Entre el amor y el silencio

Capítulo 09

Mi corazón dejó de latir por un segundo.
O al menos eso sentí.
Detrás de nosotros, las luces cegadoras de las camionetas negras bloqueaban toda la vía de salida. Al frente, más faros potentes iluminaban el camino como si fuera de día, rodeándonos por completo. Había demasiados coches, demasiadas sombras moviéndose entre la lluvia y la oscuridad.
Estábamos atrapados.
Completamente atrapados.
—Damián...
Mi voz salió apenas como un susurro, rota por el miedo.
Él no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían cada rincón: la posición de los vehículos, la distancia entre los árboles, el terreno resbaladizo, cualquier posible hueco por donde escapar. Analizaba la situación con una calma que me parecía imposible en ese momento, como si no acabáramos de caer en una trampa mortal.
Mi respiración comenzó a acelerarse, corta y agitada.
—Damián, ¿me oyes?
—Lo sé —respondió al fin, bajo y firme.
—¿Qué vamos a hacer?
Silencio.
Y esa pausa me asustó más que cualquier amenaza. Porque desde que lo conocía, Damián siempre tenía un plan, siempre sabía qué hacer. Y esta vez, esa seguridad absoluta parecía flaquear un instante.
Las luces largas nos cegaban desde ambos lados, impidiéndome contar con claridad cuántos hombres nos rodeaban, pero veía sus siluetas: muchas, demasiadas, todas con armas en las manos, listas para actuar.
—No salgas del coche —ordenó de golpe.
Mi garganta se cerró.
—¿Qué?
—No importa lo que pase, no abras la puerta ni te muevas sin que yo te lo diga. ¿Entendido?
Lo miré inmediatamente, con el corazón golpeándome fuerte en el pecho.
—No me gusta nada cómo suena eso.
Sin responder, se agachó un poco y sacó una pistola de debajo del asiento. Después otra, más pesada, y revisó el cargador con movimientos rápidos y precisos. Luego guardó dos cartuchos extra en el bolsillo de su pantalón.
Mis ojos se abrieron enormemente.
—¿Por qué tienes tantas armas escondidas?
—Emily.
—¿Qué?
Me dedicó apenas una mirada breve, pero suficiente para que entendiera la gravedad del momento.
—Necesito que me hagas caso en todo lo que te diga. No hay tiempo para dudas.
Y eso fue lo que terminó de helarme la sangre. Ya no sonaba tranquilo por costumbre, sonaba preocupado, con esa seriedad que solo aparecía cuando el peligro era inminente.
Las puertas de una de las camionetas comenzaron a abrirse.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Hombres bajaban uno a uno, con ropa oscura, todos con armas largas en la mano, avanzando sin prisa, sabiendo que teníamos la retirada cortada.
Mi estómago se revolvió con tanta fuerza que creí que iba a desmayarme.
—Dios mío... nos van a matar.
—Quédate agachada, lo más abajo que puedas, detrás del tablero —le ordenó con voz seca.
—Damián...
—¡Emily! —levantó un poco la voz, firme e innegociable—. Hazlo.
Asentí de inmediato y me deslicé hacia abajo, sin fuerzas para discutir nada. El miedo me atenazaba el cuerpo entero, haciéndome sentir pesada y torpe.
Los hombres seguían acercándose, despacio, disfrutando de la ventaja, como si ya nos dieran por perdidos. Y tal vez tenían razón.
Damián observó un segundo más, calculando distancias y ángulos, y de repente pisó el acelerador a fondo. El motor rugió con fuerza, las ruedas patinaron sobre el lodo y el agua levantando salpicaduras, y salimos disparados hacia un lado, abandonando el camino pavimentado para meternos directo entre los árboles más cerrados.
—¡¿QUÉ HACES?! —grité, agarrándome con ambas manos al asiento para no salir despedida.
El vehículo saltó violentamente al pasar sobre raíces y piedras, las ramas golpeaban con fuerza las ventanas y la carrocería, y los troncos pasaban tan cerca que parecía que nos íbamos a estrellar en cualquier instante.
Y detrás de nosotros, los disparos comenzaron a sonar.
Escuché los impactos secos contra el metal: uno, dos, tres, demasiados, cada uno más fuerte que el anterior.
