Entre el amor y el silencio

CAPÍTULO 08

No recuerdo cuánto tiempo me quedé allí parada, congelada en medio de la habitación destrozada. Para mí no fueron segundos ni minutos; fue como si el tiempo se hubiera detenido al escuchar aquellas palabras: “Tu padre entregó algo que no debía”.
Todo volvía siempre a él. Las mentiras, el peligro, los hombres armados, la huida constante. Cada pieza de este rompecabezas sangriento tenía su origen en la vida que mi familia me había ocultado durante años.
El desconocido seguía sonriendo, a pesar de tener la cara cubierta de sangre y la respiración agitada. Me aterraba ver con qué naturalidad podía mirarme a los ojos mientras nos amenazaba.
Damián estaba inmóvil, rígido como una estatua de acero, con el arma apuntándole al pecho sin el menor temblor. Su mirada era fría, vacía, mortal.
—¿Qué entregó? —pregunté, y mi voz salió más débil y rota de lo que quería.
El hombre giró lentamente la cabeza hacia mí, y su sonrisa se ensanchó con malicia.
—¿No te lo dijo? Claro que no. Los secretos son lo único que mantiene con vida a gente como tu padre… por un tiempo.
—¡Te he preguntado qué fue lo que entregó! —grité esta vez, sintiendo cómo la rabia y el miedo me subían por la garganta hasta quemarme.
—Niña, tú no sabes absolutamente nada de lo que pasa realmente en tu casa. Viviste en una burbuja de cristal mientras tu padre hacía negocios con fuego. Y ahora, el fuego ha venido a buscarte a ti también.
Sentí que el estómago se me revolvía con tanta fuerza que creí que iba a desmayarme. Era verdad. No sabía nada. Ni de su trabajo, ni de sus enemigos, ni de por qué teníamos que correr por nuestras vidas.
—Ya basta —cortó Damián con una voz tan baja y afilada que heló el aire de toda la habitación. Dio un paso adelante, cerrando la distancia.
—¿Qué vas a hacer? ¿Seguir protegiéndola de la verdad hasta que sea demasiado tarde? —se burló el hombre—. Pronto se dará cuenta de que está del lado equivocado.
Antes de que pudiera seguir hablando, Damián se movió con una velocidad que apenas pude registrar. Con un golpe seco y preciso en la sien, el hombre cayó al suelo pesadamente, inconsciente al instante.
El silencio volvió de golpe, pero era un silencio tenso, pesado, roto solo por el golpeteo furioso de la lluvia sobre el techo de chapa y por mi propia respiración agitada que resonaba en mis oídos.
—Emily —me llamó Damián, bajando el arma lentamente y acercándose un poco, con una mirada llena de alerta.
Pero yo no podía mirarlo. Tenía la vista fija en el suelo, con las palabras dando vueltas una y otra vez en mi cabeza.
—¿Qué entregó mi papá? —repetí, casi en un susurro desesperado—. Dime qué es lo que nos ha metido en todo esto.
Silencio. El mismo silencio que me había acompañado desde que empezó la pesadilla.
—Damián, por favor… ya no aguanto más mentiras.
Soltó un suspiro profundo, de frustración contenida, y pasó una mano por su cabello despeinado. Por primera vez vi en su rostro una confusión que no le conocía.
—Te lo juro que no lo sé. Tu padre nunca me dio todos los detalles, solo órdenes. Ahora que todo se está desmoronando, hasta yo tengo más dudas que respuestas.
Lo miré fijamente, buscando algún indicio de engaño, pero su mirada era honesta, igual de perdida y cansada que la mía.
Sin perder más tiempo, guardó el arma y comenzó a revisar con rapidez y precisión los bolsillos y ropa de los tres hombres tirados en el suelo, buscando cualquier pista que explicara cómo habían logrado encontrarnos.
Yo me quedé allí, inmóvil, intentando encontrarle sentido a todo. ¿Qué clase de hombre tenía escondites secretos, enemigos dispuestos a matar y personas dispuestas a morir por protegerlo?
—Nos vamos —dijo de pronto, levantándose de un salto con una expresión endurecida al máximo.
Parpadeé, volviendo a la realidad.
—¿Ahora mismo?
—¡Ya nos encontraron aquí! —respondió con brusquedad, sin gritar pero con una intensidad que me hizo estremecer—. Si lograron dar con este lugar, significa que no estamos a salvo en ninguna parte si nos quedamos esperando. Tenemos que movernos ya.
Sentí un cansancio aplastante caer sobre mis hombros, como si me arrastraran cadenas invisibles.
—¿Otra vez corriendo? ¿No podemos detenernos en ningún sitio? ¿Siempre vamos a tener que huir?
—Mientras nos sigan buscando, sí —contestó con crudeza, sin dejar espacio a quejas.
Genial. Esa era nuestra nueva vida: correr, esconderse, vigilar las sombras y volver a correr.
