! —gritó el conductor.
El mundo se volvió ruido y caos en cuestión de segundos.
Vidrios rompiéndose. Gritos lejanos. El sonido seco y repetitivo de disparos atravesando la estructura del auto. Nunca había escuchado algo así en persona; era mucho más fuerte, más crudo y más aterrador que en las películas.
—¡Abajo la cabeza! —bramó Damián.
En un movimiento rápido y protector, me empujó contra el suelo del vehículo y se inclinó sobre mí, cubriéndome con todo su cuerpo. Sentí cómo sacaba un arma larga y pesada de entre sus ropas. Cuando vi el metal frío brillar un instante entre las sombras, entendí que esto no era un error ni una exageración. Era una cacería.
—¡Nos siguen! —avisó el copiloto, respondiendo con disparos hacia atrás.
—¡Nos dieron una llanta! —añadió el conductor, luchando por mantener el control.
La camioneta se tambaleaba, pero seguía avanzando a toda velocidad. El olor a pólvora y caucho quemado llenaba mis pulmones, haciéndome toser. Sentía el corazón golpeándome en las sienes, tan fuerte que pensé que se me saldría por la boca.
Levanté un poco la vista y miré a Damián. Tenía la mandíbula apretada, la mirada fija y fría, sin rastro de miedo ni duda. Disparaba hacia afuera con una precisión que daba escalofríos, calculando cada movimiento como si estuviera leyendo el futuro.
—Damián… —susurré, casi sin voz.
—Quédate ahí —respondió, sin perder el ritmo—. No te muevas.
De pronto, otro golpe más fuerte sacudió la parte trasera. El auto giró en espiral y frenó de golpe, deslizándose varios metros antes de detenerse por completo. El impacto me lanzó contra el asiento y me dejó aturdida por un segundo.
—¡Salgan, rápido! —ordenó él.
Abrió la puerta de un empujón y bajó primero, cubriendo la salida con el arma en alto. Cuando giró para ayudarme, vi a la persona que realmente era, más allá del guardaespaldas callado: un hombre entrenado para sobrevivir en el infierno, peligroso como un cuchillo afilado.
—¡Emily, ven! Ahora mismo.
Mis piernas no respondían. Temblaban tanto que apenas podía sostenerme. Él no esperó: me tomó del brazo con fuerza firme pero sin lastimar, y me arrastró fuera del vehículo mientras las balas seguían silbando cerca, chocando contra las paredes y el pavimento.
—¡Corre! No mires atrás.
Obedecí por instinto, no por voluntad. Corrimos entre autos estacionados y basureros, mientras los dos hombres que nos acompañaban disparaban para cubrirnos la retirada. Todo era confusión: luces parpadeantes, gente que gritaba y se escondía, sirenas que empezaban a escucharse a lo lejos, pero todavía muy lejos.
Damián me metió de un tirón en un callejón oscuro y estrecho, rodeado de muros altos y puertas de metal. Al fondo, la salida parecía estar bloqueada por una reja oxidada.
—Por aquí no podemos seguir —dije, sintiendo cómo el pánico me ganaba.
—Ya lo sé.
Se detuvo frente a una puerta de chapa vieja y pesada, intentó abrirla con el hombro, pero no cedió.
—¡Está cerrada!
—Mierda.
Escuchamos pasos rápidos y voces cerca de la entrada del callejón. Nos estaban alcanzando.
Damián me empujó detrás de su espalda, colocándome justo contra la pared, y levantó el arma con ambas manos, apuntando hacia donde venían. Su respiración era constante, medida, mientras la mía se había convertido en jadeos desesperados.
—Tranquila —me dijo en voz baja, aunque no había nada tranquilizador en la situación.
—¿Cómo quieres que esté tranquila? ¡Nos van a matar!
No respondió. Solo esperó.