Dos semanas.
Catorce días exactos desde que salimos corriendo de mi casa entre bullets, gritos y el sonido de mi propia madre pidiéndome que me fuera. Catorce días encerrada en un motel viejo, perdido al borde de una carretera solitaria, en un lugar que ni siquiera aparece en los mapas que yo conocía.
Dos semanas sin saber nada.
Nada de mi mamá. Nada de mi papá. Nada de la casa que conocía desde niña. Nada de mis amigos, de la universidad, de mi vida anterior.
Absolutamente nada.
Y sinceramente… ya sentía que me estaba volviendo loca.
El lugar era pequeño, frío y olía a humedad vieja, tabaco y lluvia que no terminaba de secarse. Las paredes tenían manchas oscuras, las luces parpadeaban como si fueran a apagarse en cualquier momento y el aire acondicionado sonaba como un motor a punto de romperse. Afuera, los coches pasaban de vez en cuando iluminando las cortinas con luces blancas que se movían por toda la habitación.
No parecía un lugar donde alguien como yo terminara viviendo.
Pero ahí estaba.
Encerrada. Otra vez.
Solo que esta vez ya no eran reglas sin sentido. Esta vez sí tenía razones reales para sentir que el peligro me respiraba en la nuca.
Estaba sentada en el borde de una de las camas, viendo el techo mientras movía distraídamente una cuchara dentro de un vaso de fideos instantáneos que ya se habían enfriado por completo. Ni siquiera tenía hambre; el estómago se me había cerrado hacía días por la ansiedad.
Damián había salido hacía casi una hora. Como siempre. Él era el único que podía salir. A veces volvía con comida, otras con ropa, medicinas o cosas básicas. Nunca explicaba mucho, solo desaparecía y regresaba como si supiera moverse entre las sombras sin que nadie lo notara.
Yo ya había perdido la cuenta de cuántas veces le había preguntado por mi familia.
Y su respuesta siempre era la misma: “Todavía no hay noticias claras”.
Dios. Odiaba esa frase más que cualquier otra en el mundo.
Suspiré con frustración y dejé el vaso a un lado, mirando mi celular apagado sobre la mesa. Sin señal, sin batería, sin nada. Damián no me dejaba encenderlo bajo ninguna circunstancia: decía que cualquier señal, por mínima que fuera, podía delatar nuestra ubicación. Así que mi único contacto con el mundo exterior era una televisión antigua que solo captaba tres canales con interferencia.
Definitivamente, este era mi infierno personal.
Escuché pasos lentos pero firmes acercándose desde afuera. Automáticamente me tensé entera, con el corazón dando un salto. Ya me había acostumbrado a reaccionar así ante cualquier ruido, por leve que fuera.
La puerta se abrió despacio y entró él.
Sudadera negra con la capucha puesta, gorra gris cubriéndole parte de la cara, una mochila al hombro y esa expresión impasible que ya reconocía de memoria. Antes de cerrar, echó una mirada rápida al pasillo, revisó el cerrojo dos veces y luego descorrió un poco las cortinas para ver la calle. Lo hacía cada vez que entraba, como si llevara incorporado ese instinto de alerta que no podía apagar.
—Traje comida y algo más de ropa —dijo en voz baja, dejando la mochila sobre la mesa.
—Qué emoción. Mi evento favorito del día —respondí con sarcasmo, dejándome caer de espaldas sobre la cama con los brazos cruzados.
Me miró apenas de reojo mientras sacaba lo que traía.
—También conseguí café de verdad. No ese polvo que sabía a cartón.
Eso sí me hizo sentar de golpe, casi sin pensarlo.
—¿Café real? ¿De los que huelen a kilómetros?
Asintió con un movimiento breve de cabeza.
—Mientras no hagas berrinche si no sabe igual que en tu cafetería favorita.
—No me conoces lo suficiente. Si es malo, sí lloraré.
No respondió, solo siguió sacando cosas: agua embotellada, vendas, analgésicos y un par de prendas dobladas. Miré las sudaderas nuevas con desánimo.
—¿Otra vez ropa enorme? Con esto parezco una bolsa de ropa con pies.
—Es cómoda, abriga y no llama la atención. Justo lo que necesitamos —contestó sin levantar la vista.
—También parezco una adolescente perdida y deprimida.
—Ya parecías eso antes de cambiarte —soltó sin pensarlo, y solo después de decirlo se dio cuenta de lo que había dicho.
Abrí los ojos sorprendida y lo señalé con el dedo.
—¡Oye! Eso fue grosero. ¡Definitivamente te escuché!