Recogí mi pequeña mochila con manos temblorosas, mientras él reunía lo poco que teníamos con movimientos rápidos y eficientes. Nada de más: ropa, medicinas, documentos y dinero. Vivíamos como si en cualquier segundo tuviéramos que dejarlo todo atrás.
Quince minutos después estábamos afuera, bajo una lluvia helada que nos empapaba en cuestión de segundos. El estacionamiento estaba casi vacío, solo iluminado por un letrero viejo que parpadeaba con luces rojas y azules que se reflejaban en los charcos.
Subimos a una camioneta gris, sin marcas ni luces llamativas, que estaba estacionada en el rincón más oscuro.
—¿De dónde salió esto? —pregunté mientras me abrochaba el cinturón con dedos entumecidos.
—La conseguí ayer, por si teníamos que salir de urgencia —respondió, encendiendo el motor que rugió bajo la lluvia—. No aparece en ninguna lista. Nadie la busca.
—Así que siempre tienes todo listo para escapar —comenté con amargura, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi pecho.
—Solo hago lo necesario para mantenerte con vida —replicó, mirándome un instante antes de salir a la carretera. Su voz era firme, cargada de una responsabilidad que parecía pesarle demasiado.
El viaje comenzó en un silencio denso, roto solo por el sonido de los limpiaparabrisas moviéndose de un lado a otro. Las luces de la carretera pasaban como rayos difusos a través del cristal empapado. Yo miraba hacia afuera, pero mi mente no paraba de dar vueltas.
De pronto, vi algo que me hizo hablar:
—Damián.
—Dime.
—Tu labio… se ha vuelto a abrir. Sangra mucho.
Se pasó la lengua por la herida sin darle importancia, pero vi cómo apretaba los dientes por el dolor.
—No es nada. Solo un golpe.
—¿De verdad? —levanté la voz, llena de frustración y rabia contenida—. Además del labio, tienes un corte profundo en la mejilla, un moretón enorme en el cuello y los nudillos tan hinchados que apenas puedes agarrar el volante. ¡Claro que no es nada! Siempre dices lo mismo, siempre ocultas todo, siempre actúas como si fueras de acero.
Se quedó en silencio, con la mandíbula tan tensa que se le marcaban los músculos. No respondió, pero supe que me estaba escuchando con atención.
Entonces reuní todo el valor y la rabia que llevaba guardada para hacerle la pregunta que me atormentaba desde hacía días, la que resonaba más fuerte que cualquier disparo:
—Damián… dime una cosa.
—¿Qué? —respondió, con la voz grave y baja.
—¿Por qué te quedaste?
Me miró de reojo, confundido, y apretó aún más el volante.
—¿A qué te refieres?
—A esto —dije, señalando con la mano todo lo que nos rodeaba—. Al peligro, a las balas, a tener que esconderte y pelear cada día. Tú eres libre, ¿no? Podrías irte a donde quisieras, desaparecer, empezar una vida tranquila lejos de todo este caos. No tienes ninguna obligación con nosotros. Podrías haber renunciado, haberte marchado en cualquier momento y olvidarte de todo esto. ¡Muchos otros lo habrían hecho hace mucho tiempo! ¿Por qué sigues aquí arriesgando tu vida por nosotros?
El silencio que siguió fue pesado, cargado de una tensión que parecía estirarse hasta romperse. Él miraba fijamente la carretera, con la expresión más cerrada y dura que le había visto nunca.
—Porque tengo un compromiso —respondió al final, con una voz profunda y controlada, pero llena de intensidad.
—¿Un compromiso? —repetí, casi gritando por la desesperación—. ¿Y vale la pena pagar con tu vida por un trabajo? ¡Esto no es un trabajo normal! Es una sentencia de muerte. Podrías estar a salvo ahora mismo, pero en cambio estás aquí metido en el mismo infierno que nosotros. ¿Por qué?
Se giró hacia mí por un segundo, y en sus ojos vi una mezcla de rabia, cansancio y una lealtad que no entendía.
—No es solo un trabajo —respondió con firmeza—. Hay razones que tú todavía no entiendes, pero son suficientes para que no me vaya. Mientras esté aquí, sé que puedo impedir que te pase algo peor. Eso es lo único que importa ahora mismo.
No me dio explicaciones claras, no me contó nada de su vida o su pasado —como yo quería—, pero en sus palabras había una verdad tan sólida que me dejó sin réplica. Se quedó callado de nuevo, y yo también, sintiendo cómo el miedo y la confusión se mezclaban con una sensación extraña de seguridad, solo por tenerlo cerca.
Una hora después, a lo lejos, comenzaron a aparecer las luces tenues de una pequeña ciudad. Parecía tranquila, alejada de todo, el lugar perfecto para pasar desapercibidos. O al menos, eso queríamos creer.
