Entre el amor y el silencio

Capitulo 04

Llegamos a la casa poco después de medianoche.
Todas las luces estaban encendidas, como si hubieran estado esperándonos en vela desde hacía horas. En cuanto la camioneta frenó en la entrada principal, las puertas se abrieron de golpe y mis padres salieron corriendo, con el rostro pálido y los ojos llenos de angustia.
-¡Emily! -gritó mamá, y en dos pasos ya me tenía entre sus brazos, temblando de pies a cabeza-. Gracias a Dios... gracias a Dios que estás viva.
Yo apenas podía responder. Todo mi cuerpo seguía vibrando con el susto, el olor a pólvora aún se me pegaba en la ropa y el brazo empezaba a arder con más fuerza ahora que bajaba la adrenalina. Papá se acercó enseguida: no me abrazó, pero su mirada decía más que cualquier gesto - estaba furioso, asustado y al borde de perder el control.
-Entren ya -ordenó con voz grave-. Cierren todas las puertas y revisen cada rincón. Nadie sale ni entra hasta nuevo aviso.
Al cruzar el umbral, el aire se sentía denso, pesado. Papá habló por teléfono en tono urgente mientras mamá me llevaba hasta la sala y me sentaba con mucho cuidado en el sillón.
-Ya viene el doctor -dijo papá colgando el aparato-. Es de entera confianza. Nadie más debe saber lo que pasó hoy.
Mientras esperábamos, Damián entró también. Caminaba con paso firme, pero se notaba que cojeaba levemente y apretaba la mandíbula. La manga de su camiseta estaba empapada en sangre seca, y en el hombro derecho se extendía una mancha oscura que seguía creciendo poco a poco.
-Tú también quédate -le indicó papá señalándolo con la cabeza-. El médico los revisará a los dos.
Damián asintió brevemente y se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos como si quisiera ocultar la herida para no llamar la atención.
En menos de diez minutos llegó el doctor: un hombre de mediana edad, serio, que no perdía tiempo en preguntas innecesarias. Sacó su maletín y empezó por mí: limpió el corte, lo desinfectó con cuidado y lo vendó con precisión.
-Es solo un roce -explicó-. No hay daño en huesos ni tendones, pero es profundo. Dolerá unos días y debes moverlo lo menos posible.
Cuando terminó, se giró hacia Damián.
-Ahora tú. Siéntate aquí.
Damián obedeció. Se quitó la sudadera y dejó ver la herida en el hombro: un agujero pequeño pero abierto, donde la bala había pasado muy cerca del hueso.
-Esto sí es más serio -comentó el médico mientras limpiaba y cosía la piel-. Casi te deja sin hombro. Tuviste suerte.
-Suerte o reflejos -respondió Damián en voz baja, sin hacer ni un solo gesto de dolor. Parecía acostumbrado a que lo trataran así.
Al terminar, lo vendó bien y le advirtió:
-Nada de cargar peso con ese brazo en una semana, o se abrirá.
Papá lo acompañó hasta la puerta, le dio un sobre y le habló en voz baja antes de despedirlo. Cuando regresó, su expresión seguía siendo impenetrable.
-La herida terminó siendo menos grave de lo que parecía -dijo, intentando tranquilizar a mamá más que a mí.
Pero a mí el brazo me ardía como si me hubieran puesto hierro al rojo vivo. Y lo que dolía mucho más no era el cuerpo, sino todo lo que se me revolvía en la cabeza.
Cuando por fin subí a mi habitación y me quedé a solas, no pude cerrar los ojos. Cada vez que lo intentaba, volvían las imágenes: los disparos, el caos, la sangre en el suelo... y sobre todo, volvía la voz de Damián, resonando claramente en mi mente como si lo estuviera escuchando de nuevo:
"Tu padre... no solo es el hombre de negocios que crees. Tiene un pasado. Negocios muy antiguos, muy peligrosos, y enemigos que no olvidan ni perdonan."
"De los que traen poder... y sangre."
"No eres una presa. Eres lo único que tu padre quiere proteger. Y yo soy quien se asegura de que lo logre. Cueste lo que cueste."
Me senté en la cama, abrazándome las rodillas. ¿Qué significaba todo eso? ¿Mi papá no era solo el empresario exitoso que siempre había conocido? ¿Qué clase de secretos ocultaba detrás de esa fachada tranquila? ¿Y por qué me arrastraba a mí también?