Grité sin poder evitarlo, tapándome la cabeza con los brazos.
—¡Nos están disparando! ¡Nos van a alcanzar!
—Ya me di cuenta —respondió él, concentrado al máximo en el volante, esquivando árboles con una habilidad increíble.
Gracias por la información, Damián, pensé con rabia contenida mientras el coche daba otro salto que me hizo golpear la cabeza contra el reposacabezas. Sinceramente, en ese momento empezaba a odiar mi vida muchísimo.
—¡No vamos a sobrevivir a esto!
—Cállate y mantente agachada.
—¡Estoy intentando ayudarte emocionalmente, por si no te habías dado cuenta!
Por alguna razón absurda, en medio de esa locura, eso le arrancó un resoplido que parecía querer ser una risa contenida.
Y honestamente me ofendió un poco. Nos perseguían hombres armados en medio de un bosque oscuro bajo la lluvia; no era momento para mostrar sentido del humor.
Otro disparo impactó muy cerca del parabrisas, que se agrietó de golpe en una red de finas líneas que dificultaba todavía más la visión.
—¡Damián!
—Lo veo, no te muevas.
Odiaba que siempre tuviera la razón.
El coche siguió avanzando cada vez más profundo entre la vegetación, alejándose del camino principal. Durante unos segundos que me parecieron eternos, los disparos se escucharon más lejanos y las luces que nos seguían desaparecieron entre los árboles.
Mi respiración seguía agitada, el corazón me latía como un tambor en los oídos, pero al menos parecía que habíamos logrado despistarlos.
—Creo que los perdimos —susurré, levantando un poco la cabeza.
Damián no respondió, con la mirada fija al frente y la mandíbula apretada. Y ya sabía lo que eso significaba: que probablemente no fuera cierto, que solo nos estábamos alejando un poco para ganar tiempo.
Seguí observando a través del cristal roto: solo veía oscuridad, árboles interminables y la lluvia que no paraba de caer. Hasta que de pronto vi algo enorme y oscuro justo en nuestra trayectoria.
—¡DAMIÁN, CUIDADO!
Él giró el volante con todas sus fuerzas, pero el suelo resbaladizo no respondió bien. El coche derrapó sobre el lodo, giró sobre sí mismo y chocó de lleno contra un tronco grueso.
El impacto fue brutal. Sentí cómo todo mi cuerpo se sacudía, mi cabeza golpeó contra algo duro y escuché el sonido espantoso del metal doblando y el vidrio rompiéndose por todas partes.
Y después... todo se volvió oscuro.
No sé cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido segundos o minutos, pero me pareció una eternidad.
Cuando logré abrir los ojos, todo estaba borroso, como si mirara a través de un cristal empañado. Me dolía la cabeza con una punzada fuerte y sentía un sabor metálico en la boca. La lluvia seguía cayendo, ahora entrando por las ventanas rotas, mojándonos a ambos.
Escuché una voz lejana, llamándome con insistencia.
—Emily. Emily, abre los ojos.
Parpadeé varias veces hasta que la visión se fue aclarando. Lo primero que vi fue a Damián inclinado sobre mí, con una herida en la frente de donde corría sangre que se mezclaba con el agua de la lluvia. Tenía la expresión más seria y preocupada que le había visto en toda mi vida.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo grave?
Intenté responder, pero me costó trabajo articular las palabras.
—Creo que sí... solo me duele mucho la cabeza.
—«Creo» no es una respuesta que me sirva ahora mismo —dijo, pero en su tono había un alivio que no ocultó bien.
Eso sonaba más como él, y extrañamente me ayudó a tranquilizarme un poco.
Intenté moverme para incorporarme, pero en ese preciso instante escuchamos algo: pasos sobre las hojas mojadas y ramas rotas. No eran nuestros. Alguien más estaba cerca, moviéndose entre los árboles.
Damián también los escuchó. Su expresión cambió en una fracción de segundo, volviéndose fría, tensa y peligrosa. Se apartó de mí, agarró su arma y miró hacia la oscuridad con atención extrema.
Antes de que pudiéramos decir nada, varios haces de luz potentes aparecieron entre los árboles, moviéndose lentamente, buscando, acercándose directamente hacia donde habíamos chocado.
