Entre el amor y el silencio

CAPÍTULO 06

No sabía qué era peor: que Damián hablara con tanta seriedad, o que en cuanto lo escuché, sintiera que el suelo se me iba de bajo los pies.
Ya no parecía exageración, ni paranoia de alguien que vio demasiado peligro. Ahora lo sentía real. Y odiaba esa sensación con todo el alma.
—¿Ni un segundo? —repetí intentando sonar tranquila.
—Ni uno —respondió sin titubear.
Rodé los ojos para aliviar la tensión.
—Perfecto. Ahora somos una comedia rara.
Nada. Ni una sonrisa, ni un gesto. Ese hombre tenía el sentido del humor de una roca.
Quise pasar a mi habitación, pero en cuanto me moví, él dio un paso para seguirme automáticamente. Me detuve de golpe.
—¿Sabes? Eso es justo lo que hacen los tipos raros en las películas.
—Es mi trabajo.
—Tu trabajo también parece ser arruinarme la vida.
Me ignoró como siempre. Entré a mi cuarto frustrada y me dejé caer en la cama, mientras él se quedaba cerca de la puerta vigilando el pasillo.
—¿También vas a vigilar que duerma o me queda algo de privacidad? —le pregunté.
—No exageres.
—¿Exagerar? ¡Me sigues hasta la cocina cuando solo voy por agua!
—Porque intentaron matarte hace una semana.
Sus palabras apagaron mi sarcasmo al instante. El silencio cayó pesado. Esa verdad volvió a golpearme fuerte. Me senté y abracé la almohada con fuerza.
—No quiero vivir así.
—A mí tampoco.
Levanté la mirada sorprendida. Por primera vez no hablaba como guardaespaldas ni cumpliendo órdenes. Solo se veía cansado. Demasiado. Ojeras marcadas, hombros siempre tensos, nunca relajado del todo.
—¿Cuánto hace que no descansas de verdad?
—Estoy bien.
—Eso no es respuesta.
Suspiré y me recosté otra vez.
—Algún día te sacaré las respuestas a la fuerza.
—Mucha suerte con eso.
Me incorporé de golpe con los ojos abiertos.
—¡Eso fue sarcasmo! ¡Te escuché!
Intentó ocultar la mínima sonrisa que se le escapó, pero ya era tarde. Sonreí yo también.
—Sí tienes personalidad, solo está muy bien escondida.
Por unos segundos todo se sintió extrañamente normal… hasta que sonó mi celular. Era Emma. Contesté rápido.
—¡Por fin respondes! —gritó ella.
—Hola a ti también.
—Emily, llevas desaparecida días. Ethan ya dice que te metieron en un culto.
Reí bajito.
—No estoy secuestrada.
Damián me miró de reojo. Emma siguió hablando sin parar.
—Necesito verte. Me muero en estadística y además extraño tus quejas.
—Yo también extraño salir.
—¡Entonces escápate!
Sin pensarlo, miré directamente a Damián. Él ya tenía esa expresión: seria, atenta, como si ya supiera lo que venía. Se me ocurrió una idea loca. Una muy mala idea.
—Emma… ¿qué tan rápido puedes llegar?
La mirada de Damián se endureció al instante.
—Emily —dijo en voz seca.
—¿Solo café o escapada completa? —preguntó ella.
—Emily —repitió él, más fuerte esta vez.
Emma soltó una carcajada.
—¡Sabía que estabas con el guardaespaldas!
—¿Tienes guardaespaldas? —se oyó la voz de Elli de fondo—. ¡Eso es lo más rico que he oído!
—¡Cállate! —le gritó ella.
Me paré y caminé despacio hacia Damián, todavía hablando por teléfono.
—Quiere venir un rato.
—No.
—Ni siquiera expliqué bien.
—La respuesta sigue siendo no.
Emma seguía riéndose.
—Me cae bien ese hombre.
—A mí no, es un estricto.
Damián soltó aire, perdiendo la paciencia.
—No pueden acercarse.
—¿Cinco minutos nada más?
—No.
—¿Tres?
—No.
—¿Uno y medio?
Emma ya se reía a carcajadas.Al igual que Ethan y Elli
—Parecen pareja peleando.
Me dio risa también… hasta que escuchamos un golpe fuerte abajo. Algo pesado cayendo.
Todo se quedó en silencio de golpe. La cara de Damián cambió en una fracción de segundo: se le borró cualquier rastro de calma y quedó solo alerta, frío, peligroso.
Me quitó el teléfono de un movimiento rápido.
—Enciérrate aquí y no salgas.
Colgó y salió corriendo.
—¡Damián! —grité, pero ya no estaba.
Mi corazón empezó a latir descontrolado. Escuché pasos corriendo, voces confusas y después gritos que no entendía.
No podía quedarme ahí sentada. Salí corriendo al pasillo y vi a dos guardias bajando las escaleras a toda prisa. Todo abajo era caos: luces moviéndose, sombras, mi padre hablando fuerte cerca de la entrada. Y entonces vi cómo Damián sacaba una pistola con un movimiento tan rápido que parecía parte de él.
Me quedé paralizada. Era la primera vez que lo veía así, de verdad, no en películas.
—¡Por atrás! —gritó alguien desde afuera.
Damián giró en el acto y salió corriendo hacia el jardín. Unos segundos después retumbó un disparo seco, fuerte, que hizo que se me detuviera el corazón.
Antes de que pudiera reaccionar, él volvió a entrar arrastrando a un hombre que casi no podía caminar, con sangre en la cara y la ropa rasgada. El tipo se retorcía intentando soltarse.