Y así comenzó mi encierro.
Una semana entera. Siete días en los que el mundo exterior dejó de existir para mí. Papá prohibió todo: universidad, salidas, visitas, incluso caminar sola hasta la puerta de la cochera. La casa estaba rodeada de guardias, cámaras en cada esquina y un silencio tenso que se respiraba en cada pasillo. Nadie me daba respuestas claras: solo frases vacías como "es por tu seguridad", "ya pasará", "no te preocupes".
¿Cómo no iba a preocuparme si acababan de intentar matarme? ¿Cómo dejar de darle vueltas a lo que Damián me había dicho?
Mis únicos vínculos con la realidad eran los mensajes de Emma y Ethan:
Emma: "¡TE EXTRAÑO! Ayer pasé por tu casa y parecía una fortaleza militar. ¿Tu guardaespaldas sigue pareciendo un fantasma o ya te habló más de tres palabras?"
Ethan: "Dicen que si no sales pronto, te doy por desaparecida. Mándame señales de humo si estás bien."
Leerlos me hacía sonreír un poco, pero no era suficiente. Me estaba volviendo loca entre esas cuatro paredes, y sobre todo, me consumía la duda de quiénes eran realmente las personas que tenía cerca.
Esa tarde, cuando el sol empezó a teñir el cielo de naranja y violeta, bajé al jardín trasero necesitando respirar algo que no oliera a limpiador y tensión. Llevaba ropa cómoda, el cabello recogido y cero ganas de fingir que todo estaba bien.
Y ahí estaba él.
Damián.
De pie cerca de la barda más alta, hablando en voz baja con otro guardia. Vestía su ropa habitual - todo negro - y aunque intentaba disimular, se notaba que evitaba mover mucho el hombro vendado. Cuando el otro hombre se fue, él sacó su celular, pero lo revisaba con desconfianza, como si esperara encontrar algo más que mensajes.
Me acerqué decidida. Estaba tan aburrida y con la mente tan llena de preguntas que hasta hablar con él me parecía necesario.
-¿Siempre estás trabajando? -pregunté cruzándome de brazos.
Levantó la mirada lentamente, esos ojos oscuros escaneándome en menos de un segundo.
-Sí.
-¿Y nunca te cansas? Apenas te curaron el hombro hace unos días.
-El hombro aguanta.
Rodé los ojos. Qué conversación tan escasa. Me senté en una silla cerca de él, sin importarme si quería compañía o no.
-Llevo siete días aquí, encerrada como una prisionera. No puedo salir, no sé qué pasa, mi papá actúa como si fuera el jefe de algo que no quiero imaginar... -me detuve un instante, y no pude evitar decir lo que me rondaba la cabeza-. Y no dejo de pensar en lo que me dijiste el otro día.
Damián se puso rígido al instante. Desvió la mirada hacia la barda, pero su mandíbula se tensó más.
-No deberías pensar en eso -respondió con voz baja.
-¿Por qué? Porque es verdad? -insistí, mirándolo fijamente-. Me dijiste que mi padre tiene un pasado peligroso. Que hay negocios que traen sangre. ¿A qué te referías, Damián? ¿Qué es lo que no me quieren contar?
Se quedó en silencio, como si estuviera debatiéndose entre guardar el secreto o responder.
-Solo dije lo necesario -murmuró al final-. Cuanto menos sepas, más a salvo estás.
-Esa frase ya me la saben todos -dije con amargura-. Pero ¿y yo? ¿No tengo derecho a saber por qué quieren matarme? ¿Por qué mi propia vida cambió de un día para otro?
Por fin giró la cabeza hacia mí. Tenía ojeras marcadas, y en sus ojos vi algo: cansancio, pero también culpa.
-Tu padre tomó decisiones hace años. Decisiones que creyó que quedarían atrás, pero los problemas nunca mueren del todo. Solo esperan el momento para volver.
-¿Y tú? -pregunté, acercándome un poco más-. ¿Tú qué tienes que ver en todo esto? ¿Solo eres el que cobra por cuidarme, o también estás metido en ese mismo mundo?
Se quedó callado, y esa falta de respuesta fue más reveladora que cualquier palabra.
-Ya entendí por qué hablas tan poco -seguí diciendo-. Tienes demasiadas cosas que ocultar. Al igual que mi papá. Al igual que toda esta casa.