Mi corazón volvió a latir con fuerza desbocada. Habían dado con nosotros otra vez.
—No te muevas, no hagas ruido —me susurró Damián muy bajito, casi sin mover los labios.
Asentí, conteniendo la respiración. La lluvia seguía golpeando el techo destrozado del coche mientras él permanecía inmóvil, escuchando cada sonido, cada crujido, como un depredador a la espera.
Intenté levantarme un poco más para ver mejor, y un dolor agudo atravesó mi cabeza haciéndome soltar un quejido bajo.
—Ah...
Damián giró la vista al instante, pero sin perder de vista la oscuridad.
—Te dije que no te movieras tan rápido.
—Me duele —me quejé, pasándome una mano por la frente. Cuando la retiré, estaba manchada de sangre. Genial, pensé, otra vez sangre. Ya se estaba volviendo parte de mi rutina.
Las luces seguían acercándose, cada vez más claras, y ahora también se escuchaban voces de hombres hablando entre ellos, buscándonos por todas partes.
Damián abrió rápidamente la guantera destrozada, sacó una linterna pequeña pero potente, una navaja larga y otra pistola más pequeña que guardó en un bolsillo interno. No me detuve a preguntar de dónde sacaba tantas cosas; ya había dejado de cuestionarlo hacía tiempo.
—Emily —me llamó en un tono suave, pero que imponía obediencia.
—¿Qué?
—Escúchame bien, y esta vez no discutas.
Sentí un nudo enorme en el estómago.
—No me gusta nada cuando empiezas así.
—Necesito que corras.
Lo miré con los ojos muy abiertos, negando de inmediato.
—No pienso irme sola.
—Emily, si nos quedamos aquí nos atraparán en menos de dos minutos. Tenemos que separarnos para confundirlos.
—Entonces nos vamos los dos juntos.
Se quedó en silencio un segundo, y esa pausa me hizo sentir el miedo más fuerte que nunca.
—Si pasa algo...
—No digas eso —lo interrumpí con voz quebrada—. No pienso dejarte aquí, no después de todo lo que hemos pasado.
Su mandíbula se tensó, y por primera vez en semanas pareció perder un poco el control, pero se contuvo. Me agarró de los hombros con suavidad pero con firmeza, mirándome directamente a los ojos bajo la luz de la luna.
—No voy a dejar que te pase nada, ¿me oyes? Pero si nos quedamos juntos y nos encuentran, ninguno de los dos saldrá con vida. Tienes que confiar en mí.
Y por un segundo vi algo en su mirada que me dejó sin palabras: miedo, pero no por él, sino por mí.
Las luces ya estaban a solo unos metros, pudiendo ver las siluetas de los hombres entre los troncos. No había tiempo para seguir discutiendo.
—Corre hacia el norte, siguiendo el curso del agua si lo encuentras, camina siempre río arriba —me indicó rápido—. Esconde tu rastro, no llames la atención. Yo te alcanzaré en cuanto los despiste.
—¿Me lo prometes? —le pregunté con lágrimas que se mezclaban con el agua que nos caía encima.
—Te lo prometo —respondió con una seguridad que me hizo creerlo, aunque sabía que en esa situación cualquier cosa podía pasar.
Me empujó suavemente hacia la puerta y, en cuanto salí, él levantó su arma y disparó hacia un lado, lejos de mí, para llamar la atención de los perseguidores en otra dirección.
—¡Por aquí! —gritó para que lo escucharan, alejándome el peligro.
Los hombres gritaron y comenzaron a disparar hacia donde estaba él, y yo, sin otra opción, eché a correr entre la oscuridad, sintiendo que el corazón se me partía en dos por tener que dejarlo atrás.
Corrí sin mirar atrás. No sabía cuánto tiempo ni cuánta distancia había recorrido, solo seguía avanzando entre la lluvia y la oscuridad, tropezando con raíces y resbalando en el lodo, sintiendo cómo las ramas me arañaban la cara y los brazos.
Mis pulmones ardían, mis piernas me dolían como si me estuvieran rompiendo por dentro, y cada vez que escuchaba un disparo a lo lejos me daba la sensación de que se me iba a parar el corazón.