Pero él ya se había sentado en la silla cerca de la puerta, de espaldas a la luz, y sacaba su arma para revisarla con movimientos rápidos y automáticos.
Verlo hacer eso todavía me ponía nerviosa. Desde lo que pasó en casa, ya no veía esa pistola como algo de película; sabía lo que podía hacer, lo que había hecho para sacarnos de ahí con vida. Y lo más inquietante: nunca se separaba de ella. Ni para dormir, ni para comer, ni siquiera para ir al baño.
Me quedé observándolo en silencio un rato. Las ojeras bajo sus ojos eran más marcadas que cuando llegamos, tenía un corte seco en la mejilla y sus hombros seguían rígidos, como si llevara el peso de todo el mundo encima. Parecía que el cansancio nunca lo alcanzaba del todo.
—Damián… —llamé en voz baja.
—Dime.
—¿Alguna vez descansas de verdad?
—Cuando hace falta.
—Mentira. Creo que duermes menos de tres horas cada noche.
No respondió, solo siguió limpiando el arma con un paño pequeño.
Me acerqué despacio y me senté en la otra cama, quedando frente a él. Sentía que había algo en el aire, algo que nos estábamos ocultando mutuamente desde que empezó todo.
—Oye… insisto. ¿De verdad no tienes ninguna noticia de mis papás? Ni un mensaje, ni una pista, nada?
Esta vez sí detuvo lo que hacía y levantó la mirada hacia mí. Y en sus ojos oscuros vi algo que me hizo dudar: preocupación, miedo contenido y una carga que no quería compartir.
—Estoy moviendo todos los contactos que tengo. Pero todo está muy callado. Cuando las cosas se ponen así de silenciosas, suele significar que están organizándose para algo más grande.
—Eso no responde mi pregunta —insistí, con un nudo formándose en la garganta—. ¿Están bien? ¿Siguen con vida?
Se quedó en silencio unos segundos, como si sopesara qué palabras usar para no asustarme más.
—Si hubiera pasado algo definitivo, ya lo sabríamos. Los Beltrán no suelen dejar pruebas ocultas mucho tiempo.
Esa frase no me tranquilizó como él quería. Al contrario, escuchar ese nombre otra vez me hizo recordar el miedo que sentí en mi propia sala. Me temblaron un poco las manos al hablar.
—Los extraño… mucho. Siento que me abandonaron, aunque sé que no es así. Siento que ya no tengo nada seguro.
Mi voz se quebró un poco, pero ya no me importaba fingir que era fuerte. Estaba agotada de guardarme todo.
Damián suspiró bajito, por primera vez relajando un poco la postura.
—Tu madre es una mujer muy inteligente, sabe protegerse. Y tu padre… —se detuvo un instante, apretando la mandíbula—. Tu padre lleva años preparándose para algo así. Sabe cómo moverse en este mundo.
—¿En este mundo? —repetí, inclinándome hacia adelante con la mirada fija en él—. ¿A qué mundo te refieres? ¿Cuántas veces le han pasado cosas como esta? ¿Por qué de pronto tenemos enemigos que quieren matarnos?
Ahí lo vi cambiar. La tensión volvió a subir en él de golpe, como si hubiera dicho más de lo permitido. Desvió la mirada hacia la ventana, evitando la mía.
—Emily, hay cosas que no te explican para protegerte.
—¡Ya no quiero protección a base de mentiras! —levanté un poco la voz, pero sin gritar—. Desde que me dijeron el nombre de los Beltrán siento que todo cambió. Dime la verdad: ¿quién es realmente mi padre? ¿Qué negocios tiene? ¿Es acaso… un criminal?
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier respuesta. El aire se volvió denso, irrespirable. Yo lo sabía. En el fondo, desde hace tiempo, tenía esa sospecha rondando en mi cabeza, pero nunca me había atrevido a decirlo en voz alta.
Damián volvió a mirarme y esta vez no había frialdad en su rostro, solo un cansancio infinito.
—Emily, escúchame. Tu padre tomó decisiones hace mucho tiempo pensando en mantenerlos a ti y a tu madre lejos de todo esto. Pero cuando haces tratos con ciertas personas, tarde o temprano las cuentas hay que pagarlas.
—¿Qué tratos? ¿Qué entregó que no debía, como dijo ese hombre en mi casa?
Antes de que pudiera responder, todo cambió de golpe.
Escuchamos pasos pesados acercándose al otro lado de la puerta.
Luego tres golpes secos y firmes, sin ritmo, sin cortesía.
Los dos nos quedamos inmóviles al instante. Mi corazón se detuvo por un segundo y luego empezó a latir con tanta fuerza que sentía que me retumbaba en los oídos.