-No deberías intentar acercarte a mí -dijo de golpe, con un tono que no era enojo, sino advertencia.
-¿Por qué? ¿Porque también soy un peligro para ti o porque tú lo eres para mí?
-Las dos cosas.
Su respuesta me tomó por sorpresa. No lo decía para asustarme; lo decía como un hecho frío y duro.
Antes de que pudiera seguir preguntando, todo cambió en una fracción de segundo.
Damián giró bruscamente la cabeza hacia la barda del fondo. Su cuerpo se tensó como una cuerda de arco lista para disparar. La expresión relajada desapareció, sustituida por la de un depredador en alerta.
-¿Qué pasa? -pregunté con el corazón dando un vuelco.
-Entra a la casa -ordenó en voz baja y cortante.
-¿Qué viste?
No respondió. Simplemente avanzó rápido hacia la reja, llevando una mano hacia la espalda donde llevaba el arma. En menos de diez segundos, tres guardias más aparecieron corriendo hacia allá.
Yo no me moví. Me quedé con los pies pegados al suelo, viendo cómo saltaban la valla y regresaban un minuto después arrastrando a un hombre desconocido, con una cámara colgada del cuello.
-¡Soltadme! No hice nada -gritaba el hombre, pero su voz temblaba de miedo.
Damián le arrebató la cámara y revisó las fotos en segundos. Cuando levantó la mirada, tenía los ojos más oscuros que nunca.
-Estaba tomando fotos de toda la casa. Desde hace rato.
En ese momento salió papá, con pasos largos y firmes. Su sola presencia imponía más miedo que cualquier grito.
-Llévenlo a la oficina trasera -ordenó-. Y que nadie sepa que está aquí.
-¿Quién es? -pregunté con voz quebrada-. ¿Quién lo envió? ¿Es de los enemigos del pasado de los que hablaste, Damián?
Papá me miró, y por un instante vi algo en sus ojos: miedo. No por sí mismo, sino por mí.
-Sube a tu habitación, Emily. Ahora mismo.
-¡No! ¡Ya es suficiente de mentiras! Si me van a meter en esto, al menos déjame saber qué clase de infierno es.
-Porque cuanto menos sepas, más segura estarás -respondió con dureza, pero con voz que también se le quebraba un poco.
Me quedé callada, furiosa y confundida. Miré a Damián, que permanecía a un lado, inmóvil, pero observándome de reojo. Él sabía todo. Lo veía en su mirada.
Subí a mi habitación con la mente hecha un lío, repasando una y otra vez sus palabras. "Negocios que traen sangre... enemigos que no olvidan... eres su punto débil..."
Cuando ya era de noche, bajé a buscar algo de comer. La casa estaba en silencio, y en la cocina lo encontré otra vez: apoyado en la isla, tomando café negro, con la curita nueva en el hombro y el rostro marcado por el cansancio.
-¿Nunca duermes? -pregunté, rompiendo el silencio.
Levantó la vista, lento y pesado.
-Dormí un poco.
-¿Un poco? Por tu cara parece que hace semanas que no cierras los ojos -me acerqué y me senté frente a él, mirándolo directamente-. Damián, dime la verdad. Si pasa algo más hoy, quiero saber con claridad. ¿Esto recién empieza o ya estamos en medio de todo?
Se quedó en silencio, dando vueltas a la taza entre sus manos. Por un momento creí que no respondería, pero al final habló con voz grave y baja:
-Estamos en medio. Y lo peor no ha llegado todavía.
Sentí un escalofrío recorrerme entera. Justo en ese instante, un sonido metálico y leve llegó desde afuera: el roce de algo contra la barda.
En un segundo, Damián reaccionó. Se puso de pie de un salto -aunque se notó que le dolía el hombro-, sacó el arma con una fluidez aterradora y me empujó detrás de él, cubriéndome con su cuerpo.
-Quédate aquí, pegada a la pared -ordenó en un susurro helado.
-¿Hay alguien más? -pregunté con las piernas temblando.
-No lo sé -respondió sin apartar la mirada de la ventana-. Pero sea quien sea, ya sabe que estamos alerta. Y ahora tendrá que decidir: esperar el momento justo... o atacar antes de que sea demasiado tarde.
Y ahí, en la oscuridad, con las palabras de advertencia todavía resonando en mi cabeza, entendí que el peligro no se había ido - solo se había escondido, esperando la oportunidad perfecta.




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