La lluvia no paró en toda la noche.
La escuché golpear las ventanas con una furia constante, como si quisiera romper los cristales y entrar, mientras yo daba vueltas en la cama sin encontrar la postura para descansar. El sonido se mezclaba con el latido de mi propio corazón, que parecía estar siempre alerta, esperando algo que no sabía exactamente qué era. Y sinceramente, ya estaba empezando a odiar mi propia casa.
Todo se sentía demasiado silencioso en los momentos de calma, pero cargado de una tensión que flotaba en el aire como un humo invisible. Demasiado vigilado. Cada rincón, cada pasillo, cada ventana parecía tener ojos puestos sobre mí. Hasta respirar parecía un acto sospechoso, algo que debía hacer con cuidado para no llamar la atención.
Terminé quedándome dormida por agotamiento puro, como a las tres de la mañana, y cuando desperté… eran casi las once.
Perfecto.
Mi vida ya oficialmente consistía en dormir mal, tener pesadillas que no recordaba pero que me dejaban el pecho apretado, y existir encerrada entre cuatro paredes que cada día se sentían más pequeñas.
Me levanté arrastrando los pies hasta el baño, con los ojos pesados y el pelo revuelto. Me lavé la cara con agua fría intentando despejarme, pero la sensación de opresión no se iba. Terminé poniéndome ropa cómoda otra vez: un pantalón de chándal enorme gris, una sudadera azul oscura que me quedaba grande hasta las muñecas y calcetas de distinto color, porque honestamente ya no me importaba nada de mi apariencia ni de lo que pensaran.
Bajé las escaleras esperando encontrar la casa en esa calma rutinaria que ya se me hacía conocida. Pero apenas llegué al inicio del pasillo que daba a la zona de estudio, escuché voces saliendo del despacho de mi padre.
Fruncí un poco el ceño y me detuve en seco.
Normalmente él hablaba con tono serio pero contenido; nunca levantaba la voz ni dejaba ver lo que sentía. Ahora, en cambio, se notaba una aspereza en sus palabras que me hizo estremecer.
Me acerqué apenas unos pasos más, casi por instinto, sin querer escuchar pero sin poder evitarlo. La curiosidad y la desconfianza habían crecido tanto en mí que ya no podía ignorar nada.
—…quiero más seguridad. No me sirve lo que hay ahora.
Era mi padre. Sonaba molesto, muy molesto, con un tono que revelaba que algo le había fallado.
Otra voz respondió algo más bajo, apagado por la puerta cerrada, y no alcancé a distinguir las palabras. Pero después escuché esa voz grave, firme y fría que ya conocía demasiado bien: la de Damián.
—La seguridad ya está reforzada en cada acceso, en el perímetro exterior y en las cámaras. Hay hombres en cada punto de vigilancia.
—Entonces explícame cómo alguien logró entrar a mi propiedad sin que nadie se diera cuenta —replicó mi padre, y pude imaginar sus manos cerradas en puños sobre el escritorio.
Mi cuerpo se quedó quieto automáticamente, como si el suelo hubiera dejado de sostenerme. El recuerdo de lo que había pasado días atrás volvió con fuerza: el ruido en la noche, la sensación de que alguien estaba cerca, el miedo que me había paralizado.
Hubo unos segundos de silencio, pesados y largos.
—No volverá a pasar. He cambiado los turnos, revisado cada punto débil y puesto controles más estrictos. Nadie vuelve a cruzar esta línea sin que lo sepamos.
Escuché a mi padre soltar una pequeña risa seca, amarga.
—Eso espero, Damián. Porque si vuelve a fallar, no habrá segundas oportunidades para nadie.
No sé por qué seguí escuchando. Tal vez porque últimamente sentía que todos a mi alrededor ocultaban algo, como si vivieran en una historia que yo no tenía derecho a leer. Tal vez porque estaba cansada de que me trataran como si fuera una niña pequeña que no podía entender el peligro, como si mantenerme en la ignorancia fuera la única forma de protegerme.
—La universidad ya preguntó por ella varias veces —continuó mi padre, bajando un poco el tono pero sin perder la severidad—. Sus profesores llaman, sus amigos preguntan cuándo volverá.
Mi corazón dio un pequeño salto dentro del pecho. Por un momento olvidé estar espiando y me quedé pegada a la pared, con la respiración contenida.
—No puede quedarse encerrada para siempre —dijo entonces Damián.
Esas palabras me sorprendieron tanto que casi no pude creerlas. No esperaba escucharlo decir algo así; siempre parecía estar de acuerdo con cualquier medida que significara más control, más distancia, más aislamiento.
Mi padre respondió casi inmediatamente, sin dudar:
—Es mejor eso a correr riesgos innecesarios. Mientras no sepamos quién anda detrás de nosotros y qué quieren, aquí está más segura.
Después escuché pasos acercándose hacia la puerta del despacho.
Y reaccioné rápido.
Me alejé como si nunca hubiera estado ahí, caminando con pasos ligeros pero decididos, y entré en la cocina fingiendo total normalidad. Abrí el refrigerador distraídamente, mirando sin ver nada entre las botellas y recipientes, justo cuando Damián apareció en el marco del pasillo.
Su mirada se cruzó inmediatamente con la mía.
Seria. Atenta. Analizándome de arriba abajo en un segundo, como si estuviera intentando descubrir si había escuchado algo, si había notado la tensión que todavía flotaba en el aire.
Tomé una botella de jugo de naranja con una mano, tratando de que no se me notara el ligero temblor.
—Buenos días, señor amargado —dije con tono relajado, forzando una sonrisa.
Silencio. Solo me observaba, sin moverse casi.
Claro. Nada nuevo.
Cerré la puerta del refrigerador rodando los ojos, intentando romper esa atmósfera densa.
—De verdad, un día voy a encontrar la forma de hacerte sonreír aunque sea por accidente. Quizás te caiga algo encima o te pise un perro. Algo tiene que funcionar.
Damián caminó hacia la cafetera que estaba en la esquina de la barra, sin responder nada, pero noté que seguía observándome de reojo, sin apartar la vigilancia ni un instante. Y eso me dio ganas de molestarlo más, de sacarlo de esa coraza que siempre llevaba puesta.