Damián reaccionó en menos de un segundo, como si el peligro fuera parte de su instinto. Se levantó despacio, agarró su arma con ambas manos y me hizo una señal rápida con la cabeza hacia el fondo de la habitación: “Aléjate, no hagas ruido”.
Esta vez no discutí. No tenía ganas de pelear ni de ponerlo a prueba. Sabía muy bien lo que significaba esa mirada suya: que estábamos en peligro otra vez. Y muy cerca.
Apagó la lámpara principal dejando solo una luz tenue que entraba desde afuera por las rendijas de las cortinas.
—¿Quién es? —preguntó con voz tranquila, pero lo suficientemente fuerte para que lo escucharan.
—Servicio de limpieza —respondió una voz masculina desde afuera.
Damián me miró un instante, y en sus ojos leí lo que él ya sabía: mentira. Eran casi las once de la noche. Nadie limpiaba habitaciones a esa hora, y menos en un motel tan descuidado como ese.
Sin hacer ruido, quitó el seguro del arma con un pequeño clic metálico que a mí me sonó como un trueno. Se movió pegado a la pared, fuera de la línea de visión de quien estuviera afuera, y me hizo señas hacia el baño.
—Métete ahí. Cierra la puerta con seguro y no salgas hasta que yo te diga.
—Pero Damián…
—¡Ahora, Emily! —su voz sonó firme, sin dejar lugar a dudas.
Tragué saliva y corrí despacio hacia el baño pequeño, cerrando la puerta tras de mí con mucho cuidado y poniendo el cerrojo. Me quedé pegada a la pared, con la mano en la boca para no respirar fuerte, escuchando cada movimiento del otro lado.
Pasaron unos segundos que se sintieron como horas.
Entonces escuché cómo la cerradura de la puerta principal comenzaba a moverse. Alguien la estaba forzando con herramientas.
Un clic seco. La puerta se abrió lentamente, rechinando apenas.
—Está vacía —dijo otra voz, más grave que la primera.
No hubo respuesta de Damián. Solo silencio absoluto.
De pronto, todo estalló.
Escuché un golpe fuerte, el sonido de un cuerpo chocando contra la madera, un disparo amortiguado y luego gritos de sorpresa y dolor. Se oían muebles arrastrándose, patadas, golpes secos y cristales rompiéndose. Todo era confusión y caos.
Yo me agaché en un rincón, temblando sin control, esperando en cualquier momento que alguien derribara también la puerta del baño.
De repente, todo se calló de golpe.
El silencio más aterrador de todos.
—Emily —llamó Damián, con voz ronca pero firme.
Abrí el cerrojo y salí corriendo, y lo que vi me hizo quedarme paralizada en el umbral.
La habitación parecía un campo de batalla. Había un hombre inconsciente en el suelo, otro agarrándose el hombro con una herida sangrante y un tercero arrodillado contra la pared, con la cara golpeada y Damián apuntándole directamente a la cabeza, con el brazo firme y sin temblar. Damián tenía un corte en la frente y sangre seca en la comisura del labio, pero seguía de pie, imponente y lleno de furia.
—¿Quién los mandó? —preguntó con voz baja y helada.
El hombre arrodillado escupió sangre al suelo y soltó una risa nerviosa.
—No te servirá de nada. Ya saben que estás aquí. Te van a encontrar donde sea que te escondas.
Sentí cómo la piel se me erizaba completa. Damián dio un paso más hacia él, sin bajar el arma.
—Te haré la última pregunta antes de que pierda la paciencia: ¿qué quieren?
El tipo levantó la mirada y me miró directamente a mí, con una sonrisa que me heló la sangre.
—Lo que dije en tu casa, chica. Tu padre entregó algo que no le pertenecía. Y ahora los Beltrán quieren recuperar lo que es suyo… y cobrar los intereses. Dicen que tú vales mucho más viva que muerta, pero si hace falta… no dudarán en usar la otra opción.
Me quedé sin aire, sin poder moverme ni hablar. Damián apretó la mandíbula con tanta fuerza que sus venas se marcaron en el cuello.
—No la mires. Nunca más vuelvas a mirarla.
—¿Por qué te importa tanto? —le escupió el hombre—. Sabes que esto no tiene vuelta atrás. Desde que aceptaste proteger a la hija de un traidor, ya estás en su lista también.
Y en ese momento, al ver la expresión de Damián, entendí algo que nunca habría imaginado: él no estaba solo protegiéndome por un trabajo. Él también estaba metido en esto hasta el cuello.
Y no teníamos salida.