—¡Suéltame, maldito!
Damián lo lanzó contra el suelo con tanta fuerza que el ruido resonó en toda la sala. Nunca lo había visto así: implacable, duro, sin ninguna compasión. Como si todo ese tiempo tranquilo hubiera sido solo una máscara.
Mi padre bajó corriendo.
—¿Quién es?
—Estaba vigilando la casa. Intentó huir —respondió Damián sin soltarlo del cuello.
El hombre escupió sangre y soltó una risa nerviosa.
—Ya no sirve de nada. Ya los encontraron.
Se hizo un silencio helado. Sentí un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza.
—¿Quiénes? —preguntó mi padre.
El desconocido levantó la vista y me miró directamente a mí, con una sonrisa horrible.
—A la niña.
Retrocedí de golpe. Damián lo golpeó contra el suelo otra vez.
—¡Mírame a mí cuando hablas!
El ambiente se puso tenso hasta el límite. Hasta los guardias se pusieron en guardia.
—¿Quién te mandó? —preguntó mi padre con voz grave.
El tipo no respondía, solo sonreía. Eso hizo que Damián perdiera lo poco que le quedaba de paciencia. Lo levantó del suelo agarrándolo de la camisa.
—Última vez que lo pregunto. ¿Quién te envió?
Su voz sonaba baja, controlada, pero cargada de una furia que daba miedo. El hombre tragó saliva y por primera vez se le notó el miedo en la cara.
—No… no sé su nombre… pero trabajan para los Beltrán.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Vi cómo mi padre cerró los ojos un segundo, como si esa fuera la respuesta que más temía. Damián apretó los dientes con fuerza; su mandíbula marcada y sus ojos oscuros dejaban ver que ese nombre significaba algo personal, algo muy malo.
—Llévenselo —ordenó mi padre.
Dos guardias se lo llevaron arrastrado mientras seguía murmurando cosas que ya no entendíamos. Mi madre apareció en ese momento, pálida y temblando.
—¿Qué está pasando? ¡Alguien me lo explique!
—Sube a tu habitación, Emily —me dijo mi padre de inmediato.
Lo miré con incredulidad.
—¿Otra vez? ¡No! Ya no quiero que me oculten todo. ¡Ya no soy una niña!
—Emily…
—¡No! Entraron a la casa, hay armas, disparos y todos actúan como si nada pasara. ¡Quiero saber la verdad!
Sentí una mano suave pero firme rodear mi muñeca. Era Damián. No me agarraba con fuerza, solo intentaba calmarme.
—Ven un momento.
—¿Qué está pasando? —le pregunté mirándolo fijamente—. Y no me digas que “nada”, porque se nota que todo está mal.
Me sostuvo la mirada, serio y cansado.
—Es mejor que no lo sepas.
—¡Esa respuesta ya no me sirve! —grité soltándome—. ¡Estoy harta de que me traten como si no pudiera entender nada!
—Estoy intentando protegerte —dijo él, levantando un poco la voz también.
—¡Pues hazlo explicándome, no tratándome como un estorbo!
Sus ojos se oscurecieron un poco más.
—No entiendes lo peligroso que es esto.
—¡Cómo voy a entenderlo si nadie me dice nada!
—¡Porque si lo sabes podrías terminar muerta!
Se quedó callado al instante, como si no hubiera querido decirlo tan claro. Yo me quedé sin aire, con el corazón a punto de salírseme del pecho.
Y justo en ese momento, afuera retumbaron varios disparos seguidos, fuertes y cercanos. Mi madre gritó asustada.
—¡Al suelo! —gritó uno de los guardias.
Una ventana del comedor estalló en mil pedazos.
—¡Mamá! —grité al verla caer cubriéndose con las manos.
Damián reaccionó en una fracción de segundo: me agarró del brazo, me pegó a su cuerpo y levantó el arma con la otra mano.
—¡Tenemos que movernos ya!
—¡No sin mi familia!
—Tu padre los sacará por otro lado.
Intenté soltarme, pero me sostuvo con firmeza sin lastimarme. Afuera se escuchaban más disparos, pasos corriendo y gritos. El caos era total.
Otro disparo pasó muy cerca, haciendo que las paredes vibraran. Sentí el miedo más fuerte que nunca en mi vida. Damián me cubrió completamente con su cuerpo, protegiéndome con el suyo como un escudo.
—¡Escucha bien! —me dijo mirándome a los ojos—. Si te quedas aquí, no puedo defenderte de todos a la vez. No puedo protegerte si no me dejas sacarte de aquí.
Sus palabras sonaban desesperadas, pero firmes. Miré hacia atrás: mi padre intentaba levantar a mi madre mientras los guardias respondían a los disparos.
—¡Llévatela! —me gritó mi padre con la voz quebrada—. ¡Nosotros vamos detrás!
—¡No! —lloré.
—¡Ya! —ordenó Damián.
Me tomó de la mano con fuerza y comenzó a correr arrastrándome hacia el pasillo trasero. Las luces parpadeaban, la alarma sonaba ensordecedora y detrás de nosotros se oían más explosiones secas y vidrios rompiéndose.
—¡La salida de atrás está bloqueada! —gritó por su audífono.
Se detuvo en seco, con la respiración agitada. Me miró y vi algo que nunca había visto: un rastro de miedo real en sus ojos.
—Entonces corremos hacia el sótano —dijo decidido—. Es el único refugio seguro que nos queda.
Apretó más mi mano y aceleró el paso. Afuera seguía la batalla, pero ahora solo pensaba en seguirlo, en confiar en él, aunque todo a mi alrededor se estuviera derrumbando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.