Tropecé con una piedra escondida bajo la hierba húmeda y caí de rodillas con fuerza, soltando un gemido de dolor.
—¡Maldición!
Intenté levantarme rápido, pero me temblaban las piernas como si no me sostuvieran más. Estaba agotada, asustada y completamente perdida en medio de un bosque inmenso y desconocido.
Miré alrededor y solo vi sombras. No reconocía nada, no sabía hacia dónde iba y, lo peor de todo, no tenía ni idea de si Damián estaba bien o si lo habían atrapado. Esa duda me apretaba el pecho con una angustia que nunca había sentido antes.
No, no podía pensar en eso ahora mismo. Tenía que seguir, tenía que confiar en él como él confiaba en mí.
Me obligué a ponerme de pie y di unos pasos más, cuando de pronto escuché un crujido fuerte detrás de mí. Mi cuerpo se quedó rígido al instante. Contuve la respiración, el corazón golpeándome en los oídos con tanta fuerza que temía que lo escucharan también.
Otro ruido, más cerca. Alguien se acercaba.
Retrocedí despacio, sin hacer el menor ruido, buscando con la mano alguna rama o piedra para defenderme, cuando una voz conocida rompió el silencio.
—Emily.
Me giré de golpe, y por un instante sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas de alivio.
—¡Damián!
Corrí hacia él sin pensarlo, impulsada por la adrenalina y el miedo acumulado, pero al llegar a su lado me detuve en seco. Tenía la camisa empapada y manchada de sangre, mucha sangre, que seguía goteando por el costado.
Mi alivio se transformó en pánico al instante.
—¿Estás herido? ¿Te dispararon?
—No es grave, solo un roce —respondió con voz ronca y más débil de lo habitual, apoyándose un poco contra un árbol para no perder el equilibrio.
Era una mentira descarada, y lo sabíamos los dos. Hasta yo podía ver que la herida era profunda y que la pérdida de sangre lo estaba debilitando rápido.
—Sigo vivo, es lo único que importa ahora —añadió cuando vio mi expresión.
—¡Eso no significa que estés bien! —le respondí, acercándome para ayudarlo a caminar cuando sus piernas flaquearon de nuevo.
—Tenemos que seguir moviéndonos, no podemos quedarnos aquí parados —insistió, intentando recomponerse.
Lo tomé del brazo y lo ayudé a avanzar, sintiendo lo pesado que era, pero logrando mantenerlo de pie. Caminamos despacio, sin rumbo claro más que alejarnos del camino, hasta que entre los árboles vi algo que me dio esperanza: una pequeña cabaña vieja, casi cubierta de vegetación, con las tablas de madera desgastadas por el tiempo.
Los dos nos detuvimos al verla. Parecía abandonada desde hacía años, pero tenía techo y paredes, y en ese momento era el único refugio que teníamos.
Damián la observó unos segundos, escuchando a su alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie más. Finalmente asintió.
—Entremos, pero con cuidado.
La puerta estaba medio rota y se abrió con un chirrido que pareció retumbar en todo el bosque. El interior estaba oscuro, olía a humedad y madera vieja, pero al menos nos resguardaba de la lluvia que no paraba de caer.
Ayudé a Damián a sentarse contra una pared seca y, cuando entró un poco de luz de la luna por una ventana rota, pude ver mejor la herida en su costado. Se me encogió el estómago al verla: era un corte profundo, por donde seguía saliendo sangre sin parar.
—Dios mío, esto es mucho más serio de lo que dices —susurré, buscando en la mochila que aún llevaba colgada.
—No hagas esa cara como si ya estuviera muerto —me dijo, aunque notaba que le costaba hablar con normalidad.
—¿Qué cara quieres que ponga al ver cómo te estás desangrando? —le respondí con un poco de rabia, mezclada con el miedo que me comía por dentro.
Y para mi sorpresa, eso le arrancó una sonrisa muy leve, casi imperceptible, a pesar del dolor.
—Te lo digo en serio, aguanto más que esto.
Saqué de la mochila todo lo que encontré útil: agua limpia, vendas, gasas y un antiséptico que Damián había guardado por si hacía falta. Mientras preparaba todo, me di cuenta de cuántas cosas llevaba: medicamentos, linternas, más cargadores, cuchillos, comida enlatada y hasta paquetes de toallas sanitarias, algo que me hizo detenerme un instante y levantar la vista hacia él.