Las luces de la ciudad se iban haciendo más nítidas a medida que avanzábamos, pero la tensión en el interior de la camioneta no bajaba ni un grado. Cada sombra en la carretera, cada coche que pasaba, me hacía tensar los músculos y agarrarme fuerte al asiento.
—¿A dónde vamos exactamente? —pregunté, rompiendo el silencio con voz suave pero llena de inquietud.
—A una casa segura —respondió él, reduciendo la velocidad al salir del camino principal—. Un lugar que tu padre preparó hace años, solo lo conocen las personas más cercanas. Nadie debería saber que existe.
Nadie debería saber, repetí en mi cabeza. Ya no me sorprendía nada. Todo parecía estar diseñado para ocultarse, para huir, para sobrevivir.
Dejamos atrás las calles iluminadas y entramos en un camino de tierra flanqueado por árboles altos que cerraban el paso de casi toda la luz. La oscuridad era casi total, solo cortada por los faros delanteros que iluminaban el asfalto húmedo.
Fue entonces cuando lo vi.
—Damián… ese coche que viene detrás.
No giró la cabeza, pero sentí cómo su cuerpo se ponía rígido al instante, como un animal alerta ante un depredador.
—Lo he visto hace rato.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —pregunté, sintiendo cómo el corazón me empezaba a latir con fuerza en las sienes.
—Unos quince kilómetros. No se acerca, no se aleja… solo nos sigue el paso.
—¿Y me lo dices ahora? —susurré, con el pánico subiéndome por la garganta.
—No quería asustarte antes de estar seguro —contestó con calma, aunque su mano apretaba el volante hasta ponerse blanca de fuerza—. Pero ahora no hay duda: nos están siguiendo.
Me giré en el asiento para mirar por la ventana trasera. Allí estaba, un coche oscuro con los cristales tintados, manteniendo siempre la misma distancia, como si estuviera esperando el momento justo para atacar.
—¿Son los mismos de antes?
—No lo sé, pero no me importa quién sean —respondió él, y noté cómo su voz se endurecía más—. Lo único que sé es que no nos van a dejar llegar a ningún lado sin pelear.
La lluvia comenzó a caer con más furia, golpeando el techo con estruendo y reduciendo la visibilidad a pocos metros. De pronto, el coche de atrás aceleró bruscamente.
—¡Ahí viene! —grité, agarrándome fuerte con ambas manos.
Pero en lugar de acercarse, nos adelantó con velocidad, pasando a nuestro lado con un rugido de motor, y siguió de largo hasta perderse entre la oscuridad unos metros más adelante.
Solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo, sintiendo cómo me temblaban las piernas.
—¿Ves? Solo era alguien que tenía prisa. Ya se fue.
Sin embargo, cuando miré a Damián, su expresión no había cambiado ni un ápice. Seguía igual de tenso, con los ojos fijos en el camino que se abría ante nosotros.
—¿Por qué sigues así? Ya se ha ido.
—Porque si realmente nos seguían, no se van así nada más —respondió en un tono grave que me heló la sangre—. O nos dejan pasar para tendernos una trampa más adelante, o nos quieren hacer bajar la guardia. Y en este juego, nada pasa por casualidad.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Tenía razón. Nada era inocente.
Cinco minutos después, cuando estábamos a punto de llegar al lugar, vi algo que me hizo quedar sin respiración.
Entre los árboles, muy adelante, aparecieron de golpe decenas de luces brillantes. No eran luces de una casa, eran faros de vehículos, muchos vehículos, estacionados en semicírculo bloqueando todo el paso.
—¡Damián!
Él ya había frenado bruscamente, derrapando sobre el asfalto mojado, y soltó una maldición entre dientes que nunca le había escuchado.
—Nos han ganado. Han llegado antes que nosotros.
En ese mismo instante, otras luces potentes se encendieron detrás de nosotros, iluminando todo el camino como si fuera de día. Me giré y vi tres camionetas negras idénticas a las que habíamos visto en mi propia casa, cerrando cualquier posibilidad de retirada.
Nos habían rodeado. Habían cortado toda vía de escape.
—¡Nos esperaban! —grité, sintiendo cómo el miedo me paralizaba el pecho.
—Agárrate fuerte y no te sueltes del asiento —ordenó Damián, con una calma peligrosa mientras sacaba su arma y la aseguraba en su mano—. No vamos a rendirnos sin luchar. ¿Me oyes?
Asentí con la respiración entrecortada, mientras veía cómo decenas de figuras bajaban de los coches, todas con armas en las manos, cerrando el círculo poco a poco, bajo la lluvia y la oscuridad.
Habíamos corrido, nos habíamos escondido, habíamos cambiado de lugar mil veces… pero parecía que no importaba a dónde fuéramos. Siempre nos encontraban. Y esta vez, no había más lugares seguros a los que huir.




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