—¿Y esto también lo tienes por si hace falta? —le pregunté, señalándolo con una ceja levantada, sintiendo cómo se me calentaban un poco las mejillas.
Él me miró con total naturalidad, sin inmutarse en absoluto.
—Sí, hace unos días comentaste que te esperaba pronto, así que lo incluí en lo necesario.
—¿Me escuchas todo lo que digo? —pregunté, más avergonzada que molesta.
—Escucho todo lo que pueda ser importante para que estés a salvo —respondió simplemente.
Solté un suspiro, negando con la cabeza, y me centré en lo que realmente importaba en ese momento.
—Bueno, entonces prepárate porque esto va a doler. Quítate la camisa.
—No hace falta, puedo esperar a que paremos en un lugar mejor —intentó negarse, como siempre, apartando la mirada como si quisiera evitar el asunto.
—Damián, si no limpiamos esto ahora mismo se te va a infectar y entonces sí que tendremos un problema mucho mayor. Y no pienso permitir que te pongas peor por terco.
Me miró unos segundos, vio que no iba a ceder, y terminó suspirando con resignación. Con movimientos lentos y un poco torpes por el dolor, se llevó las manos al cuello y desabrochó los primeros botones. Luego se sacó la camisa con cuidado, dejándola caer a un lado.
En cuanto lo vi, me quedé paralizada, con la respiración contenida sin darme cuenta.
No esperaba encontrarme con eso. Su cuerpo estaba marcado por el esfuerzo y la disciplina: hombros anchos, brazos fuertes y definidos, músculos endurecidos por años de trabajo y entrenamiento. Pero lo que más llamó mi atención no fue solo eso, sino la cantidad de cicatrices que cubrían su piel: algunas finas y casi desvanecidas, otras más gruesas y profundas, cruzando su pecho, su espalda y sus costados. Cada una parecía contar una historia que él nunca me había contado.
Sentí cómo se me calentaba el rostro de golpe y desvié la mirada al instante, sintiéndome terriblemente incómoda. No quería mirar, no quería que pensara que lo estaba observando con demasiada atención, pero ya lo había visto todo: su figura, las marcas de su pasado, la crudeza de lo que había vivido. Me puse rígida, con las manos temblando levemente al preparar el agua y las vendas, tratando de actuar con naturalidad como si no me hubiera impresionado nada. No dije nada al respecto, pero en mi interior sentía una mezcla de vergüenza, curiosidad y una extraña sensación de intimidad que nunca había experimentado con nadie.
Damián pareció darse cuenta de mi cambio de actitud, pero no hizo comentario alguno. Solo se quedó quieto, apoyado contra la pared, con la mandíbula apretada, esperando que empezara.
—¿Te duele mucho? —logré preguntar al fin, con la voz más suave y temblorosa de lo que quería, sin atreverme a levantar del todo la vista.
—Estoy acostumbrado —respondió con su tono habitual, aunque noté que bajaba un poco la cabeza, como si supiera lo que acababa de ver y prefiriera no profundizar en el tema.
Empecé a limpiar la herida con mucho cuidado, evitando mirar más de lo necesario, aunque no podía dejar de notar cada una de esas marcas antiguas. Cada roce de la gasa sobre su piel me hacía sentir más incómoda, como si estuviera invadiendo un territorio que no me correspondía, pero al mismo tiempo me daba cuenta de que sabía muy poco de la vida que había llevado antes de llegar a mi casa.
Terminé de vendarlo con tanta firmeza y cuidado como pude, y al terminar me quedé sentada frente a él, mirando el suelo para no cruzar su mirada. El silencio entre nosotros ya no era solo por el peligro o el cansancio; ahora tenía un matiz nuevo, más íntimo y cargado de una tensión que no estaba ahí antes.
—Gracias —le dije de pronto, rompiendo el silencio con la voz casi en un susurro.
Me miró fijamente, y en esa mirada ya no había frialdad ni distancia, solo esa sensación de seguridad que me daba desde que empezó todo esto.
—Ya te lo dije antes —respondio




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